El MuNa, un museo en construcción.

Por Milagros Aguirre.

Fotografías: Christoph Hirtz.

Edición 434 – julio 2018.

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Luego de tres años y en el mismo sitio de la Casa de la Cultura, el Museo Nacional del Ecuador, que ahora se llama MuNa, vuelve a abrir sus puertas con una nueva propuesta en cuyo diseño participaron curadores, historiadores de arte, expertos en patrimonio y uno que otro político revolucionario.

A la entrada, el espectador es recibido por una serie de esculturas costumbristas de mujeres afroecuatorianas con sus miradas tristes y serias, las arrugas en sus rostros y en las manos, con pañolones y vestidos de colores, invitando a pasar y a descubrir la historia del Ecuador. Primera sorpresa: el MuNa no es cronológico… porque es conceptual. El guía explica a los visitantes (que no prestan mayor atención) el esquema de la muestra:

•    Núcleo histórico: en ese espacio se destaca la historia de los museos como institución moderna occidental.
•    Eje 1: Poder político y organización social (sociedades originarias, Colonia, República).
•    Eje 2: Territorio, economía y trabajo; varios conceptos transversales (género, interculturalidad, memoria social).
•    Exposiciones temporales: Oro, plata y cobre; Amazonía; Paisajes sonoros, una muestra que habla de las festividades y el color.
•    Espacios lúdicos: donde los visitantes pueden retratarse.

Botella con representación de personaje, transición Chorrera-Bahía, 600-500 a. C. Personaje recostado, cultura Pasto / tradición Capulí, 700-1500 d. C.

Botella con representación de personaje, transición Chorrera-Bahía, 600-500 a. C.
Personaje recostado, cultura Pasto / tradición Capulí, 700-1500 d. C.

La visita

El recorrido inicia con una pantalla circular en la que se exhiben imágenes del país. Paisaje y paisanaje. Rostros indígenas. El color de las artesanías. Sonrisas de niños en bellos retratos (como en la publicidad). Marchas que reivindican los derechos de los pueblos. Un país multicolor. En las paredes de la antesala se encuentran dos estupendos murales: uno de Jaime Andrade y otro de Estuardo Maldonado. Y una escultura en madera de Milton Barragán bajo la escalera.

Sigue un despliegue de algunas piezas exquisitas con otras modernas y de menor factura. La colección de arte precolombino es de una extraordinaria riqueza, con piezas de las culturas Valdivia, Chorrera, Tolita, Jama-Coaque, y obras inigualables como las máscaras de oro en la exhibición de metalurgia precolombina. Del arte colonial vemos cosas hermosas como la Divina Pastora, la Señora de las medias rojas y el Niño Dios de Miguel Samaniego. En lo contemporáneo hay también importantes nombres y buenos espacios de exhibición.

El texto que acompaña la muestra nos invita “a ser parte de este proceso de construcción permanente donde la memoria, el patrimonio, las identidades y la participación social entran en constante diálogo con los bienes culturales”. Pero son tantas las obras y los temas que el resultado de la conceptualización arroja un museo ecléctico, con demasiada información, a ratos confuso y disperso.

La Rentera, Carlos Rosero, 1977.

La Rentera, Carlos Rosero, 1977.

El aporte del museo

La colección: innegable es el valor de las piezas que fueron parte de la colección del Banco Central del Ecuador. Su legado es enorme.

La tecnología: el montaje ha echado mano de la tecnología para varios de los espacios. Pantallas de video y multimedia, así como audioguías, hacen de la visita al museo una experiencia atractiva sobre todo para niños y jóvenes que descubrirán aquí el patrimonio del Ecuador.

La diversidad: este es el espacio en el que se puede apreciar nuestra diversidad: cada sala es expresión de ello. En cuanto a arqueología, el Ecuador es una mina de riqueza patrimonial.

Los homenajes: el MuNa hace un homenaje a quienes se han ocupado de preservar el legado. Desde fotografías de la Escuela de Bellas Artes en 1918, y las primeras instalaciones del Museo Nacional en la Quinta Presidencial, en 1930.

Hernán Crespo Toral aparece como una de las figuras relevantes, así como Jacinto Jijón y Caamaño, Benjamín Carrión y Max Konanz, el responsable del hallazgo del famoso sol de oro, logotipo del Banco Central y de la colección original.

Blues in the night, Eduardo Solá Franco, 1949.

Blues in the night, Eduardo Solá Franco, 1949.

Lavandera, Eduardo Kingman, 1940.

Lavandera, Eduardo Kingman, 1940.

Ciertas fallas a corregirse

Ausencia de guion: ¿qué nos quiere contar el museo? El discurso ideológico y las reflexiones conceptuales previas al montaje y los benditos ejes transversales y temáticos no se reflejan en el guion museográfico. Por ellos, la visita al museo resulta confusa. Se habla de muchas cosas y de ninguna. Temas como la historia misma del museo, el coleccionismo, la tradición oral, el patrimonio intangible, aparecen sueltos, sin ningún hilo conductor.

Choques estéticos: la maravilla del arte precolombino con la maravilla del arte colonial, al estar juntas, unas frente a otras, se anulan. Una de las piezas emblemáticas del Ecuador, que corresponde a la cultura Tolita, aparece minimizada en su puesta en valor pues está entre figuras coloniales como la enorme cruz de oro y esmeraldas. La intención es que dialoguen. Pero no lo hacen.

Los contemporáneos: si bien los artistas contemporáneos ocupan buenos lugares de exhibición, poco se explica sobre ellos o sobre las circunstancias de su pintura y la ruptura que implicó. En una sala dedicada al indigenismo aparecen Guayasamín, Kingman, Camilo Egas y es lógico que estén juntos. Pero artistas como Aracely Gilbert, Mauricio Bueno, Jaime Andrade Moscoso, Oswaldo Viteri, Jorge Velarde, Enrique Tábara o Ramiro Jácome están, pero no están.

Es decir, está su obra y es imponente y en algunas paredes lucen muy bien, al contrario del antiguo museo, donde estaban todas juntas en un tercer piso. Pero el MuNa carece de explicaciones sobre el porqué de su presencia o la importancia de su aporte a la cultura nacional o el eje temático en el que están ubicados.

La Amazonía baldía: dos espacios hablan de la Amazonía, pero el MuNa contribuye a una visión estereotipada de la región como paisaje, con unas pocas referencias arqueológicas y casi nada de su riqueza precolombina. En la sala temporal prevalecen los paisajes de Troya o Piaguaje, acompañados de algún material etnográfico y fotografías de las etnias amazónicas de Erwin Patzel. El Oriente, en el siglo XXI, sigue siendo un mito.

India en traje de gala, Vicente Albán, 1783.

India en traje de gala, Vicente Albán, 1783.

Indio principal de quito con traje de gala, Vicente Albán, 1783.

Indio principal de quito con traje de gala, Vicente Albán, 1783.

Otras miradas

A pesar de que conoce bastante bien el arte y la historia del país, Pablo Cuvi confiesa que desde la entrada se sintió perdido: “Como la gran mayoría, no leo las explicaciones conceptuales ni trato de seguir los ejes temáticos; voy a las exposiciones y museos a mirar las obras y divertirme, no a estudiar. De largo, lo mejor es la colección de arte precolombino, esas figuras mitológicas que te asaltan por todo lado. El día que fui había mucha gente joven, riendo y tomándose selfis; esa vitalidad, más el ruido de los videos y las gradas y el desorden de las salas que lo mezclan todo, me dieron la sensación de andar por una feria popular y empecé a disfrutarla de ese modo, hasta que leí la frase cursi de Raúl Pérez”.

María Fernanda Cartagena, por su parte, se siente contenta de que su aporte conceptual y el de Cristian León, hayan sido tomados en cuenta: “Felicito al equipo de colegas profesionales que han enfrentado condiciones muy adversas para un proyecto de tal envergadura. Esperamos la organización de encuentros de debate, diálogo y crítica constructiva para valorar y opinar sobre los actuales guiones y sus retos educativos; de eso se trata un museo”.

Iván Cruz se queda con lo del museo en construcción, pues le parece que hay un discurso ideológico y político que no se corresponde con lo que se puede hacer con la extraordinaria colección que tiene el museo.

Al escritor Leonardo Valencia le interesó leer en voz alta los escritos de Martha Traba, una famosa crítica de arte argentina, sobre la obra de Enrique Tábara. Y su descubrimiento de tres obras de Camilo Egas: La procesión, Caminata de yumbos y Gregorio y Carmela, “fue suficiente para que valiera la pena la visita”.

Un niño se detiene junto a una de las esculturas de mujeres afro creyendo que es real. Hala de la falda a su madre para que la vea, evidentemente sorprendido. Un gringo se pone en cuclillas para leer una de las cédulas que detalla las piezas zoomorfas de la sala dedicada a la metalurgia precolombina. Una pareja se toma una foto en un marco que aparece en la sala lúdica, espacio creado para estar a tono con los tiempos de selfis y de fotos para el Facebook. El espacio está vivo y amerita varias visitas pues es una caja de sorpresas.


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