Carta del director.

 

Pajarito-2Edición 449 – octubre 2019.

Luz Elena Coloma se formó como periodista de televisión y prensa escrita aprendiendo el oficio en la práctica, según le cuenta a Pablo Cuvi en la entrevista de este número. Estudió Sociología, pero como un apoyo al periodismo, que era lo que le obsesionaba. En Estados Unidos hizo un curso de periodismo en la Universidad de Boulder. Después Roque Sevilla, cuando fue alcalde de Quito, la llamó para que se ocupara de las relaciones internacionales; desde entonces su vida giró hacia la política y sus avatares: como funcionaria, tuvo que hacer frente a la erupción del Pichincha, armar un plan de seguridad, proteger las fuentes de agua, buscar ayudas internacionales, trazar vías de evacuación… Luego fue electa concejala y ha trabajado junto a cuatro alcaldes: Moncayo, Barrera, Rodas y Yunda. Desde su visión, siempre sagaz, inteligente, aguda, tiene preocupación por Quito, ciudad que enfrenta el índice de desempleo más alto del país, una migración sin precedentes y una burocracia numerosísima, que engloba a veintidós mil personas.

Si esa es la visión desde lo público, Santiago Rosero nos relata cómo se enfrenta la vida desde el ámbito privado, en su crónica “Un panadero en el país de las tortillas”. En efecto, Diego Suárez llegó al pan luego de salir de Quito y estudiar algo de gastronomía. Viajó a Argentina donde, además, encontró novia luego de su divorcio. Fueron al sur y abrieron un restaurante, hasta que la pareja decidió viajar a México e instalarse en Guadalajara. Crearon una escuela de Gastronomía que a Diego lo llevó a hurgar en el alma de la panadería. El pan se volvió para él un reto. Creó. Experimentó. Y se propuso hacer la mejor baguette posible. Viajó a Europa y estudió en el Gremio de Panaderos de Barcelona. Regresó a Guadalajara, se endeudó, importó maquinaria, hasta que gritó ¡eureka!: había logrado la mejor baguette. Vuelve al Ecuador y comparte sus saberes con gente de comunidades pobres, en un proyecto que se llama Paneando. Y su labor leuda, crece y entra al horno del optimismo y la solidaridad.

Una solidaridad, un optimismo que está muy lejos de lo que se puede leer en la crónica “Decían que los negros no sentíamos”, de Diego Cazar, que nos conduce al territorio de la más descarnada explotación laboral. Allí está lo que ocurrió —y sigue ocurriendo— con los cosechadores de abacá, en Santo Domingo de los Tsáchilas, dentro de la empresa japonesa Furukawa Plantaciones C. A. La crónica es un retroceso hacia los tiempos de la esclavitud en la época de la modernidad. Despidos, muertes, condiciones de vida abyectas, trabajo infantil, hacinamiento. Una precariedad que ha durado tres generaciones, ante el burocratismo y la impavidez oficial.

Oscuridad. Sombras. Pero si este número se abrió con Luz, esta carta termina con luz a lo largo del artículo “Libros entre bóvedas de acero”, de Tali Santos. Un lujoso edificio que fue inaugurado en Guayaquil en 1954, como sede de una institución financiera, es hoy la Biblioteca de las Artes. Una de sus dos bóvedas es un auditorio y la otra cobija el archivo de diario El Telégrafo, desde 1886. El fondo de la biblioteca suma 42 mil ejemplares que se relacionan mayoritariamente con las artes. En los 5 229 metros cuadrados del edificio, hay también instalaciones para actividades artísticas, espacios destinados a niños, galería de arte contemporáneo.

Sí, amigo lector: luces y sombras hay en este número. Como en la vida.

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