Carta del director.

Mundo Diners. Agosto 2017.

De sólida formación literaria, histórica y ju­rídica, Hernán Pérez Losse marca sus improntas en la columna semanal que, desde hace veinte años, mantiene en diario El Universo. En la en­trevista que en este número le hace Tali Santos, Pérez hace un recuento de la azarosa vida política del país en las últimas décadas y del alto precio que tuvieron que pagar en este decenio, tanto él como el diario, por mantener sus principios. Reflexiona sobre la necesidad de que la sociedad se mire a largo plazo y de que las instituciones se cimienten. Los políticos —dice— se acuerdan de las instituciones cuando son minoría o están en la oposición, pero cuando están en el poder arra­san con ellas. De la desistitucionalización no libra de culpa a los empresarios, que han vivido ha­ciéndose de la vista gorda. Afirma que, además de la corrupción que nos deja, Correa va a tener que responder ante los tribunales internacionales por sus violaciones a los derechos humanos.

Porque al final la historia, toda historia, ter­mina develándose aun en sus intimidades más recónditas. Una de esas facetas escondidas es la que nos muestra Juan Sebastián Martínez en su artículo “El primer piloto supersónico y sus dos costillas rotas”, cuyo protagonista es Chuck Yeaguer, un piloto de pruebas norteamericano de los años cuarenta, que estaba dispuesto a todo y al que le tentaba la posibilidad de ser el primero en romper la velocidad del sonido. Dos días antes de la hazaña, Yeaguer hizo lo que no debía: se metió en una cantina y bebió más de la cuenta, borracho se montó en un caballo y, sobre sus lomos, se estrelló contra la puerta de un establo. El resultado, dos costillas rotas, acci­dente que él ocultó hasta que se trepó al avión y logró su proeza. ¡Era un valiente!, qué duda cabe. Un auténtico macho.

Y es de los machos justamente de los que se encarga Diana Zavala en su artículo “Machete al machismo manaba”. Pero, a diferencia de Yea­guer, esos no son machos que están en el aire, sino que pisan firme en tierra manabita. Con­sulta con especialistas, cuenta, se indigna Diana en su relato. En una conversación encuentra una respuesta: en la cultura manabita la mujer es para el hombre tan suya como la tierra. De ahí al femicidio, no hay sino un paso, que Zavala documenta con largueza. En descargo, constata una tendencia para dejar atrás el machismo por­que “¡Carajo!, hay que parar esto. La violencia es nuestro pan de cada día, tan a la orden en Manabí como el plátano y la salprieta”.

Pero, si de mujeres se trata, este mes se estrena el documental Mi tía Toty, que reivin­dica la lucha de una mujer por hacer valer los principios en los que cree. En efecto, Toty Ro­dríguez no se arredró ante los prejuicios sociales que le marcaban su camino en Francia y en el Ecuador como modelo y actriz de cine, teatro y televisión. Ella fue más allá, impuso —sobre su belleza— su personalidad e integró grupos de mujeres que luchaban por otros ideales como la libertad y la democracia. Uno de sus sobrinos la filmó y en la película ella aparece tal como es, en su reminiscencia de esplendor y en una vejez solitaria, pero digna y altiva.

Y así va este número, amigo lector: de un tema a otro, de un viaje a otro, de una experien­cia a otra, como llevado por el viento de este inclemente verano.

 

 

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