La cineasta del Diablo.

Por: Jose Luis Barrera.

Junio 7, 2018. Edición 433.

Alemania y el mundo entero cayeron a sus pies. Los franceses la pintaban como una bruja, dueña de los secretos más terribles del imperio nazi, pero sus hechizos no se cocinaban en búnkeres, sino en salas de edición y cines.  Leni Riefenstahl fue la mujer que logró domar a Hitler solo con la fuerza de su arte.

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Uno
Los días eran cortos y las noches, largas y frías. El invierno polar se acercaba y, con él, meses de penumbra.
Aprovechando uno de los últimos días de luz, el avión despegó. La actriz Leni Riefenstahl lo piloteaba sobre los fiordos de Groenlandia. Abajo, no se veían ni animales ni humanos, solo hielo y agua, blanco y celeste.
Pese a que le fascinaba volar, Leni tenía miedo. La escena era peligrosa aun para un piloto experimentado; sin embargo, Arnold Fanck, director de la película SOS Iceberg, se rehusaba a excluirla del rodaje.
“¡Lo lograré!”, se dijo la actriz intentando concentrarse en el timón.
Miró el cielo, estaba tan azul que era espantoso, ni el viento soplaba aquel día. Escuchó, de pronto, que alguien decía “¡acción!” y, como despertando de un sueño, hizo que el bimotor avanzase a toda velocidad.

1. 2. Escenas de la película Olympia, de Leni Riefenstahl, un documental sobre las Olimpiadas de Verano de 1936, que se celebraron en Berlín. 3. Leni Riefenstahl en SOS Iceberg. 4. Imagen de La luz azul, película de montaña, donde es la protagonista.

1. 2. Escenas de la película Olympia, de Leni Riefenstahl, un documental sobre las Olimpiadas de Verano de 1936, que se celebraron en Berlín.
3. Leni Riefenstahl en SOS Iceberg.
4. Imagen de La luz azul, película de montaña, donde es la protagonista.

Por unos instantes se olvidó del miedo y condujo el biplano en línea recta hasta que, de la nada, apareció la cima de un gigantesco iceberg.
La actriz, embrujada por el hielo, se congeló. Su cerebro y su cuerpo se desconectaron: el uno daba órdenes precisas, pero el otro no respondía.
—¡Salta, Leni!
Aquella voz hizo que mirase hacia el asiento posterior, donde Ernst Udet, piloto y héroe de la Primera Guerra Mundial, se mantenía agachado para no aparecer en la grabación. El hombre se puso a hacerle gestos desesperados para que ella reaccionase.
—¡Salta, yo me encargo del resto, pero salta! Scheiße!
Leni, por fin, reaccionó tirándose al mar helado. El biplano siguió su curso y ella, mientras una lancha la rescataba, pudo ver cómo se estrellaba contra la pared de hielo.
—¡Corte! ¡Perfecto!
La actriz, sin embargo, no escuchó. Solo quería saber si Udet había logrado saltar a tiempo. Hubo unos minutos de silencio y, luego, alguien le dijo que todo estaba en orden.
Por el frío intenso, Leni había atrapado una infección en las vías urinarias. Incluso para filmar la escena del avión, ella había tomado una poderosa dosis de analgésicos, capaz de disimular el dolor.
El médico danés que los acompañó durante la grabación había dicho que era imprescindible conseguir atención especializada, pero el único hospital cercano era el de Umanak, varios kilómetros al sur de la locación, y fue imposible alcanzarlo porque el viento que azotaba aquella isla habría destruido el avión al intentar un aterrizaje.
Para no arriesgar más a la actriz, optaron por enviarla de vuelta en barco a Alemania, pero antes era necesaria una escena más: atada a una soga, descendería por un lado del iceberg hacia una lancha anclada cerca de él.
De nuevo se escuchó “¡acción!”. Mientras la actriz se descolgaba, un gran pedazo de hielo se zafó, hundiéndose en medio de la espuma y las olas enfurecidas. La lancha, por la virulencia del mar, se elevó por los aires y solo la pericia del marinero que estaba a bordo pudo salvarla.
La secuencia estaba perfecta, aunque el susto fue tal que prefirieron suspender la filmación durante una semana.
Leni regresó a Europa en un carguero llamado Disco. La enfermedad en las vías urinarias no la abandonaría por años.

Dos
Después de SOS Iceberg vinieron La victoria de la fe, El triunfo de la voluntad y Día de la libertad, películas con las que la actriz se transformó en directora.
La mutación, que se produjo con desgano pues Leni quería triunfar como intérprete, fue exitosa. En París, Londres y Berlín no se hablaba de otra cosa que no fuera ella.
Alguien dirá que no es sorprendente ver a los periódicos creando estrellas, al fin y al cabo, cualquier tontería la travisten de novedad, pero en este caso era más que justificable: Leni Riefenstahl hizo del cine de propaganda un arte.

adolf-hitlerHitler y Leni durante la filmación de Olympia, Berlín, 1936.

En El triunfo de la voluntad consiguió que monstruos de la talla de Hitler, Himmler o Goebels aparecieran como dioses, que las proclamas que vomitaban sobre las masas adquirieran el tinte de verdades. El dictador aparentaba ser un mesías y el único camino para recuperar la dignidad de Alemania.
Las cámaras de Leni capturaban con la misma fuerza poética el rostro de Hitler y el de cientos de obreros alemanes y de adolescentes de las juventudes nazis que habían aterrizado en Núremberg para participar en el congreso del partido.
El documental era audaz, no solo por la propuesta narrativa que presentaba como héroe a un personaje siniestro para gran parte del planeta, sino por el uso de técnicas poco frecuentes tanto en documentales como en el cine de ficción.
Leni Riefenstahl armó esta y el resto de sus películas como collages, comprendiendo que cada elemento debía administrarse en dosis precisas: la escasez o el exceso eran igual de nefastos. De modo que para cualquiera de sus documentales acumulaba miles de metros de cinta con tomas que, tras un minucioso examen, muchas de ellas serían eliminadas.
La magia que esta cineasta impregnaba en sus filmes se hallaba en las ingeniosas técnicas (cámaras en movimiento, distorsión de imagen, etc.), pero sobre todo en la edición, en el armado de ese rompecabezas de imágenes y sonidos.
En 1935 la película ganó el Premio Alemán de Cine, además de la medalla de oro en la Bienal de Venecia y, dos años después, el Grand Prix de la Exposición Universal de París.
Donde se exhibía, el público la aclamaba y, pese a las dudas de las empresas distribuidoras, la cineasta acudió a casi todas las presentaciones internacionales acumulando un éxito tras otro. La calidad de la película eliminaba cualquier suspicacia política.
En el año 1936 se organizaron los Juegos Olímpicos en Berlín y se buscó a Leni Riefenstahl para que hiciera un documental. Era la primera vez que se pretendía crear algo de ese estilo.
La cineasta aceptó con una condición: no le pedirían un resultado inmediato.
Así, en 1938, se estrenó en la misma capital alemana Olimpiada, película en dos partes que aún en 1960 fue votada como una de las diez mejores de todos los tiempos.
Mucho más impresionante técnica y estéticamente que El triunfo de la voluntad, requirió un armado de meses, durante los que Leni y sus colaboradores, convertidos en duendes de un extraño cuento de hadas, hacían y deshacían metros de película.
La cineasta consiguió, gracias a su nuevo filme, un romance de verano con un atleta estadounidense (quien no dudó en despojarla de su blusa en público en cierta ocasión) y varios premios internacionales de cine.
Hitler estaba encantado con su pavo real. Llegó hasta el extremo de cruzar espadas con sus colaboradores íntimos para defenderlo.
Goebels especialmente odiaba a la cineasta. Ella diría, años más tarde, que al ministro de Propaganda lo movía el despecho amoroso. En cualquier caso, el canciller del Reich siempre evitó su fracaso.
Después de dos lustros, cayó el imperio nazi supuestamente destinado a perdurar un milenio. Intelectuales y políticos, sin las balas lloviendo sobre sus cabezas, se preguntaron cuál fue el hechizo que usó aquella mujer para conseguir la devoción de un personaje al que no le tembló un solo músculo al momento de matar a seis millones de seres humanos dentro de los campos de concentración.

Tres
La tragedia no es una buena maestra: no se habían apagado las llamas provocadas por los bombardeos cuando los aliados ya estaban repartiéndose el planeta como un pie de manzana.
No se trataba solo de tragarse pedacitos de suelo (“estos Alpes para ti, esta Roma para mí”), sino de botines acaso mucho más jugosos. Obras de arte, tesoros antiguos y aun personas, artistas y científicos, iban de aquí para allá en un libre mercado del que inclusive los soviéticos eran participantes entusiastas.
Leni Riefenstahl no pudo evitarlo, también fue un peón de ese ajedrez.
Capturada en Austria en 1945 por los estadounidenses, alternó entre escapes e internamientos en campos de prisioneros hasta que, por los acuerdos entre potencias, el territorio donde vivía pasó a manos de los franceses.
Sus pertenencias, incluidos los negativos de sus películas, fueron confiscadas y ella enviada a prisión para “desnazificarse”.
En realidad, el servicio secreto francés estaba más interesado en descubrir los trucos de seducción de Leni Riefenstahl que en convertirla al credo ganador. El objetivo final era conocer cuáles fueron los secretos que poseía sobre aquella fiera llamada Hitler y que, según ellos, le permitieron amansarla.
En salas de interrogatorios, celdas húmedas y manicomios intentaron doblegar a “la cineasta del Diablo”. Ella solo hablaba cansonamente de su total ignorancia acerca de la política y negaba haber escuchado palabra alguna sobre los crímenes cometidos en contra de judíos, gitanos y homosexuales.
Los franceses se aburren con facilidad tanto de sus enemigos como de sus amantes y Leni podía estar en cualquiera de esas categorías, de modo que la liberaron. Eso sí, mucho más enferma y pobre.
Sus filmes, junto con los negativos y los sobrantes de película terminaron en París, mientras que el resto de sus pertenencias se encontraban regadas entre Salzburgo y Viena.
Cuando el Gobierno de Francia le dio la libertad para movilizarse, intentó volver al cine, pero, una y otra vez, el estigma nazi hacía que se sucedieran boicots y rechazos.
Un amigo que quiso ayudarla, le dijo hastiado por esfuerzos vanos: “Leni, olvídate del cine, eso se acabó para ti”.

Cuatro
Una heroína de novela romántica habría asumido su drama, pero Leni Riefenstahl, personaje de Kafka o Melville, prefirió embarcarse en juicios interminables en los que sus adversarios tenían caretas muy distintas: Francia, Austria, medios de comunicación, aventureros que buscaban lucrar a su costa y asociaciones de víctimas del fascismo.

5. Cámaras subacuáticas. Se sumergía con los nadadores para filmarlos. Fueron las primeras imágenes submarinas en las pruebas de natación, juegos olímpicos de Múnich 1972. 6. Leni fue bailarina, alpinista, buceadora, vivió con los primitivos nubas de África, fotógrafa, actriz y directora. 7. Leni Riefenstahl en la portada de la revista Time en 1936.

5. Cámaras subacuáticas. Se sumergía con los nadadores para filmarlos. Fueron las primeras imágenes submarinas en las pruebas de natación, juegos olímpicos de Múnich 1972.
6. Leni fue bailarina, alpinista, buceadora, vivió con los primitivos nubas de África, fotógrafa, actriz y directora.
7. Leni Riefenstahl en la portada de la revista Time en 1936.

Con pocas victorias y muchas deudas, se marchó a África. Acaso entre aquellos pueblos despreciados por Europa, ella, una excluida, podría encontrar refugio.
Su destino fue Sudán, país en el que se internó varias veces con diversas personas y auspiciantes. Quería hacer una película, pero aquello era una quimera. Resonaban en sus oídos las palabras de su amigo que, prácticamente, le ordenaba buscar un nuevo oficio.
Durante los viajes, la acompañaron golpes de Estado y guerras civiles, sin embargo, se enamoró de pueblos aborígenes como los nuba y, pese a las restricciones del Gobierno musulmán, se puso a capturarlos en fotos y filmaciones que jamás llegaron a ser documentales.
Los retrató desnudos, bailando y combatiendo aislados del resto del mundo. Para ellos, esa alemana envejecida solo era “la buena Leni” y su amistad con Hitler o el nazismo, una insignificancia.
En las primeras visitas, la cineasta pensó en quedarse a vivir con ellos, pero, con el tiempo, comprendió que Europa la perseguiría siempre: en un lustro, las danzas de los nuba perdieron color, su desnudez, que antaño se mostraba adornada solo con ceniza, empezó a cubrirse de ropa raída y los guerreros se transformaron en indigentes desesperados por imitar a occidentales harapientos.
Leni Riefenstahl se dio cuenta de que nuevamente se sentía fuera de lugar, una imagen desenfocada de las cámaras. Decidió entonces marcharse a Kenia.
Allí, mientras esperaba abatida en un hotel el financiamiento para otra aventura fílmica, pudo ver a un grupo de muchachos practicando submarinismo en la piscina. Le dijeron que se trataba de aprendices.
Ella, falseando su edad, se inscribió. Entre los arrecifes de coral del océano Índico obtuvo el carné de buzo y la absolución que había buscado desde el fin de la guerra.
En 2002, días antes de cumplir los cien años, vio cómo un canal de televisión franco-alemán transmitía su documental, del estilo de los de Jacques Cousteau, Impresiones bajo el agua.
En la película se puede ver a una Leni nonagenaria nadando por un mar turquesa, similar al de Groenlandia. Su rostro se ve alegre, acaso porque, al final de la vida, pudo comprender que la felicidad es sinónimo de la paz.


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