Carta del director.

 

Pajarito-2Edición 453 – febrero 2020.

Carlos Icaza tenía catorce años cuando vio una película de Federico Fellini que le cambió la vida, según cuenta en la entrevista que en este número le hace Tali Santos. De familia de tenistas, él saltó la red y se volvió un lector voraz. Y un cinéfilo perdido, claro. De su Guayaquil natal  hizo un travelling hacia Nueva York, donde un tío suyo era actor. Allí conoció a personajes míticos del mundo cinematográfico y terminó haciendo periodismo. A su regreso se vinculó con Ecuavisa, donde comenzó a desarrollar algo que hasta el momento era impensable: las series. Ha continuado en el periodismo, como director de La Revista de diario El Universo y, además, en el teatro, como
presidente del Estudio Paulsen, que promueve el método Meisner. Pero, con todo lo mucho que ha hecho, lo que cuenta es la pasión que pone en aquello que emprende, esa ilusión contagiosa con que encara cada riesgo, esa manera de jugarse entero, como si cada reto fuera el match point de su apasionante aventura vital.

Si Carlos, que salió de una élite social, no quiso ser el tenista que el destino le tenía marcado, hay otros que buscan hacerse un lugar allí donde parece que no hay sitio para los aniñados: el fútbol. Son hijos de empresarios o de banqueros que tuercen su rumbo y se ponen a correr tras la
pelota, como cuenta Galo Vallejos en su crónica. Kaká creció en medio de comodidades; Pirlo venía de una familia dueña de una fábrica metalúrgica; Piqué es hijo de un empresario y abogado y una médica; Lloris, hijo de un banquero. Difícil para ellos entrar en un deporte en que la mayoría proviene de clases populares. En nuestro medio Juan Carlos Burbano tuvo que vencer la resistencia de los afroecuatorianos que eran mayoría en El Nacional. Y ni qué hablar de Leonardo Campana, hijo de un empresario y de la heredera de una de las más grandes fortunas del país y que está “inmerso en un mundo en el cual los jugadores pijos no suelen tener demasiada suerte”.

Esa suerte que a veces es necesaria para triunfar y otras simplemente para sobrevivir. A los veinticinco años de la guerra del Cenepa, el coronel Cristóbal Espinosa pasa revista a los acontecimientos que vivió en Tiwinza y los relata en este número a Pablo Campaña, en una crónica estremecedora de miedo, valor y muerte, que nos sitúa en el horror de una guerra en que el ruido de las bombas, los misiles, las balas, ensordece. Y en medio de ese fragor de un fuego que no discrimina entre seres humanos, animales y naturaleza, de esos destellos ígneos que
enceguecen, se interpone el silencio. Un silencio tan tenso que desconcierta y que anuncia que —sin saber por qué— ha llegado la paz. Una paz que trae en la alta noche, para los soldados que sobrevivieron —después de días, meses, años— el persistente recuerdo de cadáveres, compañeros heridos, mutilados, y hace que despierten en medio de gritos, acosados por pesadillas y traumas que no cesan.

Como no cesan los problemas en el mundo: después de dos décadas de vitalidad y expansión, en que se consolidaba como la fuerza de equilibrio entre el Oriente y el Occidente, Europa es, al empezar 2020, una fortaleza asediada: con el brexit, Gran Bretaña pasó de socia a rival, el presidente Trump debilita día tras día su alianza histórica, la ultraderecha y el nacionalismo avanzan arrolladoramente, su
tecnología está muy rezagada frente a los desarrollos de Estados Unidos y China y, en fin, la Rusia de Vladímir Putin está lanzada a carcomer los cimientos de la democracia liberal.

Así y todo, amigo lector, en este número también encontrará motivos para la esperanza.

 

 

 

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