Carta del director.

Mundo Diners. Marzo 2017.

Del Colegio Americano, Jaime Breilh pasó a la Universidad Central, donde como estudiante de Medicina, centró su interés en mejorar la salud de la población considerada colectivamente, tal como afirma en la entrevista que en este número le hace Pablo Cuvi. Luchador con pensamiento de izquierda, se especializó en Medicina Social en México; luego fue a Londres para estudiar Epidemiología y, a su regreso al Ecuador, fundó el Centro de Estudios de Asesoría en Salud. Si bien califica como maravillosos los adelantos de la medicina, cree que las grandes transformaciones en el campo de la salud deben dirigirse hacia la agroindustria y a la minería, pues allí es donde se genera masivamente el cáncer y las intoxicaciones, con sus secuelas de destrucción de los ecosistemas, pérdida de biodiversidad y calentamiento climático. Investigador, maestro, sensible ante el arte por herencia familiar, humanista, como actual rector de la Universidad Andina, anhela que su período transcurra en paz, sin que cada día el Gobierno le monte “una ofensiva injusta, proterva, ilegal e inconstitucional”.

Una paz que no buscan, en cambio, “los cuatro del micrófono irreverente”, como los califica Galo Vallejos en su crónica a quienes, desde la estación FM Fútbol, polemizan, provocan, cantan, ríen y hacen un humor “no siempre políticamente correcto”, que les ha llevado a ser sancionados por doce ocasiones por la Superintendencia de Comunicación y a pagar 40 mil dólares en multas. El equipo, liderado por Miguel Baldeón, lo integran Aurelio Dávila, Enrique Vivanco y Gerónimo Meneses. Irreverentes compulsivos, han logrado que su programa tenga enorme popularidad, no exenta de permanente controversia. Uno de ellos se declaró a su tiempo barman (por su afición al alcohol) y otro droguin (por el gusto a automedicarse y sus experiencias con otras sustancias). Y así siguen, desafiando cada día, burlándose de todo lo burlable y acudiendo casi desnudos ante las autoridades para demostrarles que no tienen plata para seguir pagando más multas.

Ese ritmo frenético de voces y sanciones se transforma en paz, silencio, paisaje y niebla en el interior del volcán Pululahua, hacia donde nos conduce en su artículo David Romero. El Pululahua es uno de los dos volcanes habitados que existen en el mundo: el otro está en Japón. Ubicado a veintisiete kilómetros de Quito, dentro de ese cráter deformado hay casas, animales, cultivos agrícolas pero, sobre todo, hay un paisaje sobrecogedor. Potencialmente activo, su última erupción ocurrió hace 2 200 años y desde entonces se formó una enorme planicie con varios domos dispersos y una riquísima biodiversidad. Pero la gran sorpresa está en el ambiente: de pronto el horizonte luminoso queda totalmente cubierto por la niebla, lo cual convierte al ámbito en algo misterioso, indescifrable, mágico, que ha logrado subyugar a algún escritor que ha ambientado allí su novela y ha hecho allí su refugio pétreo.

La niebla del Pululahua se despeja de pronto para dejarnos ver la historia y, dentro de ella, la manera en que los ecuatorianos anteriormente estábamos mucho más cohesionados entre nosotros, según analiza Fernando Hidalgo en su artículo “Un gran divorcio cultural en el Ecuador”. La convivencia entre los blanco-mestizos y los indígenas no solo era cotidiana en el sistema hacendario, sino también dentro de las ciudades, hasta el extremo que buena parte de la población hablaba dos idiomas: español y kichwa. Todo ello, claro, hasta que, a comienzos del siglo XX, las élites se volvieron más cosmopolitas y se incrustaron, mirando hacia Europa, en la modernidad.

Así pues, si este número trae silencios, también trae la vocinglería que acompaña nuestra vida cotidiana, amigo lector.

 

 

 

 

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