¿Quién es la esposa del presidente?

Por Soraya Constante.

Fotografía: Edu León.

Edición 435 – agosto 2018.

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Poco después de que Lenín Moreno asumiera la presidencia, en mayo de 2017, su esposa, Rocío González, hizo su primera aparición pública. Durante el Día del Niño acudió a la maternidad Luz Elena Arismen­dy, en Quito, con un vestido de color coral que la hizo resaltar por encima de los blan­cos y pasteles de esa casa de salud. Repar­tió sonrisas y apretones de manos entre las mujeres que acababan de dar a luz, y entre varios regalos incluyó un muñeco de trapo llamado Ñum, que ella diseñó cuando su esposo fue vicepresidente, que lleva un gran corazón rojo pintado en el pecho y una eti­queta con un mensaje: “Soy abrazo, soy soli­daridad, soy amor, soy respeto”.

En la biografía oficial que publica Ca­rondelet la describen como esposa, madre y abuela. “Es la esposa del Presidente electo de la República del Ecuador, Lenín More­no Garcés, con quien se casó hace 42 años y tienen tres hijas: Irina, Cristina y Carina. Son abuelos de trillizos”, se lee en el primer párrafo. En los otros cuatro se resume la vida de Rocío de Moreno: el emprendimiento editorial junto a su esposo, la promoción del turismo junto a su esposo, el acompa­ñamiento a la misión Manuela Espejo que impulsó su esposo desde la vicepresidencia y su actual encargo de presidir el Comité In­terinstitucional del Plan Toda una Vida, una de las promesas de campaña de su esposo, que busca proteger a los ecuatorianos desde la concepción hasta sus últimos años. Pero de ella, de Rocío González, se dice poco.

Rocío nació hace casi 65 años en Lata­cunga como la primogénita de un hogar for­mado por un coronel de Policía y una mujer con habilidades para la costura. Cuando piensa en su niñez, se traslada a esa ciudad y recuerda el río Cutuchi, treparse a los ár­boles, los sánduches que comía en el parque. Para sus parientes que todavía viven allí es la “Ñaña Rocío”, la prima mayor, la que un día, con apenas doce años, salvó la vida de unos primos menores al jalar el freno de mano del Volkswagen de un tío, quien sufrió un ata­que cuando conducía rumbo al Puyo.

Uno de sus primos más cercanos, Héctor González Jara, se convirtió en gobernador de la provincia de Cotopaxi tras trabajar en la campaña de Lenín Moreno. Este floricultor reconvertido en político es el único pariente que no espera una autorización de la presi­dencia para hablar de la primera dama. Su cercanía con la pareja presidencial viene de hace más de 40 años, cuando él vivía en Qui­to en casa de Rocío y sus padres, en la calle Cuero y Caicedo. La recuerda “jodida y exi­gente”, y cuenta que el sueño de su prima era “tener una buena familia”.

Ese sueño se empezó a cumplir cuando se casó con Lenín Moreno, el 4 octubre de 1974, día de san Francisco de Asís. Las tres hijas de la pareja, sin embargo, tardaron en llegar. La prioridad durante los primeros años de matrimonio fue reunir dinero para comprarse algo propio donde vivir. Por aquel entonces Rocío tenía un puesto de responsabilidad en el banco holandés ABN Amro, y Lenín probaba suerte con la venta de juguetes y productos para adelgazar.

Esa habilidad para vender lo llevó a co­mercializar productos editoriales para el sec­tor industrial y comercial del país, y así nació su compañía: OMC Publigerencia Andina. El mayor acierto de esta compañía es una revista anual que promociona el país, la Guía de Oro. Rocío se unió a la empresa de su es­poso cuando el proyecto ya daba empleo a algunas personas. “En vista de que el negocio seguía creciendo, decidieron unir esfuerzos para complementarse y ella se especializó en todos esos trabajos editoriales, siendo el turismo un punto muy importante que le ha gustado mucho y desde el que ha decidido apoyar al país en todo sentido”, cuenta Gui­sella González, hermana de Rocío.

Por esa época ya habían nacido las tres pequeñas de la familia y necesitaban a una persona de confianza que se ocupara de ellas. La elegida fue Rita Almeida, que en­tonces tenía doce años, oriunda de El Car­men (Manabí). La joven se convirtió en una más de la familia y, tras el disparo que recibió Lenín durante un asalto, pasó a ocuparse de su cuidado. Así llegó a trabajar en la vi­cepresidencia, como parte del personal de servicio, y viajó a Ginebra cuando su jefe fue nombrado enviado especial de la ONU para las discapacidades: ahora Rita vive en esa ciudad, allí se enamoró y decidió quedarse. Vía telefónica habla de su admiración por la primera dama. “Me saco el sombrero por la señora Rocío. Siempre estuvo dedicada a su familia, a sus hijas. Al señor Lenín lo adora, y el jefe es de bastante cuidado”, dice, y recuer­da algo más: “Me hizo hacer la primera co­munión ya grande, de quince años, me hizo un vestido y me compró un pastel”.

Rocío González ocupa la misma oficina que tenía Vinicio Alvarado en Carondelet, a solo dos puertas del despacho presidencial, y aquí atiende mi entrevista junto a cuatro asistentes que no la dejan salirse del guion. Parte de él son las 325 000 viviendas que se ofrecieron en campaña.

—¿Es alcanzable construir todas esas casas?

—Pienso que, si todos ponemos de par­te, no podemos decir que no, porque nadie puede empezar un trabajo poniéndose que no va a poder hacerlo. Eso sería ir al fracaso. Nosotros estamos convencidos de que lo va­mos a poder hacer.

Un plano del barrio Huarcay, en el sur de Quito, está pegado en un pizarrón de su oficina. Este proyecto contempla más de 600 casas y de aquí saldrá la normativa para el resto de barrios que se hagan. De momen­to —dice Rocío— hay 70 barrios en cons­trucción, con un total de 20 000 casas que se entregan a cuentagotas. Parte de esto se ve en las redes sociales de Rocío González (en Facebook tiene 22 000 seguidores) y también en la cadena semanal El Gobierno Informa. La visibilidad que recibe Rocío González debido a estas dádivas es muy alta, y ya se desliza el rumor de que podría capitalizarla a su favor.

—¿Se ve en política más adelante?

—No, jamás. Escríbalo dos veces. Hay gente que piensa que yo estoy trabajando para eso y me ven como una posible rival. Mi trabajo siempre va a ser social, pero no en la política, candidata a nada.

Su familia también es parte de la conver­sación, del guion. Habla de sus hijas, una en Barcelona, otra en Nueva York, la madre de los trillizos en Guayaquil, y de su octogena­ria madre que desde hace seis años vive con ella. Parece que para la pareja presidencial tener una buena familia es garantía de que podrán conducir el país, y no es una idea peregrina. Andrés Michelena, secretario de Comunicación del Gobierno y amigo cerca­no al matrimonio, lo confirma. “Si tienes un buen hogar, podrás hacer un buen vecinda­rio, una buena ciudad, una buena provincia y un buen país. Puede sonar soñador, pero puede cambiar al mundo”, dice.

El peso que tiene Rocío en Carondelet es indudable. Lenín la menciona en casi todos sus discursos. En el Informe a la Nación, que dio en mayo pasado, fue más allá y la puso a su mismo nivel: “Hace un año Rocío y yo asumimos la difícil y hermosa tarea de presi­dir la gran familia ecuatoriana”, dijo.

—¿El presidente le consulta cosas? ¿Us­ted le aconseja?

—Más que consultarme, conversamos. Y sí, sí le aconsejo. Ese feeling que tenemos las mujeres, ese sexto sentido, a veces pienso que sí funciona. Más que nada le converso, yo le digo “esto me he enterado”, “esto me dicen”, para que tenga más elementos de jui­cio. Yo no puedo imponer nada a nadie, sino conversar, proponer.

Rocío ha tenido vocación de servicio desde siempre. Sus conocidos coinciden en señalar que golpeaba las puertas que hicie­ran falta para organizar agasajos navideños en fundaciones y orfelinatos, y que en esta tarea involucró a toda su familia. “Es una mujer muy inclinada a ayudar a los más des­poseídos. Brinda oportunidades en especial todos los esfuerzos”, cuenta Katy Avilés, de la Fundación Jonathan, que cada día consigue alimentar a decenas de personas de escasos recursos en Quito.

Durante la vicepresidencia de Lenín, aunque no tenía un cargo específico, puso en el mapa de las ayudas estatales a las orga­nizaciones que ella conocía. Alex Camacho, secretario de la vicepresidencia en esa época, pone el ejemplo de la Fundación Juvilus, en Ibarra, que acoge niños con VIH que han sido abandonados o que han quedado huér­fanos. “Ella me contó, en términos muy hu­manos, el gran esfuerzo que hacía un padre que ella conocía y nos llevó a conocer el sitio. Esto hizo que incluyamos a los niños con VIH como beneficiarios del Bono Joaquín Gallegos Lara”, recuerda.

Esa dedicación a los temas sociales iba acompañada de exigencias al equipo de tra­bajo de la vicepresidencia. Irina Cabezas, exsecretaria técnica del plan Toda Una Vida y antigua colaboradora de Rocío, asegura que con ella “las cosas se hacen”. La primera dama es muy dada a hablar de los logros que tuvo su esposo en esa etapa y, sin darse cuen­ta, lo hace en plural.

—En la vicepresidencia de Lenín traba­jamos muchísimo lo social, que es el tema en el que me siento más comprometida. Lo hizo tan bien que es un referente mundial. Para mí es importante retomarlo porque es un trabajo que hicimos con mucho amor.

Rocío está comprometida a continuar trabajando por los grupos vulnerables, especialmente por los niños, las personas con discapacidad y los adultos mayores, liderando el trabajo de las brigadas Las Manuelas.

Rocío está comprometida a continuar trabajando por los grupos vulnerables, especialmente por los niños, las personas con discapacidad y los adultos mayores, liderando el trabajo de las brigadas Las Manuelas.

Pero no habla de proyectos fallidos como el Circo Social, que pretendía dar una alternativa de vida a jóvenes en riesgo de ex­clusión. La iniciativa, que debía ver la luz en 2013, le costó al Estado más de cuatro millo­nes de dólares, pero ninguna carpa fue mon­tada, como observó la Contraloría. Moreno, en plena campaña electoral, dijo que pensa­ba resucitar este proyecto y aseguró que todo fue culpa de la empresa (Fabrec) que debía fabricar las carpas de lona y que estaban en el proceso de recuperar el dinero. Pero lo cierto es que en ninguna de las misiones o planes sociales que ahora lidera Rocío se tiene pre­visto volver los ojos a él.

El segundo tema que domina la esposa del presidente, después de la labor social, es el turismo, ya que sigue supervisando la pu­blicación de la Guía de Oro, que lleva veinte años llegando a los hoteles del país. Se siente cómoda hablando del potencial de su país, de Cuenca, que es su destino favorito, de su devoción por las artesanías ecuatorianas…

—Todos los días me pongo una prenda hecha por una artesana o artesano ecuatoria­no. Puede ser la cartera, una joyita, pero to­dos los días. Si todas las mujeres ecuatorianas usáramos una prenda artesanal a diario, ima­gínese cómo impulsaríamos esa actividad.

Mientras la primera dama vende el país, su equipo hace que te fijes en los chocolates finos de aroma que tiene para el visitante, en los sombreros de paja toquilla que son parte de la decoración de la oficina, en una autén­tica macana cuencana que cuelga de un per­chero… Y te entregan el último ejemplar de la Guía de Oro, más de 250 páginas llenas de publicidad e información.

Rocío González dice que la editorial tiene un nuevo nombre, Jumandi, aunque la Superintendencia de Compañías no la registra. Lo que sí es cierto es que ella sus­pendió su número de contribuyente y puso un cerrojo temporal a la Fundación Eventa, que inició con sus hijas para trabajar temas de discapacidad.

La noche del 3 de enero de 1998 Lenín Moreno recibió el disparo que destrozó parte de su columna y le impidió volver a caminar. Hoy, la primera dama recoge ese momento como una lección.

—El accidente de mi esposo fue un gran revés y luego vino el feriado bancario y la dolarización. Fue durísimo, pero son etapas que pasan en la vida personal y en la vida de un país, que tiene sus alzas y sus bajas; por eso siempre digo unas veces estamos arriba, y otras abajo.

Rocío siguió trabajando, sacando ade­lante la empresa familiar que luego publicó los libros de humor que escribió Lenín y que fueron básicos en su recuperación. “Para Ro­cío solo existe un camino, el de continuar y salir adelante”, afirma su antigua colaborado­ra Irina Cabezas.

La familia tuvo que vender la casa que tenía en El Bosque y se mudó a un depar­tamento más cómodo para su nueva situa­ción. Llegaron entonces a la planta baja del edificio Las Cumbres, en el mismo sector. Todo lo que vivieron en esa temporada hizo que voltearan los ojos hacia las personas con discapacidad.

—Si la discapacidad es dura con recur­sos, imagínese cómo será sin ellos, todo eso nos hizo reflexionar mucho más todavía como familia.

Con el mismo ímpetu con que antes se metieron al mundo del turismo, entraron al mundo de las discapacidades y esa fue la antesala de la política. Lenín era el di­rector nacional de Discapacidades cuando sus amigos de la universidad empezaron a crear el movimiento PAIS (Patria altiva y soberana) en 2006, y uno de ellos dio su nombre cuando buscaban la pareja electo­ral de Rafael Correa. La fórmula, como se sabe, funcionó.

La primera dama ahora vive en la resi­dencia presidencial de Carondelet con su esposo y su madre (su padre murió hace die­ciocho años). Tiene a su disposición una pis­cina, sauna, terrazas para parrilladas y hasta un gimnasio, pero no cuenta con mucho tiempo libre. Extraña cosas simples como pasear en el centro de la ciudad, jugar al tenis o ir al cine con su marido, y lamenta no estar al día con la literatura: uno de sus libros de cabecera es El vendedor más grande del mun­do de Og Mandino. Aunque revisa hasta el último detalle los periódicos.

Algo que ha levantado suspicacias en el último tiempo es el costo de su guardarropa, pero ella hace frente a las críticas diciendo que tiene prendas de hace veinte y treinta años porque no ha cambiado de talla. Eso sí, tiene dos modistas que la ayudan con los nuevos modelos, pero su nombre es el secre­to mejor guardado: antes de ellas era su ma­dre quien le hacía esos arreglos. Y el placer que sí se permite en estos días es una masa­jista —cuyo nombre también lo mantiene en reserva—.

Es inevitable que extrañe a sus hijas. La mayor vive en Nueva York y la última en Bar­celona. La que está más cerca es la segunda, Cristina, la madre de los trillizos. Ella vive en Guayaquil y, coincidencia o no, buena parte de la agenda presidencial cierra los viernes en esa ciudad, donde la pareja presidencial suele pasar varios fines de semana.

Cuando llegó la propuesta de la candi­datura a la presidencia, la pareja llevaba ya tres años viviendo en Ginebra, alejados de la política, y ni Rocío ni sus hijas querían que su padre volviera.

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—La reacción como familia fue “no”, porque nosotros ya trabajamos en esto y creo que debían ir otras personas, pero insis­tían en que él era la persona que podía reunir a la gente.

Rocío confiesa que le asaltaron temores sobre cómo sería el desempeño de su espo­so y si tendría éxito. Estaba también su labor empresarial, que tendría que parar nueva­mente, pero él insistió y ella tuvo que ceder.

—Mi esposo me dijo que le habían pe­dido y que no podía hacerse a un lado o quedarse cómodo en su espacio. No me con­venció del todo, pero ya: cuando él decide yo estoy para apoyarle, porque siempre nos he­mos apoyado en todo; entonces, entramos.

De vuelta en el Ecuador, lo primero fue quitarse el estigma de que Moreno había pe­dido la asignación de 1,6 millones anuales para cubrir sus gastos de oficina, sueldo, via­jes y viáticos. En la campaña electoral, Lenín Moreno restó importancia al asunto y dijo que cada mes se gastaba en todo un prome­dio de 33 mil dólares. De todas maneras, la Contraloría señaló que no estaba obligado a hacer una declaración de los fondos porque se registraban como una donación a orga­nismos multilaterales, y eran remitidos a la cuenta bancaria de la Misión Permanente de la ONU en Ginebra y de ahí trasladados a la cuenta designada por el enviado especial.

Pronto todos olvidaron el escándalo y para la segunda vuelta Rocío irrumpió de lleno en la campaña con un ejército de muje­res llamadas Las Manuelas, en honor a la misión Manuela Espejo, que localizó a todas las personas con discapacidad en el país. Con zapatos llanos, jeans y camiseta, fue a revivir en las zonas rurales el espíritu de la misión y a decir a los votantes que Lenín Moreno y ella querían presidir la gran familia ecuato­riana.


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