Una balletista en el Aconcagua.

Texto y fotos: Xavier Gómez Muñoz y Cortesía.

Edición 434 – julio 2018.

 

Daniela Sandoval pasó a la historia por haber ascendido hasta la cima del Aconcagua, a 6962 metros de altura, para luego descender en un total de 20 horas y 17 minutos.

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El 30 de enero de 2018, Daniela Sandoval pasó a la historia por haber ascendido hasta la cima del Aconcagua, a 6 962 metros de altura, para luego descender en un total de veinte horas y diecisiete minutos. La ecuatoriana estableció el nuevo récord mundial femenino de ascenso y descenso en la cumbre más alta de América y del hemisferio sur del planeta. Para un grupo de montañistas experimentados esa misma  aventura podría durar entre tres y cinco días.

No para Daniela, una fisioterapeuta de veintisiete años, apasionada por los deportes de aventura y exbailarina de ballet, que escucha música instrumental del compositor griego Vangelis mientras sube montañas.

Las montañas son un asunto familiar en la vida de Daniela. Su padre, Eduardo Sandoval, dirigió durante ocho años el Club de Andinismo de la Universidad Católica de Quito. Consuelo Bravo, su madre, se inscribió con un grupo de amigas para probar. Él estudiaba Administración de Empresas. Ella, Idiomas. Sus destinos se cruzaron en las alturas.

Eduardo y Consuelo tuvieron tres hijas, a las que inculcaron su afición por las montañas, la vida sana y el deporte. Alejandra, la mayor, hace yoga y Pilates. María Fernanda, la segunda, es nutricionista y practica crossfit y montañismo. Y la Dani —me dice el matrimonio Sandoval Bravo en su casa del valle de Los Chillos— subió su primera montaña a los cinco años: el volcán Ilaló, cuando la inscribieron en los campamentos para niños Aire Libre, del andinista quiteño Fabián Zurita.

Desde entonces, y aunque se ha dedicado a todo tipo de deportes y actividades, Daniela nunca ha dejado de escalar montañas, ya sea de la manera tradicional o cuando practica speed climbing, una modalidad de ascensionismo rápido que se realiza en paredes artificiales y en montañas; aunque quizá sean sus padres quienes mejor definan este deporte: “Nosotros subíamos montañas caminando, la Dani corre”, dicen.

La niña que bailaba y empezó a correr a los seis años, Daniela empezó a practicar ballet en el Centro de Arte y Movimiento Guadalupe Chaves, del valle de Los Chillos. Estuvo un mes en Argentina, como parte de un intercambio para mejorar su técnica y experiencia, pero lo dejó en la secundaria, cuando tenía doce años, para dedicarse por entero a sus estudios. Sus padres dicen que, siendo tan pequeña, el ballet le enseñó tenacidad y disciplina. Pero también le dejó flexibilidad, equilibrio y la contextura de una bailarina: Daniela mide 1,55 metros, pesa 45 kilos, y parece de goma cuando, con las piernas cruzadas, en posición de loto, junta las plantas de los pies y dobla el tronco hacia delante para estirar el cuerpo.

A los dieciocho años, Daniela se inscribió en otro programa de intercambio y se fue a Alemania para aprender el idioma. Durante ese año empezó a correr para mantenerse en forma, aprendió a esquiar durante un viaje a Austria y se inscribió en un equipo de fútbol, donde jugaba de delantera. No era buena con la pelota, aunque, como era la mejor del equipo al correr, solía ir de titular.

De regreso a Quito, estudió Fisioterapia en la Universidad Católica y fue cajera de un supermercado durante los cuatro años que le duró la carrera. Una vez graduada, se juntó con una amiga para abrir un centro de fisioterapia llamado Kinesis, en el valle de Los Chillos. Como no quería dejar el deporte que empezó a practicar en Alemania, salía a correr en las mañanas, antes de empezar su jornada, y aprovechaba los feriados y fines de semana para ir a las montañas. Esta extraña mezcla de deportes la ha llevado hasta la cima del Carihuairazo, Iliniza norte, Cotopaxi, Cayambe, Chimborazo, Puntas, Pasochoa y, también, a su montaña consentida, a la que en un día de entrenamiento puede subir hasta tres veces seguidas, el Ilaló.

Con los primeros 1 500 dólares que ahorró trabajando en un supermercado, se compró una bicicleta y se dedicó, en su tiempo libre, a sus tres aficiones deportivas: el montañismo, la bicicleta y el atletismo. Haciendo ciclismo, sin embargo, ha pasado algunos sustos. Cuando tenía veintidós años una de las ruedas de su bicicleta se atascó en una curva del Chaquiñán de Cumbayá y ella voló por los cielos, aunque no sufrió heridas graves. Y el domingo 11 de febrero de este año, después de lograr el récord mundial femenino en el Aconcagua, un carro la embistió mientras iba en su bicicleta —ella no recuerda el impacto, pero eso le dijeron los testigos— y la dejó inconsciente en la vía E35, que lleva al aeropuerto de Quito.

Un diente roto, raspones superficiales al lado izquierdo de la cara y un codo fisurado, que su doctor le sugirió inmovilizar hasta que sanara, son las heridas que le quedaron de su último accidente. Pero, por su experiencia como fisioterapista, Daniela sabe que si sigue la recomendación del médico perderá fuerza en esa parte del cuerpo y la recuperación será lenta.

—Mira, ya casi no me duele y en poco tiempo acabará de sanar —me dice mientras flexiona lentamente el codo lastimado que prefirió curar a su manera.

Aunque mantiene al ciclismo como hobby y como parte de su entrenamiento, fue quizá el temor a las caídas la razón por la que Daniela, al final, prefirió dedicarse profesionalmente a las montañas y el atletismo: la combinación de ambos es el speed climbing. Daniela empezó a correr ultramaratones o distancias que superan los de un maratón oficial (42 195 kilómetros) desde hace tres años. Ahora bien, también teme caerse cuando corre en descenso por las montañas, así que ha desarrollado un mecanismo de defensa: es veloz al subir y precavida al bajar.

En 2016 Daniela ganó los 80 kilómetros de trail running de La Misión, en Argentina. Como parte de su preparación para el Aconcagua, durante 2017, corrió la Petzl Trail Plus de Baños y la Torres de Paine, en Chile (ambas de 80 kilómetros), la Chota Trail (70 kilómetros), la Pululahua Trail (65 kilómetros) y carreras con distancias menores, pero altos niveles de exigencia, como la Polichasqui (cinco kilómetros), que va desde Miraflores hasta las antenas del Pichicha, y la Penitente (dos kilómetros) en el Parque Metropolitano. En todas esas competencias, logró el primer lugar de su categoría.

Tras el récord del mundo

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En el verano argentino, entre diciembre y marzo de cada año, llegan hasta el Aconcagua alrededor de siete mil montañistas de todo el mundo. La montaña tiene trazadas 34 rutas de ascenso y, técnicamente, no se trata de una montaña compleja, si es que se sube por la ruta normal (la cara noroeste, por donde ascendió Daniela). Aunque, claro, todo depende de los caprichos del clima, que en enero de este año provocaron la muerte de dos montañistas extranjeros y varios rescates por tormentas de nieve.

Luego de un año de entrenamiento, combinado con su trabajo de fisioterapista, que es el que paga las cuentas, Daniela llegó a la ciudad argentina de Mendoza el 17 de enero de 2018. La recibieron Mauricio Capitani, de la agencia Aconcagua Visión, y su esposa, Eliana. Capitani se había encargado de gestionarle los permisos de entrada al parque, un seguro médico y los trámites para el acta de registro, que va con la firma de un abogado y testigos.

Sus compañeros de equipo, Nicolás Miranda y Karl Egloff, habían viajado unos días antes para intentar batir el récord mundial masculino de veintidós horas en la pared sur del Aconcagua, la más dura de esa montaña. Nicolás Miranda, también guía de Daniela, mantiene el récord mundial en la ruta 360º (27 horas y 58 minutos). Y el ecuatoriano-suizo Karl Egloff el récord masculino por la ruta normal (11 horas y 52 minutos). Pero, en ambos casos, el clima se los impidió y horas más tarde el equipo ecuatoriano se reunió para cenar en Mendoza.

—Cuídate del frío. La nieve está cargada y la visibilidad es casi nula —le dijeron Miranda y Egloff a Daniela durante la cena.

Ella sintió miedo cuando supo que sus compañeros, dos montañistas con récords mundiales en el Aconcagua, habían fallado. El día siguiente, 18 de enero, su cumpleaños lo pasó aclimatándose para el primer ascenso de reconocimiento, antes de intentar romper el récord mundial femenino por la ruta normal: las 22 horas y 52 minutos que hizo en 2016 la brasileña Fernanda Maciel, una corredora de montaña a la que Daniela admira, y sobre quien leía regularmente en revistas especializadas, donde ponían algo así: “Maciel es la primera mujer en la historia que ha logrado subir y bajar del Aconcagua en menos de un día” o “Maciel logró el récord mundial femenino en el Kilimanjaro”, la montaña más alta de África.

—En este deporte, sin embargo —aclara la corredora quiteña—, no se compite contra la montaña ni contra una persona, la competencia es siempre contra uno mismo.

Daniela empezó su primer ascenso de reconocimiento al Aconcagua la mañana del 22 de enero. La temperatura bordeaba los 30 ºC en Mendoza, y se esperaba que en la cima del Aconcagua bajara hasta −35. Daniela y su guía, Nicolás Miranda, partieron desde el valle de Horcones, a 2 800 metros de altura. Pasaron por el campamento Confluencia (3 300 metros), una planicie llamada Plaza Ancha (3 500 metros) y llegaron a la Plaza de Mulas (4 260 metros). El trayecto de Horcones a Mulas les llevó ocho horas. Acamparon en Mulas a −10 ºC. A las seis de la mañana del día siguiente, retomaron el ascenso con una capa de nieve que les llegaba hasta las rodillas, que les obligó a disminuir el ritmo y caminar. Tomaron un camino zigzagueante conocido como Piedras Conway (4 600 metros), atravesaron una saliente rocosa llamada Plaza Canadá (4 800 metros) y los campamentos Nido de Cóndores (5 300 metros) y Berlín (5 850 metros), que son los últimos antes de empezar el ataque a la cima.

Cuando habían pasado los 6 400 metros de altura, se encontraron con una tormenta de nieve y con vientos superiores a los 75 kilómetros por hora, que les obligaron a parar. Esperaron, sin suerte, a que el clima mejorara. Y ese día, en su primer ascenso al Aconcagua, a Daniela le faltaron cerca de 400 metros para coronar la cima.

Una hazaña esquiva

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Después del primer y fallido ascenso de reconocimiento, Daniela descansó cuatro días. Salió en busca del récord, junto a Nicolás Miranda, el 26 de enero. Según los cálculos de su compañero, podía lograr la hazaña en diecinueve horas. Partieron de Horcones, pasaron por Confluencia, Plaza Ancha y Mulas… Llegaron, por segunda vez, a los 6400 metros de altura, pero los recibió una tormenta similar a la del primer ascenso. Daniela tuvo que usar un bastón para avanzar contra el viento, que otra vez superaba los 75 kilómetros por hora. Con la nieve cargada y corrientes de viento que escondían el camino, Nicolás y Daniela tuvieron que tomar una decisión: abandonar nuevamente el proyecto para el que ella había entrenado un año entero y por el cual competía —contra sí misma— en Mendoza.

—La vida es más importante que cualquier récord —reflexiona la corredora de montaña quiteña cuando recuerda lo que sintió al renunciar a su objetivo.

Finalmente improvisaron un tercer intento. Idearon una estrategia que les ayudara a ahorrar tiempo y esfuerzo: Daniela empezaría los primeros veinticinco kilómetros sola, a la una de la madrugada del 30 de enero, y luego se encontraría con Nicolás, quien tendría listo lo que necesitaban para el siguiente tramo: los cambios de ropa y equipo, la alimentación e hidratación.

La noche anterior al último ascenso, Daniela no pudo dormir tratando de memorizar la ruta y lidiando con el miedo que le producía pensar en correr veinticinco kilómetros sola, en la oscuridad de la montaña. Pero el Aconcagua esta vez la recibió con una madrugada despejada, iluminada por la luna, y vientos leves. O como dice ella: “Era otro Aconcagua”. Pasaron los 6 400 metros de altura. Llegaron a los 6 700 y a los 6 800.

En ese punto, a poco más de 100 metros de lograr la cima, Daniela sintió por primera vez mareos, falta de oxígeno y dolor en las piernas. Tuvo que parar de nuevo. Desde allí vio la pared más difícil de la montaña, la cara sur que les había negado el récord días atrás a sus compañeros. Pensó en sus entrenamientos, en su familia y amigos. Y en la recomendación que una vez le hizo un psicólogo deportivo para superar el miedo a caer de la bicicleta o cuando corre cuesta abajo en las montañas:

—Tú solo escucha música de ballet e imagina que bailas.

La danza es para Daniela como un viaje a los años felices de la infancia. Así, feliz, llegó al punto más alto de América, y una vez allí se abrazó con Nicolás Miranda y lloró. Fueron apenas cinco minutos en la cima del Aconcagua, que ella describe como “de una felicidad pura”. Se tomó una foto con la bandera del Ecuador para el registro.

En el descenso, Nicolás informó por radio sobre la hazaña. Abajo la esperaban los medios de comunicación de Mendoza, amigos que hizo en Argentina y guardaparques y montañistas que la habían visto en los intentos anteriores. De ahí en adelante, Daniela dice que todo fue como un sueño, que incluso hay episodios, como conversaciones y entrevistas con los medios, que no tiene tan claros. Tampoco pudo dormir bien aquella madrugada. Habló por teléfono con sus padres. Solo después de unos días fue consciente del ballet que había bailado en el Aconcagua.

Karl Egloff y Nicolás Miranda abandonan el intento de récord en la sur del Aconcagua

Aconcagua-4“Es un proyecto de mucha paciencia y la montaña no se ha abierto para nosotros”, nos cuenta Karl Egloff horas después de abandonar su intento de récord en el Aconcagua. Su retirada ha sido un acierto, pues una avalancha ha barrido la vía que hubiera seguido con su compañero.

Después de tres intentos fallidos, Karl Egloff y su compañero Nicolás Miranda han abandonado su intento de batir el récord de ascenso de la pared sur del Aconcagua (6962 m), que marcó el francés Bruno Souzac en la vía Sudtirolesa en el año 2002 con un tiempo de veintidós horas.

“La mejor temporada siempre ha sido diciembre o enero, pero ha sido un mes muy complicado de rescates y problemas”, cuenta Karl en una entrevista. Después de su primer intento frustrado por el mal tiempo y un segundo que acabó por el mismo motivo, abandonaron el campo base para hacer una pausa.

Hace dos días volvieron y, ya de camino, vieron que la montaña estaba muy cargada de nieve, que las grandes torres tenían hielo y escarcha, y que caían avalanchas con mucha frecuencia. Al llegar al campamento comprobaron que la ruta tenía mucha nieve acumulada desde abajo. “Decidimos no salir con el dolor del alma, pasamos la noche y al abrir la carpa a eso de las siete de la mañana, a la hora y en el lugar donde debimos haber estado escalando, se desencadenó una gigante avalancha”, nos contaba en un mensaje. “Fue una buena decisión no salir. El Aconcagua nos dijo no por esta vez, pero volveremos. Espero que sea pronto”.

Fuente: www.desnivel.com


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