Carta del director.

 

Pajarito-2Edición 448 – septiembre 2019.

Uno de los escritores ecuatorianos de mayor prestigio y solidez en estos últimos años —como ensayista, novelista y periodista— es, sin duda alguna, Leonardo Valencia, con quien Pablo Cuvi conversa en este número. De padre cuencano y madre italiana, Leonardo creció en Guayaquil, ciudad en la que se sintió extranjero. Eso lo llevó a formularse una pregunta sobre el mundo al que pertenecía, lo que a su vez le creó problemas de identidad. Como lector voraz, siempre sintió que su vocación era la literatura, aunque terminó estudiando Derecho, carrera en la que obtuvo su licenciatura. Se vinculó al periodismo y luego trabajó en publicidad. Si bien visitaba con cierta regularidad a su familia materna en Roma, fue a vivir en Lima, donde se disciplinó como escritor. Viajó a Barcelona para hacer un doctorado en Literatura y fue allí donde se vinculó con el magisterio. En la entrevista, este “novelista nómada” reconoce que nunca ha participado en política porque lo suyo ha sido, es y será escribir, sea cual fuere el lugar del mundo en el que esté.

Es que a veces el ser humano nace con una vocación. Otras, la encuentra en el camino. Este segundo caso es el de Martha Díaz, cuya vida nos cuenta Miguel Molina Díaz en su crónica “Así llegó la lepra a la memoria”. En efecto, Martha dedicó su vida a trabajar en el leprocomio Verde Cruz, de Quito, cuando la lepra todavía era una enfermedad estigmatizada, como lo fue a lo largo de muchos siglos en todo el mundo y se la consideraba un castigo por “comportamientos impuros”. Enfermos a los que ella ayudó mantenían ese sentimiento de culpa. Poco a poco, a raíz de que Hansen descubriera que el mal era producido por una bacteria, la actitud hacia el leproso fue cambiando y la medicina experimentó avances sustanciales. En la crónica se ve cómo Martha y varios médicos leprólogos cumplieron una misión heroica en una época en que la lepra aún despertaba pavor.

Un mal que no se transmite por un virus, pero causa estragos mucho más devastadores es el del tráfico de drogas. En su artículo “La mafia italiana en Canadá”, Jaime Porras narra la injerencia del comercio de estupefacientes en esa sociedad. En efecto, la mafia italiana ha ido ampliando sus tentáculos en ese país desde el primer tercio del siglo XX, cuando en Estados Unidos se estableció la ley seca y los traficantes encontraron en Canadá el sitio perfecto para sus negocios de juego, bebida y prostitución. Se formaron familias, surgieron padrinos y se sucedieron matanzas para marcar territorio. Ahora, la mafia italiana en el Canadá mantiene lazos también con carteles mexicanos, como en tantos otros lugares del planeta.

Un planeta en convulsión en el que el terrorismo ha sentado sus reales, como nos recuerda Jorge Ortiz en su análisis de la política internacional. Lejos quedaron los días en que el líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, se despedía de tres de sus hijos, que partían “a la primera línea de combate” para luchar contra Occidente y sus valores, en noviembre de 2001. Dos meses antes Al Qaeda había golpeado en el corazón occidental con sus ataques en Nueva York y Washington, y se aprestaba a emprender la guerra del fin del mundo. Pero hoy Al Qaeda está sin líder: Hamza, el hijo predilecto y sucesor designado por Osama, murió este año. Con eso, ¿llegó el fin del terrorismo islámico o esa muerte será solo una baja más en el combate, que traerá retaliaciones, venganzas y más atentados?

Sin embargo, amigo lector, este mundo convulso encuentra también remansos de solidaridad, creatividad y paz, algunos de los cuales presentamos también en este número.

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