Edición 431 – Abril 2018.

PAJARO-FEBRESCORDERO

CARTA DEL DIRECTOR

 

Sergio Ramírez, un luchador que fue pilar de la Revolución sandinista, confiesa en la entrevis­ta que en este número le hace Pablo Cuvi, que su verdadera vocación es la literaria, terreno en que, con sobra de méritos, obtuvo el año pasa­do el Premio Cervantes. Sin embargo, fueron las circunstancias las que lo llevaron a actuar hasta lograr el derrocamiento de Somoza y, luego, a ocupar las más altas dignidades del Gobierno. La revolución, empero, fue traicionada “por su ausencia de ética, por su pérdida del sentido moral, por el aparecimiento de los nuevos ricos”. Aunque no se arrepiente de haber bregado por sus ideales, Ramírez sentencia que olvidar la de­mocracia significa volver a la tiranía y reconoce que, aunque tenemos democracias imperfectas, no hay nada que las sustituya.

Si Daniel Ortega falsificó la revolución en Ni­caragua, el francés Guy Ribes falsificó obras de arte, tal como relata Orlando Torricelli en su ar­tículo “Un auténtico falsificador”. Sus obras fue­ron vendidas en varios países y rematadas en las grandes casas de subasta. Pintó más de cinco mil cuadros y uno de ellos, con la firma de Matisse, podía valorarse en treinta millones de euros. En la conversación que Ribes sostiene con el autor de la nota, describe cómo es el mercado del arte, sus trampas y oscuridades, su enorme conoci­miento de los artistas cuyos cuadros falsificó y su preparación tan larga como intensa para lograr la “autenticidad” de la pintura. Pero su época dorada concluyó, lo detuvieron, lo condenaron a tres años de prisión y acabó perdiéndolo todo.

Así también acabó la época dorada del Mu­seo Nacional, que por dos largos años ha perma­necido cerrado y cuya reapertura se anuncia para el próximo mes, según da razón Diego Cazar en su artículo “Un proyecto desbordado”, por me­dio del cual hace un recorrido histórico que parte de la época en que el Banco Central comenzó a conservar colecciones prehispánicas, mediante el invaluable trabajo de Guillermo Pérez Chiriboga y su amor por nuestro patrimonio. Le seguiría en esa tarea Hernán Crespo Toral. La época dorada del museo coincidió con el auge del petróleo, que permitió que la labor de Crespo se multipli­cara. Fue en el Gobierno de Rafael Correa cuan­do una política cultural —que no tuvo orden ni concierto— arrasó con lo existente con el pre­texto de “refundarlo” todo y cerró sus puertas.

Queda la esperanza de que el Museo Nacio­nal salga del infierno, para lo cual quizá haga fal­ta un acto de exorcismo, igual que, como cuenta Miguel Ángel Vicente de Vera en “El guerrero de las tinieblas”, hace fray Alberto Lizano con las almas. Si bien el exorcismo parecía una prácti­ca que había quedado relegada al pasado (por más que una película famosa y efectista de los años setenta nos aseguraba lo contrario), ahora nos adentramos en ese mundo misterioso que consiste en sacar al demonio del cuerpo que ha poseído, algo que practica en Quito un solo sa­cerdote de los cinco que tienen la autoridad para ejercer ese oficio en el país.

Y —como un acto de purificación— con el exorcismo nos quedamos en este número, ami­go lector: ojalá Satanás logre ser expulsado del cuerpo de esos políticos corruptos que le dan albergue.

íNDICE---431
 

 

 

 

Pin It