De la sala a la cocina, es mi posición.

Por Ana Cristina Franco.

Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

Edición 434 – julio 2018.

Mi hija me hace detenerme en medio de una carrera para ver una mariposa o para alcanzar una flor… ¿No te parece revolucionario?, ¿no crees que es un golpe al sistema detenerse y ser niñx durante un par de horas al día?
Roberta Artavia, Maternidades subversivas

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Quiero escribir un libro, hacer un máster, viajar a Europa. Pero estoy despeinada, con pantuflas rosadas. No me he bañado. No he dormido. No he comido. Hace menos de dos años mi vida sucedía entre oficinas, exposiciones y lugares públicos. Hoy, mi uniforme es la pijama y mis días consisten en perseguir a un pequeño por toda la casa para ayudarle a hacer lo que más le gusta: barrer.

La vida es un cúmulo de retos, dicen. Yo tengo unos cuantos, y no precisamente escribir un libro o viajar a París. El primero consiste en ir al baño. Después de trazar un plan estratégico entreteniendo al Lucas (el pequeño barrendero) con juguetes, logro hacer pipí.
El segundo reto es un poco más complejo: ir al supermercado. Empujo el coche por las gradas con la una mano mientras en la otra lo llevo a él. El peso es demasiado y debo soltar algo. El coche rueda escaleras abajo provocando un estruendo que asusta a los vecinos. Después de atravesar una avenida empujando el carrito bajo un solazo de mierda, llego al súper triunfante, pero nadie me aplaude. Al regreso, el taxista me dice que él no tendrá hijos, que es muy joven (tiene 32, mi edad…), que ya ha viajado a Argentina, a Italia y a Frankfurt, que le falta conocer Japón. El taxista conoce la mitad del mundo y yo apenas conozco mi cocina (a medias). Al pagarle la carrera, sin darme cuenta, me autoproclamo “señora”. Perfecto.

El tercer reto consiste en hacer el almuerzo. Pico cebolla mientras el Lucas saca de los cajones ollas y cernideros, y los lanza al piso haciendo un ruido terrible. Los fideos se desbordan y debo sacarlos uno a uno. Intento cortar un pedazo de pollo congelado con un cuchillo, pero el Lucas se ha aburrido de las ollas y se dirige hacia los cables de luz. Nada que La Vaca Lola no pueda arreglar. Pongo play en la compu pero no quiero que vea el video porque dicen que es malo que vean muchos videos, entonces me toca hacer el show a mí. Bailo de un lado al otro, él me mira y se ríe. La estamos pasando bomba, tanto que no me doy cuenta que el fideo ya se ha quemado. Intento salvar el pollo poniendo algo de condimento, pero uno de sus gritos me desconcentra y riego todo. Fideos quemados, pollo amargo ahogado en laurel, pedazos de cebolla por el piso, llanto desconsolado de un bebé que tiene hambre. La cocina es la representación más clara de mi mente, el escenario de mi locura.

La lluvia retumba en el techo. Lucas come su sopa, feliz. Yo como una masacota, no me importa el sabor, no me importa nada, me conformo con tragar algo para no desmayar. Me pide agua, se la doy y se trastorna encima. Debo cambiarle. Llora. Me grita. ¿Por qué grita así? Dicen que los hijos son el espejo de uno. Ahora lloramos los dos, a dúo, pero luego él, al verme triste, deja de llorar y se limita a mirarme mientras toma teta. Mientras me voy quedando dormida recuerdo que debo mandar un mail, terminar un texto, empezar otro, seguir, avanzar, hacer algo, ahora, ya. ¿Y si solo son excusas para apartarme de lo verdaderamente importante: él, la vida, hoy?, ¿Por qué me quejo tanto si lo único que tengo que hacer es jugar? Nos fundimos en un solo sueño.

Ha dejado de llover. El sol de la tarde nos despierta. El pequeño barrendero me toma de la mano y con la otra trae la escoba. Damos mil vueltas alrededor de la casa. Aún tenemos mucho trabajo por hacer.


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