Carta del director

Mundo Diners. Noviembre 2017.

Fue un economista serrano quien bautizó a César Robalino Gonzaga como Pacharaco, se­gún recuerda en la entrevista que le hace Pablo Cuvi en este número. El sobrenombre en realidad no le cuadra porque, a diferencia del pájaro cos­teño tenido por holgazán, Robalino ha sido un trabajador incansable a lo largo de los 81 años de su vida. Economista de profesión, perteneció a esa generación de “kikuyos” que elaboraron el plan económico en el Gobierno de Rodríguez Lara; en el Gobierno del triunvirato militar fue ministro de Economía y Finanzas; ministro de Recursos Naturales en el Gobierno de Roldós; de Finanzas en el de Osvaldo Hurtado y director alterno por Ecuador en el FMI; ministro de Finan­zas con Sixto Durán-Ballén; luego, vicepresidente del Banco de Guayaquil y director ejecutivo de la Asociación de Bancos Privados, por un período de once años. Y a pesar de todas esas funciones —sobre todo de todas esas tensiones— se precia de no haber fumado un solo cigarrillo en toda su vida ni sentido la necesidad de tomar siquiera una Mejoral.

Esa dedicación que Robalino puso en la economía el español Álex Grijelmo la enfocó hacia el periodismo y el buen uso de la lengua, según se desprende de la conversación que mantiene con Tali Santos. Grijelmo se confiesa apasionado. Un apasionado de la verdad y del instrumento que él ha escogido para develarla: la palabra. Esa palabra que siempre debe ser exacta porque “puedes componer un reportaje fabuloso, o una crónica, pero si hay una falta de ortografía o un error de sintaxis es como cuando una orquesta desafina”. Por eso, entre sus varias obras, escribió una que lo identifica: Defensa apasionada del idioma español.

Y si a Álex Grijelmo le apasiona escribir, y es­cribir bien, no tiene, en cambio ninguna noción de lo que es vender sus obras. Son otros quie­nes la tienen, como nos cuenta desde Argentina Daniela Mejía en su artículo “Los libros que se venden en casa”. No son libreros, pero “más que nada saben de libros, viven los libros (y por los libros) y lo hacen en sus casas o departamentos”. Quizá sintieron ganas de tener una librería, pero su bibliomanía hizo que fueran acumulando vo­lúmenes con los cuales llenaban sus estanterías personales que, de un tiempo a esta parte, pusie­ron a disposición de lectores ávidos de encontrar un tomo desaparecido, un autor casi ignorado, o géneros tan poco comerciales como los dedica­dos a la música o la poesía.

Si esas casas donde se venden libros son te­rritorios abiertos, en Internet sucede lo contra­rio, de acuerdo con lo que nos revela Marcela Ribadeneira en su artículo “Y si mucho miras al abismo…” En efecto, hay un Internet profundo, secreto, oscuro, donde aun los temas más sinies­tros, los más impensables, están al alcance del visitante: pornografía de la más abyecta, tráfico de armas, maneras de hackear y hasta instruccio­nes para derribar un avión de pasajeros. Si bien los enlaces son complicados y las direcciones electrónicas cambian para evitar que las rastreen, cuando se accede a ellas se comprueba que se ofrecen desde tarjetas de crédito clonadas hasta drogas.

Tal parecería que en este número, estimado lector, caminamos por la cuerda floja de la pa­sión, que nos puede conducir hacia las causas más altruistas o precipitarnos al abismo de las más inimaginables miserias.

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