Todo lo que hacemos es literatura.

Por Juan Fernando Andrade.

Edición 435 – agosto 2018.

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Cuando el escritor noruego Karl Ove Knausgård se encuentra con sus lectores, en librerías, frente a unos cuantos, en conversatorios, frente a decenas, o en ferias del libro quizá frente a cientos de ellos, todo sucede con más o menos normalidad. Recibe halagos en silencio, responde con calma a las entrevistas o diálogos con otros autores, lanza alguna broma sonrojado y se sigue sorprendiendo de lo que ha pasado con su obra en los últimos años. Así hasta que llegan las preguntas del público, que muchas veces empiezan con un “gracias por sus libros”, y que tienen que ver con la vida expuesta en su literatura. Le gente le pregunta cómo lidiar con padres ausentes o abusivos, cómo enfrentar la paternidad sin reproducir los modelos de esos padres, cómo sobrevivir a los fracasos amorosos, cómo encontrarle sentido a las cosas cuando parecen —a menudo— haberlo perdido, cómo soportar lo ordinario, cómo defender una vocación, cómo seguir adelante. Es como si él supiera algo que nosotros no sabemos.

En Finlandia se le acercó una chica durante un evento, le dijo “mi padre murió hace dos días” y luego se puso a llorar; él, que no sabía muy bien qué hacer, se quedó conversando una hora con ella. Estas cosas, dice, no le habían pasado con sus primeros libros, dos novelas bien recibidas en su país y hasta traducidas y premiadas (no masivas): antes se le acercaban para hablar de otros libros, ahora para hablar sobre sí mismos y compartir capítulos de su vida privada. Algo así tendría sentido si se tratara de un autor de autoayuda o superación personal, pero Knausgård no es exactamente eso (aunque al final todos los libros que nos gustan o nos atrapan/sostienen o nos conmueven terminen ayudándonos). En 2008, cuando tenía 40 años, empezó a escribir su autobiografía para responderse las preguntas más difíciles, “quién soy” y “cómo me convertí en esto”, tratando de ser tan íntimo y honesto como pudiera, haciendo y haciéndose daño porque nadie que intente acercarse a la verdad puede o merece salir ileso: y descubrió que no estaba tan solo.

Knausgård suele reconocer que comenzó a escribir su historia pensando en él como único lector, que jamás imaginó que otros —ni siquiera sus amigos— pudiesen estar interesados, que cuando se la entregó a su editor se sintió avergonzado, frustrado, derrotado, y que el primer tiraje, de diez mil ejemplares, le pareció optimista y acaso ingenuo de parte de la editorial. Ahora ese recuerdo suena como el comienzo perfecto y más que literario de lo que se ha convertido en un fenómeno. A ese primer libro le siguieron cinco más escritos y publicados a una velocidad aterradora, entre 2009 y 2011, que juntos suman más de 3 500 páginas (un promedio de 600 por entrega) y de los que solo en Noruega, donde viven más de cinco millones de habitantes, se han vendido medio millón de copias: es decir que en ese país una de cada diez personas ha leído la obra completa. Luego, cuando aparecieron las traducciones (que suman ya más de veinte idiomas), Karl Ove Knausgård, su voz, su mirada y su rostro iniciaron un viaje que podría no terminar nunca.

En noruego, los libros tienen un solo título, Min kamp, igual al Mein Kampf de Hitler (ante la controversia obvia, el editor de Knausgård preguntó: “¿Por qué relacionarlo con Hitler?”), que se traduce como Mi lucha y que en español y en otros idiomas viene acompañado de títulos particulares para cada novela: La muerte del padre, sobre el padre alcohólico con el que nunca pudo tener siquiera una conversación sincera, que aparece de alguna manera en todas las partes y es el personaje más cuestionado por los lectores; Un hombre enamorado, sobre su relación con su segunda esposa, madre de sus hijos; La isla de la infancia, sobre los años que pudieron haber sido más felices; Bailando en la oscuridad, sobre adolecer de adolescencia, y Tiene que llover, sobre sus días en la Escuela de Escritores de Noruega, los primeros fracasos y rechazos y la victoria bipolar de una vocación que, como decía Truman Capote, solo sirve para flagelarse, pero que a veces es la única manera de vivir. Este es el último título publicado en español, así que en esta lengua el círculo aún no se ha cerrado.

Leí Tiene que llover después de años, años, pensando en si debería o no entrar al planeta Knausgård, que más bien tiene el tamaño de un sistema solar: había muchas cosas que considerar: ¿y si me gustaba?, ¿podría comprometerme con todos los libros?, ¿quién tiene el tiempo y la energía? (en este caso, ya sé, han sido muchos). Pero entré y confieso que he leído también buscando ayuda: por esos días había dejado de escribir porque nada de lo que escribía me gustaba, nada me parecía importante o cercano, nada me hablaba de vuelta cuando yo le gritaba desesperado, y si el libro de Knausgård trataba sobre sus primeros años como escritor, sus años de formación en un oficio en el que uno mal que mal siempre se está deformando, quizá podría ayudarme a flotar y arrastrarme hacia una orilla o hacia cualquier lugar en tierra firme. En la primera página encontré esto “fue una época horrible. Yo sabía tan poco, deseaba tanto… y no lograba nada”. Bacán, pensé, ahora podemos hablar, y empecé a caminar a ciegas por una novela que me iba tragando.

Muchas páginas después subrayé esto: “Escribir significaba derrota, humillaciones, encontrarse a uno mismo y reconocer que no se era lo bastante bueno”. Pero eso ya me importaba poco, lo que me mantuvo atado a las páginas fue la forma en que Knausgård transforma cualquier cosa en literatura solo con mirarla y recordarla (parece fácil, pero mirar y recordar y reconocerse puede ser mortal). A esas alturas lo que yo quería era saber más sobre la relación con su familia, con sus amigos, con las mujeres; y lo quería así como había estado viniendo, sin más mediaciones que la propia escritura, porque ya estaba sintiendo esa gruesa conexión que nos hace sentir unidos en una misma experiencia sobre la tierra: mirando para atrás, Knausgård dice que la clave de sus libros es que se ocupan de una vida ordinaria, pero que cualquier vida merece este tipo de atención. Quizá haya que recoger nuestros pasos, agarrarlos con las manos y tirárnoslos encima para estar seguros de que hemos vivido. La obra de un artista no es su trabajo, es su vida.

Y si realmente quieren saberlo, yo tuve mi final feliz: después de leerlo me dieron ganas de escribir, que es lo mejor que le puede pasar a alguien.

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Los admiradores de Knausgård creen que, en sus libros, la rutina, la miseria cotidiana, los hechos menudos, se transforman en gran literatura. No ocurre nada extraordinario, y tenemos la impresión (falsa, pero muy conseguida) de que casi nos lo cuenta todo minuto a minuto, día a día. Knausgård narra con igual minuciosidad la conversación con su pareja, la muerte de su gato, los primeros escarceos sexuales adolescentes, una fiesta de cumpleaños, y un larguísimo etc. Todo es común, pero, a la vez, tan universal, que tenemos la impresión que casi cualquier habitante de Estados Unidos o de Europa llega a sentirse identificado. Leer a Knausgård es zambullirse en la realidad, con un retrato en marcha de nuestro tiempo, con sus momentos graves, otros más ligeros y algunos de exuberante emotividad. El efecto es que confiamos tanto en un narrador así que, gracias a su hábil alquimia literaria, nos hace partícipe de sus abismos de depresión o en sus cumbres de euforia. Esa es la hazaña del autor. En pocos libros actuales, como en los del noruego, tenemos la percepción de llorar, alegrarnos o aburrirnos con su protagonista de una forma tan intensa.
Fuente: www.notodo.com


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