Blues: el viaje circular.

Por Diego Pérez Ordóñez.

Edición 433 – junio 2018.

Firma--Diego-Pérez

“El son de la guitarra no había cesado y los presidiarios lo vieron —un negro joven, delgado de caderas, la guitarra colgada al cuello con una cuerda de algodón—. Trepó el terraplén, tañéndola. No traía nada más, ni comida, ni muda de ropa, ni siquiera un saco”. (William Faulkner, Las palmeras salvajes).

Esta imagen que evoca la meticulosa y compleja pluma de William Faulkner (1897- 1962) debió de ser bastante común en el húmedo y denso Mississippi de, años más años menos, un siglo atrás. El retrato, pues, de un haraposo músico de blues, cuyo único capital seguramente fue una estropeada guitarra, pero que era rico heredero de los antiguos trovadores africanos, de los llamados griots, probablemente sin saberlo. Ese músico, “delgado de caderas” y con la guitarra al cuello, fue un puente entre varios mundos (África, América, Europa) y custodio de buena parte de la riqueza musical occidental. Sus melodías, portadoras de los siglos de los siglos, tuvieron ecos en Nueva Orleans, Salvador de Bahía y La Habana, por lo menos.

Y todo porque los indicados griots estaban a medio camino entre un bardo, un trovador y un músico itinerante en la nutrida tradición melódica del África occidental. “Los musicólogos —sostiene Alan Lomax— generalmente concuerdan con que los bluseros negros americanos han reconstituido, en esencia, el gran arte de los griots africanos. En efecto, se puede sostener que mediante el trabajo de artistas como Sid Hemphill, Blind Lemon Jefferson, Charley Patton y otros parecidos, la tradición griot ha sobrevivido al completo en América, casi sin interrupción”. (The Land Where the Blues Began. Mi traducción).

Porque el blues es música de esclavos y, por ende, música de lamento y música de dolor. Y el blues es también música de éxodo: desde las costas occidentales del África, hasta las plantaciones de algodón de lo que ahora es Estados Unidos y, desde ahí, por la gloriosa Highway 61 —que inmortalizó Bob Dylan— a las calles y los antros de Chicago, Memphis y Detroit. Y luego, otra vez, a los mares: de Nueva York a Londres y de vuelta, de mano de la llamada “invasión británica”, capitaneada por los Beatles, los Rolling Stones, los Kinks, los Animals y por Them, principalmente. Fue por eso que la cópula entre lo inglés y lo africano dotó al blues de su carácter universal, de su característica inmemorial: se podría decir que los Stones de la primera época eran, básicamente, una réplica de la banda de Muddy Waters; se podría decir que, sin las canciones del gran Willie Dixon, Led Zeppelin no habría sido una banda tan pesada y poderosa. Y hay que decir, por supuesto, que otro tanto hizo, en esta atadura da cabos sueltos, un joven de Tennessee posteriormente conocido como Elvis Presley.

Porque el blues llegó en barco, seguramente en el primer navío con veinte esclavos que acoderó en las costas de la colonia de Virginia, a principios del siglo XVII. Y los esclavos que llegaron venían, en cada caso, con aportes culturales y musicales distintos, de lo que modernamente es Nigeria, Camerún, Benín, Sierra Leona, Costa de Marfil, Ghana y Togo. Culturas basadas en instrumentos de cuerda, desde modestos instrumentos de una sola cuerda hasta sofisticados aparatos con veinte. De esa tradición vienen esos griots, que cantaban e interpretaban las hazañas de los poderosos y famosos, y recitaban largas y ricas genealogías que constituían buena parte de la tradición de sus pueblos. La música de la región occidental africana incluye también (en este punto me guío por Deep Blues de Robert Palmer) instrumentos de percusión, cantos grupales en llamado y respuesta (esta técnica, clave para el blues moderno) y repetición de estrofas. Salvo por las colonias francesas —notablemente Luisiana— los tambores, los instrumentos de viento, y casi cualquier artefacto que pudiera hacer sonidos fuertes, fueron vedados por los dueños de las plantaciones de algodón de las regiones sureñas de Estados Unidos por el riesgo de que pudieran ser usados para comunicar insurrecciones entre los esclavos. Por eso, volvemos al principio de la nota, la imagen clásica del blusero es la de un nieto o tataranieto de esos griots, solamente con una guitarra y con ganas de tomar un tren al norte. Quizá por lo anterior los franceses se perdieron del blues, pero nos legaron a Flaubert, a Proust y a Baudelaire, por otras vías menos africanas.

Porque, por todo lo anterior, el blues resulta también ser música de ríos. De inicio, el Congo, con su forma de media luna, sus láminas de agua, su vigoroso caudal y su legendaria profundidad. Del otro lado del Atlántico, el esplendoroso Mississippi, con sus lentos aluviones, sus humedales y marismas y sus llanuras aluviales. Dos ríos distantes en lo tocante a lo geográfico, pero vitales en cuanto a acercar culturas y músicas del mundo: de sus copiosas aguas y de sus sedimentos derivaron los clamores y lamentos del blues, la sofisticación y el síncope del jazz, la emoción del góspel, la hondura del soul y las cadencias del son. De la juntura melódica del Congo con el más grandioso de todos los ríos, el Amazonas, nació la extraordinaria epopeya musical brasileña. O mejor, como resume Cabrera Infante el viaje de ida y vuelta: “Sí, de regreso a la tierra de que vino. En los Estados Unidos con los blues y el jazz, en Cuba con su siglo y medio de recurrentes ritmos tropicales, en Brasil con un folklore que es fuente de creación tan perenne como el verde del Amazonas (…) la música, como el espíritu, sopla donde quiere”. (Prólogo de Cuba y sus sones, de Natalio Galán).

Pero el blues es, en mi opinión, la música fundamental, porque es la música lacerante por excelencia, la música de quienes vivieron (y vinieron) encadenados, la música del amor y de la traición, del olvido y del engaño, de la tragedia y del hastío. Es, como dijo John Lee Hooker, todo un griot del siglo XX, la melodía del inicio de todos los tiempos: cuando Adán y Eva se conocieron fue cuando inició el blues.

Algunos hitos en el camino

1619: Los primeros esclavos africanos llegan a Jamestown, Virginia.

1830: Aparecen los “minstrel shows”. Actores y músicos blancos interpretaban de modo burlesco las tradiciones negras. Ayudaron, sin embargo, a divulgar la música afroamericana.

1894: Sears empieza a vender guitarras por correo, por $ 4,50.

1901: El arqueólogo Charles Peabody contrata una cuadrilla en Clarksdale, Mississippi. La música que los trabajadores cantaban es “extraña en ritmo y peculiarmente hermosa”.

1903: El músico W. C. Handy se encuentra, en una estación de tren de Mississippi, con un hombre harapiento que le pasaba un cuchillo por las cuerdas de una guitarra. La guitarra emitía un sonido de queja y tristeza: “Una nueva era acababa de comenzar y Handy la anotó en su cuaderno: la era del blues del tren”, afirma Alan Lomax en su historia del blues.

1920: Mamie Smith graba Crazy Blues y el disco vende 250 mil ejemplares.

1938: Robert Johnson muere envenenado en un bar. Su leyenda se alimenta en un supuesto trueque de alma con el diablo.

1939: John Hammond organiza un concierto en Carnegie Hall, con Big Bill Broonzy, Joe Turner y Sonny Terry como estrellas.

Muddy Waters.

Muddy Waters.

1941: Muddy Waters emprende su legendario viaje a Chicago (con una guitarra comprada en Sears). En 1950 graba Rolling Stone.

1954: Arranca la carrera de Elvis Presley con un cover de “That’s Allright”, hoy un clásico del pop.

1960: Los bluesmen cruzan a Europa: Howlin’ Wolf, Sonny Boy Williamson II y Otis Rush, principalmente.

1964: Los Beatles llegan a Estados Unidos. Paul McCartney pregunta por Muddy Waters.

1969: Led Zeppelin lanza su primer disco, que incluye dos canciones de Willie Dixon.

1989: John Lee Hooker lanza The Healer, junto a Santana y Bonnie Raitt, entre otros. Revive su carrera.

1990: Columbia publica las grabaciones de Robert Johnson en CD y vende más de un millón de ejemplares.

2003: Año del Blues, declarado por el Congreso estadounidense. Martin Scorsese lanza el documental The Blues.

2015: Muere B. B. King. El fin de una era.


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