Carta del director

José Juncosa vino desde Argentina al Ecuador en los años ochenta del siglo pasado como misionero salesiano y llegó al Oriente, donde los shuar, según le cuenta a Pablo Cuvi en la entrevista de este número. En su nuevo destino captó la idiosincrasia de los shuar, sus costumbres, y aprendió su idioma. Con otro salesiano, Juan Botasso, fundó la editorial Abya-Yala y también el Instituto de Antropología. Juncosa dejó la congregación salesiana y se casó con una experta en salud pública, con quien tiene tres hijos. Filósofo, teólogo, antropólogo, escritor, fue también vicerrector de la Universidad Salesiana. De todas sus muchas experiencias ha llegado a una conclusión: civilizar es imponer patrones a otros pueblos. Educar, en cambio, es actuar en función de las virtualidades que el otro tiene.
Mientras hay personas que, igual que Juncosa, luchan por entender la vida y sortear las más crueles  adversidades para mejorarla, hay otras que buscan la muerte como solución final a sus problemas. Los dramas económicos, familiares, la rutina de una cotidianidad vacía y sin sentido, las frustraciones, les tientan a dar el gran paso hacia lo ignoto. Y ese gran paso, en el caso de Quito, tiene un lugar y un nombre: el puente del río Chiche, como nos cuenta Xavier Gómez Muñoz en su reportaje. Parecería que la causa primordial de los suicidios durante la pandemia es la falta de trabajo, que genera un insoportable estado de pobreza, aunque hay otros factores gravitantes que desencadenan el hastío, la desesperanza y, con ello, la decisión de saltar al vacío.
Menos radical pero igualmente trágica es la suerte que corren durante esta pandemia los niños de los países más atrasados, según el artículo “Un año sin escuela” de Sandra Yépez. En efecto, según las Naciones Unidas, en el mundo el 43 % de los estudiantes no tienen acceso a Internet. La pobreza impide que la educación a distancia dé frutos. La voz de una madre brasileña quizás recoja la de muchas otras que enfrentan similares circunstancias: “Yo misma le dije a la profesora: ‘repruebe a mi hija, ella no sabe nada’, pero la profesora igual la aprobó”. Y el drama sigue, porque 370 millones de niños en el mundo se vieron afectados por la pérdida de servicios de salud y nutrición que eran ofrecidos por las escuelas. La miseria en sus hogares, el maltrato y la violencia sexual hacen que los niños padezcan una lenta agonía, cuyas consecuencias son trágicamente impredecibles.
A pesar de este panorama de condiciones siniestras, hay quienes, como Viviana Rodríguez, asumen la vida con pletórico optimismo y cantan, según relata Elisa Sicouret en su artículo “Una voz que abre caminos”. Con una sólida formación musical, Viviana corrió riesgos y en 2016 creó en Guayaquil, junto con su esposo, la compañía Napoli, para promover la ópera en el puerto y se impuso como meta estrenar una obra cada año. Como soprano, cantar es su vida. Y cantar con todo el cuerpo. Y así, jugándose entera por el arte, está convencida de que la música puede cambiar al mundo porque conmueve al ser humano y lo transforma.

MundoDiners

Abril 2021

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