A nadie le gusta Velasco, solo al pueblo.

Por Gonzalo Ortiz Crespo.

Edición 433 – junio 2018.

El quinto velasquismo no fue solo la última vez que el doctor Velasco Ibarra ejerció la presidencia, sino que constituyó el capítulo final de una era política de la historia del Ecuador.

El doctor José María Velasco Ibarra triunfó en las elecciones presidenciales del 2 de junio de 1968, hace 50 años. El proceso electoral concitó gran interés: los ecuatorianos no habían elegido residente desde junio de 1960 y, además, en él competían tres expresidentes del Ecuador: Andrés F. Córdova, Camilo Ponce Enríquez y Velasco Ibarra, junto a otros dos candidatos, Jorge Crespo Toral por Acción Revolucionaria Nacional Ecuatoriana (ARNE) y Elías Gallegos Anda por la Unión Democrática Popular (UDP), fachada electoral del Partido Comunista del Ecuador.

La campaña electoral entró en su recta final mientras Ernesto Albán presentaba en Quito su show con la estampa “Con el pacto de Evaristo, todos maman por lo visto”; en París se desarrollaban las gigantes, violentas y creativas manifestaciones estudiantiles que pasarían a la historia como “el mayo francés” o “el mayo del 68”; el Vietcong arreciaba sus ataques contra el ejército estadounidense (que en febrero había desatado acciones verdaderamente salvajes en My Lai, donde mató a cientos de civiles vietnamitas), y el mundo se asombraba ante los primeros trasplantes de corazón.

La  candidatura de Velasco había sido auspiciada, por un lado, por el Frente Nacional Velasquista, una gran coalición presidida por Galo Martínez Merchán y Conto Patiño (y en el que estaban, cada uno con su pequeña agrupación política: Luis Antonio Peñaherrera, Fausto Cordovez, Ruperto Alarcón, Raúl Falconí, Hugo Larrea Benalcázar, Luis Arias Guerra, Víctor Aulestia Mier y más), y, por otro, por el Movimiento Nacional Arosemenista de Carlos Julio Arosemena Monroy. Este, vicepresidente de Velasco en su anterior presidencia, le había derrocado el 7 de noviembre de 1961 y no había hablado con él desde entonces, pero, para sorpresa de todo el país, hizo público su apoyo a Velasco.

Este apoyo fue un arma de doble filo, pues ayudó a los opositores a blandir el fantasma del comunismo, insistiendo en que Arosemena representaba a la “izquierda marxista”, para atemorizar al segmento de electores católicos que siempre habían apoyado a Velasco Ibarra. Velasco tuvo que aclarar varias veces en la campaña que él no hacía pactos con nadie y que precisamente era la oligarquía con sus injusticias la que atraía al comunismo y que “solo el triunfo del velasquismo detendría la entrada” de aquel al Ecuador.

El doctor Andrés F. Córdova representaba al Frente de Izquierda Democrática, nombre que había sugerido el joven político liberal doctor Rodrigo Borja, quien luego lo utilizaría para el partido que formó, precisamente, entre otros, con los hijos del doctor Córdova. En él se agrupaban el Partido Liberal Radical, las dos ramas del socialismo (el “ecuatoriano”, de Gonzalo Oleas Zambrano, y el “unificado”, de Manuel Naranjo Toro) y Concentración de Fuerzas Populares (CFP) de Assad Bucaram, entonces alcalde de Guayaquil (la vertiente del fundador, Carlos Guevara Moreno, no se sumó). Córdova prometía hacer una profunda transformación social bajo la bandera de la libertad y desafiaba a los otros candidatos a debatir sus programas de Gobierno.

A su vez, los partidos que apoyaban a Ponce volvieron a emplear el nombre de Alianza Popular, con el que había participado en las para ellos exitosas elecciones de 1956. La dirección general de la campaña estuvo a cargo de una comisión política y otra ejecutiva. La primera estaba formada por Manuel Jijón Caamaño Flores, director general del Partido Conservador; Renato Pérez Drouet, presidente del Partido Social Cristiano, y Antonio Cobo Folleco, presidente del Movimiento Nacional de Independientes; la segunda, por Jorge Salvador Lara, Luis Cueva Eguiguren y Pablo Dávalos Dillon, delegados de las tres agrupaciones.

Los velasquistas y la coalición que apoyaba a Córdova rechazaron a lo largo de la campaña “el eje Camilo Ponce-Otto Arosemena”, quien era el presidente de la República. Tildaron a esta candidatura de oficialista y denunciaron los actos de los funcionarios públicos a favor de Ponce. Otto Arosemena negó tener preferencia alguna y dijo que su neutralidad sería “salvaje”. Extenuantes giras por todo el país, atrayendo multitudes a sus concentraciones y disputando luego cuál había tenido la más grande, ocuparon a candidatos y dirigentes de campaña que contrataban radioemisoras para retransmitir mítines y programas de los candidatos. Entre tanto, la televisión, un medio que no tenía ni de lejos la penetración que lograría después, presentaba los primeros programas de entrevistas, en que aparecían los candidatos presidenciales y los dirigentes frente a paneles de connotados periodistas. La publicidad electoral a través de spots o cuñas fue más bien escasa, pues se la concentró en la radio, donde estaba la audiencia masiva. Conforme se acercaba la fecha de elecciones, se escenificaban grescas cada vez mayores por las “contramanifestaciones”. Eran notorias las de liberales y cefepistas contra las concentraciones de Ponce, pero también resultó violenta la entrada de Velasco a Riobamba el 27 de abril, cuando se produjeron varios heridos. En un choque entre poncistas y contramanifestantes, el 1 de mayo en Sangolquí hubo un muerto y varios heridos, lo que provocó al día siguiente fuertes disturbios en Quito.

Al final de la campaña se calculaba un saldo de once muertos y más de 100 heridos en las refriegas entre los candidatos, pero El Comercio (01-06-68) hacía notar que este “saldo sangriento” era, de todas maneras, menor que el de campañas electorales anteriores.

El domingo 2 de junio también se eligieron por votación directa 80 diputados, 39 senadores provinciales y, por primera vez en la historia, tres personas en cada una de las 667 parroquias rurales para integrar las juntas parroquiales (quince senadores funcionales se habían elegido antes en colegios electorales). De los 5,5 millones de habitantes, 1,2 millones estuvieron habilitados para votar. Ciudadanos eran los mayores de dieciocho años, de ambos sexos, que supieran leer y escribir pero, además, por primera vez, los votantes debían portar la cédula de ciudadanía, obtenida en un proceso de cedulación realizado meses antes en todo el país.

La mecánica y el desarrollo de las votaciones fueron los mejores del Ecuador hasta entonces, por tres razones: primera, la cédula, única credencial; segunda, la eliminación de papeletas que cada ciudadano portaba consigo para depositar en las urnas, pues, por primera vez y como sucedería en adelante, las papeletas fueron proporcionadas en las juntas electorales para ser marcadas con la preferencia de los ciudadanos y, tercera, una mejor capacitación de los integrantes de las mesas.

Los resultados provisionales se conocieron a lo largo de esa misma noche. En la madrugada del lunes se tenían claras tres cosas: una, las votaciones daban un triunfo estrecho a Velasco Ibarra, seguido de Córdova y de Ponce; dos, el número de votos para vicepresidente era considerablemente menor que el de los votos para presidente, porque los electores creyeron que bastaba con trazar una raya vertical al lado del nombre del candidato presidencial; tres, a pesar de la menor votación general para vicepresidente, ya se veía que el doctor Zavala Baquerizo tenía la más alta votación.

Velasco había logrado superar a sus grandes rivales aunque sin repetir lo de 1960, cuando su votación fue igual a la suma de las de sus contrincantes. ¿Cómo lo hizo? Córdova o Ponce habían ganado en la mayoría de provincias, mientras que Velasco había quedado tercero en ellas. Sin embargo, todo eso se contrarrestó por su amplia ventaja en tres provincias: Guayas, Los Ríos y El Oro. El recuento oficial de votos confirmó los resultados (Cuadro). Los nuevos presidente y vicepresidente se posesionaron a la inusual hora de las doce de la noche del 31 de agosto, cuando recibieron sus nombramientos del presidente del Congreso.

El fin de una era

El quinto velasquismo no fue solo la última vez que el doctor Velasco Ibarra ejerció la presidencia, sino que constituyó el capítulo final de una era política de la historia del Ecuador. Su cierre, con el golpe militar del 15 de febrero de 1972, fue, a la vez, culminación de 40 años de la imponente presencia del fogoso y carismático personaje en la disputa del poder y el inicio de un cambio profundo en el país.

En efecto, a partir de 1972, surgiría un Ecuador muy distinto por las múltiples modificaciones cuantitativas y cualitativas en la economía, la sociedad y la política ecuatoriana —marcadas, sobre todo, por el advenimiento del petróleo, la diversificación de la estructura social y el resquebrajamiento definitivo del sistema feudal de tenencia de la tierra—.

En algunos de esos cambios tuvo que ver el propio Gobierno de Velasco Ibarra: reforzamiento del Gobierno central con el control de las entidades autónomas; renegociación de los contratos petroleros para multiplicar la participación del Estado; decisiones sobre el oleoducto y la refinería; construcción de obras públicas y avance de las comunicaciones; abolición del trabajo precario en la agricultura. Pero eso no quita que el quinto velasquismo fue la coda final de unas instituciones y unas formas de ejercer la política que estuvieron vivas antes y durante las cuatro décadas de vigencia de Velasco Ibarra pero que ya no se repetirían.

Por ejemplo, hasta entonces un fenómeno determinante de la política era el bipartidismo conservador-liberal. Estos partidos, que aún estuvieron activos y pugnaces en el quinto velasquismo, prácticamente habrían de desaparecer en la siguiente década.

El Estado débil, disperso, mal financiado, plagado de entidades autónomas, daría paso a uno más fuerte, centralizado y con ingresos más sólidos. También terminaría de derrumbarse la estructura agraria colonial, perdiendo la hacienda su carácter de eje articulador de la producción y la sociedad, en parte por dos decretos que el propio Velasco Ibarra dictaría en el período, los de
la abolición del trabajo precario en la agricultura y la introducción de formas capitalistas en el cultivo del arroz.

Si se quiere utilizar otro tipo de periodización, la que define las épocas por el principal producto de exportación, hay que decir que con el quinto velasquismo se terminó la “época bananera”, y lo que siguió fue ya la “época petrolera”, con muy distintas dinámicas sociales, económicas y políticas en cada una de ellas.

El último Gobierno de Velasco fue muy convulso por la agitación estudiantil y por el enfrentamiento con la oligarquía o, al menos, con el segmento agroexportador de la oligarquía costeña. De allí que sea errado considerar a Velasco Ibarra “el último caudillo de la oligarquía”, como reza el título del conocido libro de Pablo Cuvi. Hasta el final de su vida política, Velasco tuvo claro que la oligarquía era su mayor contrincante y lo demostró repetidamente en las medidas que tomó contra ella. A su vez, también tuvo claro que el Estado debía ser más fuerte para poder realizar las tareas de obras públicas, salud y educación.

La popularidad de Velasco no fue tan mayoritaria en este último período, pero siguió siendo el político con mayor aceptación popular. Por eso, se aplica perfectamente la frase que entonces se repetía, medio en broma medio en serio: “A nadie le gusta Velasco, solo al pueblo”

 


Pin It