Carta del director.

 

Pajarito-2Edición 450 – noviembre 2019.

María Fernanda Ampuero es lo suficientemente conocida por los lectores de Mundo Diners, pues durante cinco años, con su estilo descarnado y particularísimo, mantuvo su polémica columna “Cuestión de Fer”, que le granjeó simpatías y también antipatías. Como escritora de tres libros, fue abriéndose paso y, durante su larga estadía en España, ganando reconocimientos y premios internacionales, que la sitúan como una autora de primer nivel. De pronto, su vida dio un viraje y ahora la encontramos en un puesto burocrático, como gerente del Plan de Promoción del Libro y la Lectura, a cuyo cargo está la organización de la Feria Internacional del Libro de Quito. Tali Santos mantiene en este número un diálogo apasionante —y apasionado— con la autora de Pelea de gallos, en el que pasa revista a su vida y a su encuentro crucial con el feminismo, mediante el cual rescató la imagen que tenía de sí misma y los valores que mantenía ocultos.

Si la producción literaria de María Fernanda nos hace sentir orgullosos, no ocurrió lo mismo en 1941, cuando se publicó El burro por dentro y los ecuatorianos se sintieron ofendidos. Más: ofendidísimos. Es un libro escrito por un norteamericano de origen austro-americano, Ludwing Bemelmans, quien había recorrido el país —de orejas a cola, más que de cabo a rabo— y hacía un retrato de su gente y sus costumbres con una mueca de desprecio y despiadada ironía. Sin embargo, un periodista ecuatoriano agradeció al autor por haber dado a conocer al Ecuador ante los lectores de todo el mundo, lo que —a su juicio— era un imán para el turismo. En efecto, para entonces Bemelmans ya era un escritor, ilustrador, dibujante, famoso, de cuya vida se ocupa en este número Gabriela Alemán en un artículo indispensable, en que rescata la memoria de quien fue, además, un maestro de la literatura infantil con un personaje inolvidable: Madeline.

Obviamente, la visión que Bemelmans tenía sobre el país y sus habitantes no fue la única. Muy variados son los comentarios de los viajeros que pisaron estas tierras a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, como lo puntualiza Fernando Hidalgo en el texto en que hace un recuento de situaciones y de nombres. “Aunque de todo hubo —dice—, lo cierto es que las opiniones que los viajeros vertieron sobre el país fueron de todo, menos bonitas”. Y, en efecto, lo más suave que nos dijeron fue indolentes, término que, al lado de otros calificativos, casi suena a piropo. En estos tiempos que corren, tan cibernéticos, tuiteros y facebookeros, ¿todavía podemos vernos reflejados en la mirada de aquellos que nos retrataron antes? Esa es —quizá— la gran pregunta que cada uno deberá responderse.

Una respuesta que bien nos puede conducir a un estado de desazón, de desconcierto, que nos conduzca a caer en las garras de uno de los grandes males de la época: la ansiedad. Y a eso va justamente el testimonio minucioso, desgarrado, que nos presenta Carla Vera en su artículo que, elaborado a base de sus propias vivencias, sirve tanto de alerta como de ayuda. “Me ha costado más de dos años aprender a convivir con la ansiedad que de vez en cuando me visita”, dice Carla. Y, poniendo por delante la paciencia y el método, lo va logrando.

Que a base de esfuerzo y tesón podemos vencer lo negativo que hay en nuestro interior —y también en nuestro exterior— tal vez sea lo que saquemos en claro de este número, amigo lector.

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