Los enigmas del parque.

Por Francisco Febres Cordero.

Ilustración Mario Salvador.

Edición 434 – julio 2018.

Firma--PajaritoEn mi niñez era un enorme potrero sobre el cual alguien plantó dos arcos, para simular una cancha de fútbol; a un costado había un baño garrapaticida al que los campesinos llevaban sus vacas esqueléticas; por ahí estaba un remedo de piscina, lamida por un agua verdosa. Luego de muchos años, ¡zas!, el yermo terreno se convirtió en parque, con sen-deros para transitar en medio de variedad de plantas, piscinas de verdad, juegos infantiles y dos lagunas con centenares de pececitos que sirven de alimento a una garza que, puntualmente, arriba cada diciembre desde algún lugar remoto. La última vez anidó un polluelo y, pacientemente, esperó a que aprendiera a volar para emigrar en su compañía.

Si bien, como signo de estos tiempos de inercia, quemeimportismo y desamparo mu-nicipal, el parque ya no luce ni remotamente el esplendor con que fue inaugurado, todavía es posible deambular por los senderos descuidados, rodeados por una hierba que se recorta cuando su altura la convierte en maleza. Allá sigo llegando con la Cata cada madrugada, cuando el sol todavía no despunta, para iniciar nuestras caminatas en que damos, como si fuéramos una pareja de hámsteres, cuatro vueltas completas al circuito.

Esa rutina nos ha permitido establecer unos extraños lazos con quienes, como nosotros, buscan fortalecer su organismo o, por lo menos, morigerar su deterioro. Si bien con ninguno hemos pasado del saludo, al cruzarnos o al rebasarlos cuando los motores de nuestras piernas están funcionando a su máxima potencia, no hemos evitado escuchar ciertas frases que nos informan sobre el motivo de sus caminatas: “¿A usted también ya le agarró la diabetes?”, le preguntó una señora a otra; “Es que, chuta, por más que ya no como arroz, no me enflaquezco”, le contó una gordita a su compañero; “Otro infarto y se me funde el guacho, viejo”, le dijo un señor canoso a otro señor canoso.

Como si perteneciéramos a una cofradía, sabemos quién falta un día o quién ha clau-dicado definitivamente en sus afanes. “Tiempos que no viene La Palizas”, decimos ante la ausencia de una chica alta y delgadita que, forrada en una licra multicolor, trota mientras propina con sus manos abiertas, como de karateca, feroces golpes al viento acompañados de rugidos leoninos. “¿Qué será del Todoterreno?”, nos preguntamos cuando no vemos al muchacho que para desplazarse a una velocidad de gacela no solamente utiliza el trazo de los senderos sino que, a campo traviesa, salta por entre la jungla mientras bufa como toro y escupe como camello. “¿Vendrá La Alienígena?”, decimos al reclamar la presencia de una joven corredora, de piel blanquísima, casi transparente, que cubre su cabeza con una capucha negra terminada en punta y esconde sus ojos y parte de los pómulos con unas gafas enormes, redondas y negras, del todo inútiles en la penumbra del amanecer.

Cada uno tiene una identificación, un rostro, una vestimenta que lo singulariza. Solo los sobrenombres corren de nuestra cuenta, así como la curiosidad por saber las razones de sus ausencias: ¿habrá enfermado El Relojes?, ¿ya habrá dado a luz La Globito?, ¿qué pasará con El Fosforescente?, ¿regresará El Bufandas?

Las respuestas, obviamente, quedan flotando en el misterio.

Tampoco podremos saber si, para los otros, nosotros existimos. ¿Nos identificarán también con algún apodo?, ¿tendrán algún sentimiento cuando nos ven aparecer después de una ausencia prolongada?

El parque, con sus cortas cinco hectáreas, es un inmenso enigma, un desolado arcano. Hasta podría pasar que la garza no llegue este diciembre. La mató la vida, pensaremos. Y, con un suspiro, seguiremos caminando.


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