Verano azul.

Por María Fernanda Ampuero
Ilustración de Maggiorini

Diners  435 – Agosto 2018.

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Llevo ya muchísimos años viviendo en países con estaciones y llevo muchísimos años sabiendo que lo nuestro —que el clima no cambie— es lo inusual, la anomalía. Ahora mismo, mientras escribo esto, en esta parte del mundo es verano y aunque sé con la cabeza que el calor durará unos meses y se volverá a ir, siento como si las cosas ya fueran como deben ser. No sé si me explico: por fin se ha acabado la tontería, el sinsentido de pasar frío.
Para mí, guayaquileña, estos dos meses de calor brutal son lo normal, el mundo cuando no se ha vuelto loco. Me pongo camiseta, falda y zapatillapalopies y vivo en piloto automático, sin pensar en los elementos, los vientos, el peligro de salir a una calle helada sin el suficiente abrigo. Vivo, qué rico, sin la angustia de acordarme de calentar el baño antes de la ducha, de ir moviendo el calefactor como si fuera R2D2 por toda la casa, de temblar —sí, temblar— mientras hago pipí, de esas sábanas congeladas cuando me meto a la cama, lo de los pies como dos témpanos de hielo todo el día.
Las personas también son un clima y yo soy calor.
Luego, cuando pasen estos meses, habrá que ponerse poco a poco chaquetas y zapatos cerrados. Habrá que bajar de los armarios las maletas con la ropa de invierno y subir la de verano. Usaremos suéteres cada vez más gruesos y finalmente, qué tristeza por dios, abrigo, gorro, guantes, botas y bufanda.
Tendré que disfrazarme y entonces me sentiré perennemente extraña, como un animal al que han movido al ecosistema equivocado: una pobrecita lagartija en el polo.
Aunque en las ciudades mucha gente odie el verano, sobre todo porque el asfalto se convierte en la paila del demonio y dormir sudando como un chancho es horrible, en general ronda un espíritu gozador que, como un rey Midas playero, todo lo que toca lo convierte en colores chillones y flamingos rosados. Pelotas, biquinis, chancletas, pareos, ping-pong, excursiones, pescado frito, cervezas, fiestas de pueblo, piscinas, parrilladas, terrazas.
Los españoles gozan tantísimo del verano porque saben que tiene fecha de caducidad, que el invierno volverá con sus horrorosos días tan cortitos y sus noches heladas y, que si no se aprovecha ahora, el calor tardará toda una vuelta del mundo en volver.
Un día, no se sabe bien cómo, el agua de las playas se enfría y el viento hace imposible tomar el sol. Un día, no se sabe bien cómo, hay que sacar una colcha para poner sobre la sábana y empieza a provocar más una sopa calientita que un gazpacho. Ya no hay vuelta atrás. Podría hacer el poema más triste del mundo sobre el momento en el que El Corte Inglés anuncia sus descuentos de la vuelta al cole. Sería un poema tan doloroso que la gente al leerlo caería al suelo muerta de pena. Por eso no lo escribo.
Pero ahora, mientras tanto, dios mío, qué alegría. No se la pueden imaginar. El verano es la tregua con el odio, la duda, la rapidez, el hastío y el daño. El verano es el armisticio con la vida. La razón, tal vez, para luego ponerse los abrigos, las bufandas y seguir batallando. Llegará el invierno, pero no todavía. Ahora hay sandías y melones dulces como golosinas y señoras con unos gorros de flores inenarrables, niños haciendo amigos eternos en la playa y perros persiguiéndose la cola como bobos. Ahora hay vacaciones y parecemos la pandilla de Verano azul, locos por vivirlo todo.
Estoy escribiendo en la terraza de una casa de campo bajo una sombrilla y tengo un vaso de cerveza heladita a mi lado. Escucho la armónica y la guitarra de Neil Young y, aunque ustedes no me ven, aunque nadie me ve, estoy sonriendo.
Y de esto, de valorar los veranos porque se acaban, porque duran lo que duran y se van, creo que se trata este juego tan extraño que se llama vivi.


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