Carta del director.

 

Pajarito-2Edición 445 – junio 2019.

El actual rector de la Universidad Internacional, Gustavo Vega, es polifacético, según se revela en la entrevista que en este número le hace Pablo Cuvi. Cuencano de nacimiento, se inició tempranamente como músico, guiado por su madre. De su padre, en cambio, heredó la pasión por la medicina, que derivó en la psiquiatría. Sus ansias de saber lo condujeron también hacia la filosofía y la pedagogía. Joven aún, fue a Canadá donde hizo su tesis de Psiquiatría, a la par que concluyó una maestría en Música. A su regreso, ocupó el rectorado en la Universidad de Cuenca e hizo una maestría en Antropología. Luego dirigió Amnistía Internacional, fue consultor de la Organización Mundial de la Salud, asambleísta en la Constituyente de 1997, negociador en el proceso de paz con Perú, embajador en México, concejal de Cuenca, presidente del Consejo de Educación Superior y presidente del Consejo Nacional Electoral. Y, como si todo ello fuera poco, es autor de varios libros sobre los muchos temas que domina.

Como Gustavo Vega, hay ciudadanos que han aportado para que el país cambie y supere sus taras ancestrales. Uno de ellos es Fernando Naranjo, quien, después de diecinueve años de ejercicio, dejó la prefectura de Tungurahua, como relata Gonzalo Ortiz en su crónica. Su labor comenzó con la formación de un Frente Cívico en el que, mediante talleres comunitarios, se establecieron las obras prioritarias. Se crearon asambleas parroquiales en las que se fijaron tres objetivos: agua para uso humano y agrícola, preocupación por el ser humano y su calidad de vida y creación de fuentes de trabajo. Con un sistema de gobierno participativo, se vio que las necesidades de la provincia radicaban en promover talleres artesanales. Las vías se trazaron por decisión de la gente y esa posibilidad de movilización integró la zona rural a la urbana y fomentó que el agricultor se quedara en el campo. “Si la gente establece objetivos a pesar de las distintas ideologías, se puede avanzar”, dice Naranjo. Y esa es la verdad. Como es verdad también los muchos aportes de diversos ciudadanos que han quedado en el olvido, tal como nos cuenta Fernando Hidalgo en su artículo “Pintores quiteños en las expediciones botánicas”. En efecto, a fines del siglo XVIII, muchos pintores y grabadores quiteños pusieron su arte al servicio de la ciencia. En la ímproba tarea de conocer y clasificar la flora americana llevada a efecto, entre otros, por Celestino Mutis, intervinieron quiteños que pintaron las plantas con todos sus atributos, en una labor tan exacta como bella.

Pero mientras esas obras se conservan, algunas otras cosas se fueron perdiendo en el camino, tal como ocurrió con la siembra de la uva y la producción del vino, cuya vigencia terminó ya por la presencia de las plagas, ya por la prohibición del Consejo de Indias en 1595. Aunque en el período republicano hubo otros intentos para plantar viñedos, solo desde hace pocos años la producción vitivinícola ha experimentado un auge, al punto que vinos ecuatorianos se han hecho acreedores a premios internacionales. En regiones de la Costa y de la Sierra, se aprovechan los microclimas para que las cepas crezcan sanas y, con una tecnología adecuada, el vino muestre los aromas propios de un futuro promisorio.

Así pues, amigo lector, ¡salud!: recorra este número que, como el vino, ha sido preparado con paciencia y ganas.

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