Carta del director.

 

Pajarito-2Edición 447 – agosto 2019.

Como se revela en la entrevista, el general (r) Oswaldo Domínguez es hombre de valores acendrados, firmes convicciones y sólidos principios. A su inteligencia y preparación une un carácter amable y una vocación de servicio que, a lo largo de su vida, han permanecido incólumes. Si bien el fútbol fue su más temprana vocación y su pasión por este deporte lo llevó a jugarlo profesionalmente, ha dedicado al ejercicio castrense la mayor parte de su vida y, dentro de ella, ha sido el aire su destino como piloto de aviones, primero, y de helicópteros, luego. Como soldado pundonoroso, formado en la disciplina y en el amor a la patria, vio con angustia cómo durante el lapso de la llamada revolución ciudadana se intentó destruir a la Fuerzas Armadas despojándolas no solo de sus valores fundacionales, sino también de recursos económicos. Cree, sin embargo, que la institución está volviendo a encontrar su rumbo, en un proceso que, seguramente, será largo y tortuoso.

Como largo y tortuoso ha sido el tránsito que a los privados de libertad les tiene sometidos un sistema perverso, que hace tabla rasa de los derechos humanos y los coloca en el terreno del abuso, la miseria y la abyección, tal como cuenta Diego Cazar en su crónica “Familias tras las rejas”. Si con la clausura del centenario penal García Moreno se pensó que el sistema carcelario iba a cambiar con la construcción de cárceles modernas, la práctica ha demostrado que, además de las deficiencias en su concepción y edificación, la mentalidad sancionadora sigue obedeciendo a cánones obsoletos y a actitudes represoras, basadas en la más oprobiosa corrupción, todo lo cual hace que, como antes, como siempre, los centros de rehabilitación sean, en lugar de eso, escuelas para el crimen y lugares siniestros donde reinan la violencia, el hacinamiento y el horror.

Así reina el horror en la vida de aquellas mujeres que por algún ajuste de cuentas, odios, venganzas, han sido víctimas de ataques con ácido, como relata Kristel Freire en su artículo “Las mujeres sin rostro”. “Cuando te echan ácido en la cara piensas que es agua, luego no ves nada y te empieza a arder todo, la piel empieza a salirse y todo es horrible, todo duele”, dice una de las víctimas. Deformadas, parecería que su vida hubiera acabado. Sin embargo, en algunos países se han creado fundaciones para que quienes han sido víctimas de esos inimaginables ataques puedan reintegrarse a la sociedad, consigan un trabajo y logren rehacer su vida. Una vida, eso sí, marcada por la maldad, la aberración, la locura.

Una de tantas locuras que la sociedad puede ayudar a paliar es la que está ocurriendo en Cataluña con los jóvenes inmigrantes africanos que, solos, sin documentación, casi desnudos, hambrientos y con toda su tragedia en las espaldas, encuentran a quienes los acogen voluntariamente para acompañarlos en su proceso de integración, según relata Gabriela Paz y Miño en su artículo “Vidas que cambian vidas”. Poco a poco, con actitudes así, se van borrando el rechazo, los múltiples prejuicios raciales y culturales, y la vida de los desprotegidos adolescentes africanos comienza a tomar un nuevo rumbo. Alguien se les acerca, alguien les extiende la mano o los abraza, alguien les devuelve su identidad perdida, alguien les ofrece un nuevo destino.

Hay pues en este número, amigo lector, más de una lección que nos acerca al amor, entre tanta ira y tanta desesperanza.

 

 

 

 

 

 

 

 

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