José Ribas. Un sacerdote que se quedó sin el Altar.

En homenaje a José Ribas, impulsor del andinismo y formador de generaciones en el país.

Entrevista publicada en la edición 432 de mayo de 2018.

Por Francisco Febres Cordero.

Fotografía: Juan Reyes.

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Quienes conocieron al padre José Ribas dicen que era un hombre fuer­te, de mediana estatura, pero algo que lo singularizaba era su pelo, rojo como una llamarada. Eso hizo que lo apoda­ran Suco. El Suco Ribas, educador de varias generaciones y un ascensionista apasionado que dejó su impronta como impulsor de ese deporte en un largo fragmento del siglo anterior. A sus 93 años tiene el pelo más bien cano, aun­que con algunos leves destellos dorados; ahora es delgado, pequeño y camina lentamente apoyado en un bastón. Con­serva la voz clara, con una vocalización impecable, aunque el volumen es alto, producto de su sordera. Mas como en la vejez los males no vienen solos, tam­poco puede leer porque hace dos años le operaron de cataratas, sin éxito. Así y todo, no se doblega y administra con ri­gor la casa de ejercicios espirituales San Agustín, una propiedad de extensos jar­dines impecablemente mantenidos, que realzan la belleza de las plantas, de los árboles añosos, de los setos. San Agus­tín era una hacienda de 300 hectáreas, donada a los jesuitas por la señora Ma­ría Augusta Urrutia de Escudero. Ahora tiene once hectáreas y dos edificaciones, una antigua y otra moderna, que pue­den albergar a 34 personas que llegan allá para, en ese bucólico ámbito de re­cogimiento, acercarse a Dios.

Ribas vive en un claustro adornado solo con un antiguo crucifijo y dos foto­grafías: en una saluda con el papa Juan Pablo II y en la otra con el papa Francis­co, ambas tomadas en la sacristía de la iglesia de La Compañía, en Quito.

La principal tarea del padre Ribas es atender a los jóvenes que llegan allá en busca de sosiego, les aconseja, les escu­cha en confesión.

Se entera de las noticias del mun­do exterior a través de la radio y se da modos para tener tiempo para pensar. Todas las mañanas oficia misa en un ambiente privado, dadas las limitacio­nes que tiene para la lectura.

Parece que su apellido estuviera es­crito con una falta de ortografía, pero no: él nació en Palma de Mallorca y en toda esa región los Ribas escriben su apellido con b porque el apellido viene de Ribera. En el resto de España los Ri­vas son con v, tal vez porque vienen de otra ribera.

El padre Ribas me cuenta que su padre era un próspero ingeniero de ca­minos que montó una fábrica de auto­móviles en Mallorca, y en 1919 y llegó a producir cien unidades de marca Loryc, pero la empresa quebró y la fortuna se fue por la Ribera.

Paréntesis: los Loryc

Tal vez por eso de que Dios ayuda a sus animalitos, una noche, días más tar­de de mi encuentro con el padre Ribas, me hallaba aburrido frente al televisor, cambiando compulsivamente de cana­les en ese ejercicio que se conoce como zapeo. De pronto, en el canal alemán pesco algo que me llama la atención: un alemán que vive en Mallorca, Charly Bosch, ha construido seis vehículos Loryc con una carrocería exactamente igual a la que tenían los originales, pero con algunas variantes de última tecnolo­gía y un motor ecológicamente correc­to pero históricamente pecaminoso: en lugar de usar gasolina, emplea energía eléctrica. ¡Eureka —grito—, esos son los mismos autos del padre Ribas!

Picado por la curiosidad, busco en Internet y me entero de que en 1920 un grupo de aventureros mallorquines, integrado por Rafael de Lacy, Antonio Ribas Rus, Fernando Alzamora y Al­verto Ovuard formaron una sociedad, y sacaron al mercado la marca Loryc, unos automóviles cupé y otros de carre­ras, que tuvieron mucho éxito y ganan varias competencias importantes pues alcanzaban la vertiginosa velocidad de 110 kilómetros por hora.

La marca Loryc se presentó oficial­mente en el II Salón del Automóvil de Barcelona en 1922, acto en el cual el rey Alfonso XII felicitó a Ribas. Sin embar­go, los costos de fabricación del sistema artesanal resultaron excesivos y Loryc ya no fue competitiva frente a las mar­cas extranjeras. Después de producir unos 130 vehículos, cerró en 1923.

Pero ahora regresan a las carrete­ras de la mano de Charly Bosch, a un precio de 45 mil euros por unidad. ¿Se animan?

Pelirrojismo y sacerdocio

Su madre era un ama de casa con nueve hijos, de los cuales solamente José optó por el sacerdocio. Ella nació en La Habana y tenía como primer apellido el de Reina, pero su segundo apellido era O’Farrel, de origen irlandés, de donde seguramente proviene el pelirrojismo del padre Ribas.

Su vocación por el sacerdocio nació cuando José cursaba el primer año de bachillerato en un colegio de los jesui­tas, en Palma, en plena Guerra Civil. Se inscribió en la Congregación Mariana, grupo conformado por muchachos que ayudaban en los barrios pobres y ense­ñaban catecismo. Entonces empezó a sentir el deseo de emular a algunos de los sacerdotes que les acompañaban. Cuando cumplió quince años pidió ingresar a la Compañía de Jesús, pero su solicitud fue denegada con el argu­mento de que era muy joven, que tenía que madurar. Un año más tarde insistió y entonces sí le admitieron en una fe­cha de la cual guarda recuerdo: julio de 1942. Completó los dos años de novi­ciado, hizo los votos y después terminó su bachillerato. Sintió el deseo de venir a América Latina, porque mantenía con regularidad correspondencia con los jesuitas que estaban en la Amazo­nía peruana, quienes publicaban en la revista de misiones artículos sobre la labor que desarrollaban y eso lo entu­siasmaba, ¡quería estar en el Marañón! Al término de sus estudios de Filoso­fía, en Barcelona, el provincial le dijo que se sentía inclinado a mandarle al Perú. Pero un día le anunció que había alguien que quería hablar con él: era el padre Pablo Muñoz Vega, quien para entonces (mucho antes de ser cardenal, claro) era provincial del Ecuador, y le preguntó si no le importaba olvidarse del Perú e ir al Ecuador. Ribas le res­pondió que encantado, que le daba lo mismo un país que otro porque no co­nocía ninguno. Y así llegó.

Siempre le gustó la naturaleza. Su padre tenía una casa a catorce kilóme­tros de Palma, donde vivían. Cada día iba desde allí al colegio en bicicleta, en un largo pedaleo. Pero de vuelta tomaba el autobús, trepando la bicicleta en el te­cho del carromato.

En septiembre de 1950 llegó a Quito y fue directamente al viejo colegio San Gabriel, en la calle Benalcázar, donde comenzó su tarea pedagógica como profesor de formación religiosa y cas­tellano. Escribió un libro de castellano para sus alumnos. En 1953 lo enviaron a estudiar Teología a Estados Unidos, a pesar de que no sabía ni una palabra de inglés. “No importa, ya lo aprenderás”, le dijo el padre Muñoz Vega. Y apren­dió fácilmente porque los idiomas se le daban bien: en España había estudia­do francés y alemán. En Estados Uni­dos estuvo cuatro años y allí se ordenó como sacerdote. Predicaba en inglés, por supuesto.

Regresó al San Gabriel y echó raí­ces. Fue profesor de inglés, formación religiosa, castellano y sociología. Tuvo diferentes cargos: gerente, dirigente de curso y finalmente rector durante doce años. Luego, por nueve años, fue direc­tor nacional de Fe y Alegría, un progra­ma de educación popular que tuvo mu­cha repercusión por la noble tarea que ejecutó. En 2000 el provincial lo nom­bró rector del colegio Borja de Cuenca donde estuvo tres años, y construyó una casa de retiros en Quingeo, hasta que volvieron a nombrarlo rector del San Gabriel, cargo que ocupó hasta el año 2007.

El ascencionismo

Cuando llegó al San Gabriel el club de ascencionismo ya estaba fundado, lo había hecho el padre austríaco Joseph Grossell. Él decía: “Cómo es pogsible en este pagís de tantas montañas teneg boy scouts. Aquí se negcesita montañegos, ¡montañegos!”. Cuando Ribas llegó solo quedaba el letrero que decía Club de Ascencionismo. Y él dijo: ¡hay que dar vida a eso!

La primera cumbre a la que ascen­dió fue la del Corazón. Sus conocimien­tos sobre la montaña provenían tanto de sus lecturas cuanto de sus experiencias como montañista en Mallorca. Al pie de una montaña tenía su padre la finca y la subía desde niño: sabía dónde estaban los peligros.

Aquí coronó todas las montañas, me­nos el Altar, que él considera muy difí­cil. En cambio, cuando el club cumplió veinticinco años de fundación, se le ocu­rrió celebrar el acontecimiento con una salida a los Alpes, a la que se apuntaron cinco muchachos. Con Marco Cruz Are­llano, que estaba estudiando en España, se juntaron en Andorra y de allí fueron al Mont Blanc y lo coronaron. Pusieron en la cumbre la bandera del Ecuador, con gran orgullo y mucha bulla.

Como el montañismo también es ac­cidentes, recuerda aquel que ocurrió en el Cayambe, el 14 de abril de 1974. Él no fue, porque coincidió con Semana Santa, época de retiro espiritual. Fue un grupo muy grande y salieron muy tarde del campamento. Les cogió una avalancha a los de la primera cordada y les botó a una grieta. Murieron Carlos Oleas, César Ruales y una chico francés, Joseph Ber­ge, que era el jefe de pastelería del hotel Quito. Aunque la avalancha arrastró a otras siete personas, estas se salvaron. En el Cayambe construyeron un refugio que lleva el nombre de los fallecidos: Ruales, Oleas, Berge. Habían trabajado tam­bién en la construcción del refugio en el Cotopaxi. Ribas quería que el refugio del Cotopaxi se llamara Refugio Ascen­cionismo San Gabriel, pero el día de la inauguración el jefe del club dijo que ese refugio se iba a llamar Padre José Ribas, y así quedó. Sin embargo, tanto el del Ca­yambe como el del Cotopaxi les quitó el Gobierno de Correa, con el argumento de que estaban levantados en terrenos del Estado, sin permiso.

Ahora, con el ingeniero Carlos Ló­pez, están construyendo la ermita de La Dolorosa, al final del teleférico. Tam­bién compraron una hectárea en el Ca­yambe, pero en la ladera sur occidental y, ahí, con el apoyo del Banco del Pi­chincha, terminaron el refugio Yanaco­cha, a 3 600 metros de altura, para que los jóvenes conozcan cómo viven los campesinos de los alrededores, cómo trabajan, cómo es el mundo agrícola.

Otras cumbres

Pero Ribas también ha ascendido a las cumbres de la banca: es miembro del directorio del Banco del Pichincha, aunque desde hace mucho tiempo no va a las sesiones ya que, “como no oigo ni veo bien, no me llaman. Lo que tengo que decir es que conmigo Fidel Egas se ha portado siempre estupendamente. Y por eso, a través de Crisfé, terminamos el refugio del Cayambe”.

Cree que en el montañismo entra en juego la voluntad de vencer, al mismo tiempo que es una escuela para la forma­ción del carácter. Hay que aguantar todo: el frío, el hambre. Se establece una her­mandad, porque uno tiene que ayudar al compañero. Recuerda Ribas que en el Ca­rihuairazo cayó en una grieta y quedó col­gando en el vacío. Marco Cruz le gritaba desde arriba “no tenga miedo, padre, va a salir, chorréese, chorréese”. Y allí todos tratando de sacarle, hasta que lo lograron. Sobre sus experiencias escribió un libro: Por los caminos del sol y del viento.

Claro que cuando él llegó al Ecua­dor no había los implementos que hay ahora. Ascendían al buen tuntún, como podían, cocinaban con leña, los piolets los traía un señor Esparza; las botas (muy pesadas pero herméticas: no per­mitían que el agua entrara) las hacía un señor Beltrán, que tenía su almacén al lado de la Policía, en la calle Cuenca.

El cine es otra de sus ascensiones. Existía el teatro en el colegio San Gabriel y con un préstamo de cinco mil dólares que Ribas recibió de Estados Unidos compró el equipo de cine y comenzaron a proyectar películas para el público en general. Escogían las mejores películas, preferentemente las clásicas, y la gente iba cada vez más. La última cinta que proyectaron fue La misión. En la orga­nización colaboraban alumnos, como voluntarios, y al final del año Ribas les llevaba de paseo por el país.

Cambios

Toma bien los cambios que ha expe­rimentado la Iglesia, aunque piensa que faltan todavía algunos, que el problema del celibato sacerdotal es serio, más que para los que son parte de una comuni­dad, para esos sacerdotes jóvenes que están en un pueblo, sin familia. Cree que la Iglesia con el tiempo permitirá que ciertos sacerdotes se casen y así la Iglesia se libraría de un problema que nació por razones económicas en el si­glo V. Cita los versos que el Arcipreste de Hita escribió en el siglo XIV: “Dicen que de Roma ha llegado/ orden de no tener mujer/ caso difícil será/ el poder obedecer”. Sacerdotes casados ha ha­bido y hay y no pasa nada, dice: en la Iglesia oriental católica hay sacerdotes casados. En Filadelfia, Ribas iba a veces a decir misa en una parroquia donde el párroco, que era de origen ruso, vivía con su mujer y sus hijos, y la comuni­dad lo aceptaba tan tranquila.

En cambio, ve difícil la incorpora­ción de las mujeres al sacerdocio, porque aquello no está dentro de la tradición.

Considera al control de la natalidad como un problema ético muy difícil. “Lo que dijo Paulo VI es que el control de la natalidad va a traer mucha in­moralidad al mundo. Y, mirando para atrás, es verdad”.

Sobre la pedofilia, cita a un autor norteamericano que escribió un libro en el que dice que hay muchísima más pedofilia en las familias, que con los sa­cerdotes. “No sé. Son estadísticas y las estadísticas no siempre son reales”.

Entonces le pregunto si ha tenido crisis de fe. Y dice que ha tenido ten­taciones contra la fe sí, pero no crisis. “Sin embargo, a las tentaciones las he vencido”.

Tal vez a los 93 años le entre la tenta­ción de subir al Altar. Ojalá no pueda vencerla.


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