CARTA DEL DIRECTOR

PAJARO-FEBRESCORDERO

Edición 438. Noviembre 2018.

Arquitecto, restaurador, profesor universitario y gestor cultural, Alfonso Ortiz Crespo, en la en­trevista que en este número le hace Pablo Cuvi, da una visión sobrecogedora de cómo Quito, a lo lar­go de su historia más reciente, sufrió los embates de la ambición económica, el quemeimportismo y la ignorancia, que terminaron por despersonali­zarla, a veces con premeditación y alevosía. Tanto el derrocamiento de edificaciones icónicas cuanto de barrios enteros fueron crímenes que se cometie­ron sistemáticamente, violando leyes y ordenanzas para privilegiar intereses netamente crematísticos o para satisfacer los caprichos y vanidades de quienes ejercieron el poder. Aunque el largo trayecto de Or­tiz por los campos del arte y la cultura no ha sido infructuoso, parece que sobre la ciudad prevalecen las fuerzas del mal que todo lo corroen y todo lo destruyen.

Si los crímenes urbanísticos han sido muchos, los crímenes políticos a lo largo de la historia del Ecuador no se quedan muy atrás, a decir de Enri­que Ayala Mora en un artículo que tiene como referencia el libro El poder y la muerte. Crímenes políticos en la historia ecuatoriana, 1830-1959, que Dinediciones acaba de publicar. Al asesinato a ma­chetazos de Gabriel García Moreno, se añaden el del arzobispo José Ignacio Checa y Barba o el bru­tal arrastre de Alfaro, más un largo etcétera que, en muchas ocasiones, no solo fueron producto del odio o la venganza, sino de las grandes contradic­ciones sociales. “Ningún crimen político está fuera de los conflictos y procesos de la sociedad en que se produce”, sentencia Ayala Mora.

Así como ocurre con los crímenes políticos, la sociedad tampoco debería estar fuera de ciertas enfermedades, pero está. De eso nos alerta María Cristina Bayas en su artículo “Comprender sin casti­gar”, a lo largo del cual nos sumerge en el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH), del que son víctimas algunos niños que en sus hogares y en la escuela pasan por excesivamente consenti­dos o malcriados, sin que su problema sea analiza­do desde el punto de vista psicológico. Aunque el TDAH no tiene que ver con la inteligencia (muchos pueden tener un coeficiente superior), quienes ado­lecen de este mal silencioso tienen baja autoestima y son fáciles presas del bullying, hasta el extremo de que —en su angustia— ven en la muerte la única solución para su mal.

Pero no solo las personas sino también los paí­ses viven su propio drama. El de Argentina es pa­radigmático, tal como lo analiza Jorge Ortiz en su columna de Política internacional. En efecto, Argen­tina, un país que hasta mediados del siglo anterior era el más próspero de América Latina, hoy es un típico caso de tercermundismo, con inestabilidad política, atraso económico y convulsión social. Es el país que, a pesar de contar con un territorio enorme y una población culta y creativa, toca fondo una y otra vez. Y ese fondo es cada vez más hondo. Lo reflejan sus niveles de corrupción y también sus ci­fras económicas: este año recibió un rescate finan­ciero de 57 mil millones de dólares y, sin embargo, su economía decrecerá 2,6% y su inflación será de 40,5. Es decir que, en 2018, Argentina tendrá el peor desempeño del continente, con la única ex­cepción de Venezuela.

Hay en este número, pues, amigo lector, mu­cho para informarse. Y mucho para pensar.

ÍNdice

 

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