Diario fallido.

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

Edición 434 – julio 2018.

Huilo

1
Sobre mi cabeza está el sexto piso, ocupado por madame Dalmon. Su bota ortopédica sale del baño y se encamina hacia su piano. Como todas las mañanas empezará con la suite 3 de Bach. Pero como nada está escrito, su programa sufre un brusco cambio a causa del teléfono que empieza a sonar de manera incisiva. Mucho más que el piano, su túnel del tiempo es el teléfono. Por mi parte debo ir al mercado, ya que se me han terminado las endivias. Actualmente es la única legumbre que se me permite comer cruda.

2
Una de las razones para no haber persistido en mi diario es la conciencia plena de que mi cotidianidad es tan pobre como la vida de un pez rojo en un bocal. Por esa razón, termino inventándola. Pero un diario en el que se ficcione no me entusiasma y eso me ocurre cuando lo intento. Ya en la segunda frase, la realidad se me fisura y por allí brota el miasma ese de la ficción. Madame Dalmon no existe, por ejemplo. Más bien es el resultado de un ensamble de elementos ciertos y distantes. El piano, el que imagino al mencionarlo aunque no dé ningún detalle suyo, es el del bar La Cigale, donde baila Berebé. La bota ortopédica pertenece a la señorita Inés Merlo de la infancia, una dama jovial con las cejas y la boca de Greta Garbo, que tenía un almacén de disfraces. Un lugar literalmente fantástico, en donde uno se disolvía viendo, palpando y a veces ensayando máscaras, trajes, implementos propios de los ensueños y la fabulación. Allí me alquilaron el disfraz para mi rol de Míster Haydn en el segundo grado de escuela. Rol protagónico en el sainete, pero en el que actué menos de un minuto a causa de que al entrar en el escenario vociferando con rabia, como tenía que hacerlo, se me cayó el mostacho y, al inclinarme para atraparlo en el aire, se me cayó el sombrero y, lo peor, después de recogerlos del suelo, por arte del diablo perdí instantáneamente la voz. Carraspeaba, intentaba reanudar el parlamento pero, en lugar de palabras, me salían ronquidos y viento. Lo intenté una docena de veces y en cada una lo que se incrementaba eran los decibeles de la risa que me llegaban del auditorio. Entonces, no encontré otra alternativa a la mano que salir corriendo del escenario, cosa que tampoco logré porque me tropecé en el bastón y caí en plancha de boca. Más que oír vi desde el suelo que todo el mundo, alumnos, padres, madres y profesores, estaban de pie destornillándose de risa. Incluso el hermano José Emilio, el director de la escuela, que tenía un rostro de piedra y la espalda erguida como tabla, se doblaba en carcajadas. Será por ese incidente que cuando veo las películas de Charlot me viene, poco a poco, el efecto de una perfusión: la desdicha pura y dura.

3
En cuanto al apartamento superior es, en efecto, el sexto, pero está ocupado por una pareja, la más chiflada de este edificio. El marido es un magrebí que tiene una peluquería a cinco calles y que no se lo ve casi nunca, pero sí se lo oye cantando en árabe o disputándose con su mujer. Se llama Tula y es una canadiense obesa, que cada vez que la encuentro casi se lanza en mis brazos para lamentarse de estar tan lejos de su país, de su casa y de su madre. Ya ni siquiera me extraña, dice, a causa del Alzheimer. Estoy sola en el mundo, dice, quitándose la sola lágrima que siempre tiene y que se le queda suspendida en el rímel, mientras sus pequeños hijos tiran de su vestido para que se apure. En la Navidad timbró en mi apartamento a las seis de la mañana. Abrí la puerta sorprendido, aunque sin despertarme del todo. Era ella, con los dos brazos estirados y desnudos como sonámbula. Estaba borracha, con un ojo casi cerrado a causa de un hematoma y tenía las dos muñecas abiertas chorreando sangre. Esto, por ejemplo, es verdad, pero, ¿quién podría creerme?


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