CARTA DEL DIRECTOR

PAJARO-FEBRESCORDERO

Edición 435. Agosto 2018.

El séptimo Rafael es un libro llamado a mar­car un hito dentro del periodismo de investiga­ción en el país. Escrito con un estilo sin esguin­ces ni artificios, va, página a página, capítulo a capítulo, haciendo revelaciones que mantienen cautivo al lector. Todo allí está documentado, nada queda librado al azar, y sus autoras, Mónica Almeida y Ana Karina López, se inhiben de dar sus opiniones sobre los sucesos que relatan: de­jan que sean los hechos los que hablen para que el perfil de Rafael Correa Delgado se vaya dibu­jando con absoluta nitidez y precisión. En la sec­ción Entrevista de este número, Mónica Almeida cuenta los entretelones de esa obra, a la par que comparte sorprendentes retazos de su vida sig­nada por una pasión que no la ha abandonado y que la ha llevado —por igual— a países lejanos y a territorios cenagosos sembrados de peligros y amenazas: el periodismo.

Después de diez años del Gobierno de Rafael Correa, en que su esposa fue una fi­gura extraña, prácticamente inexistente, con el nuevo Gobierno la esposa de Lenín Moreno ha cobrado importancia. Además de su exposi­ción en las apariciones públicas, sin embargo, poco es lo que sabe de Rocío González y mu­cho lo que desentraña Soraya Constante en su artículo “¿Quién es la esposa del presidente?” Nacida en Latacunga hace 65 años, es recor­dada por uno de sus primos como una mujer que desde niña fue “jodida y exigente”. Aun­que confiesa que no tiene ninguna aspiración política, está siempre cerca de su esposo, con quien conversa prevalida de “ese sexto sentido que tenemos las mujeres”. Su vocación por lo social es algo inherente a su personalidad, y la fuerza y tesón que la acompañan hicieron posible que su esposo superara el durísimo trance que atravesó luego de que una bala le destrozara la columna vertebral. Madre de tres hijas y abuela de trillizos, cree que “si la familia funciona bien, la sociedad funciona bien”.

Pero una sociedad es algo más complejo, como lo demuestra Daniela Mejía en su artícu­lo “Argentina también es negra”. En efecto, los negros estuvieron invisibilizados por décadas en un país que quería blanquearse bajo los cáno­nes europeos, tanto que, en tiempos cercanos, el expresidente Saúl Menem expresó que “en Argentina no hay negros, ese es un problema de Brasil”. A pesar del ocultamiento, los negros crearon sus propios códigos, su propia cultura, que hoy, luchas mediante, están siendo rescata­dos. Tal rescate es más significativo en esta hora en que los negros llegan desde países lejanos en pos de su supervivencia y son no solo estigmati­zados, sino también perseguidos.

Esa lucha por hacer que la sociedad dirija su mirada allá, hacia donde no quiere, fue la que impulsó a la Iglesia latinoamericana a proclamar su opción preferencial por los pobres, teniendo como punto de partida la Conferencia del Epis­copado Latinoamericano en Medellín, tal como nos lo recuerda Gonzalo Ortiz en su artículo. La opción por los pobres —dice Ortiz— no se que­dó en palabras sino que se tradujo en acciones a través de las cuales muchos miembros de la je­rarquía eclesiástica dieron su testimonio de com­promiso con los marginados, y algunos incluso ofrendaron su vida.

Que los vientos de este agosto, querido lec­tor, hagan que este número ponga a volar sus ideas, como las cometas, hacia el infinito.

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