Carta del director.

 

Pajarito-2Edición 455 – abril 2020.

Desde la pobreza de Cacha, una comunidad del Chimborazo, la voz de Mariela Condo se ha proyectado por el mundo, según revela en la entrevista que en este número le hace Juan Fernando Andrade. Su vida está firmemente afincada en sus raíces, en las voces campesinas, en los cantos de sus abuelos, de su madre, que ella ha guardado como herencia y ha hecho que se personalicen a través de su canto. Salió del páramo y comenzó a volar: estudió en el Conservatorio, en la Universidad San Francisco, viajó por América y Europa llevada por su inquebrantable inquietud y una búsqueda constante, sin concesiones ni condescendencias. Su autenticidad ha ido de la mano con su inconformismo que le ha hecho tropezar. Y levantarse. Dudar y sacudirse. Culta, inteligente, Mariela Condo se ve reflejada aquí desde su temperamento, desde sus luchas, desde sus recuerdos, sus amores y sus sueños.

Mientras Mariela Condo ha hecho de su voz un instrumento, Valeria Quintana ha convertido al cuerpo en su modo de expresión, según nos cuenta Elisa Sicouret en el perfil que traza de esta guayaquileña de veintisiete años, de los cuales veintiuno ha dedicado al baile. Cuando niña fue a una academia de danza y allí sintió el llamado del arte, que se transmutó en pasión. Gracias a una beca llegó a Italia, donde se graduó como bailarina profesional. Ganó premios y concursos internacionales, pero no se conformó con ellos: lo suyo era el perfeccionamiento, el reto de ver —mediante el trabajo y el esfuerzo, de pies sangrantes, esguinces y torceduras— cómo podía ser cada vez mejor. Estuvo en Francia, donde integró la Opéra National du Rhin. Pasó al Ballet Nacional de Finlandia, con el cual tiene un contrato permanente. Su preparación no cesa, pues es consciente que en la danza “el cuerpo es una máquina que debe funcionar con la precisión de un reloj suizo”.

Para Joshua Salazar, Roger Romero y Carlos Obando, en cambio, lo que debe funcionar con la precisión de un reloj suizo es la tecnología, según
da razón Ángela Meléndez en su artículo “Ciencia made in Ecuador que brilla en el mundo”. Joshue tiene apenas veintidós años, es estudiante de Física y busca democratizar el conocimiento en las comunidades rurales logrando que no se necesite una conexión a Internet para que la gente acceda a la información. Roger Romero se preocupa por la malnutrición, para lo cual busca producir ácidos grasos (omega específicamente) a gran escala y bajo costo para mejorar la salud de la población más vulnerable. Carlos Obando creó la aplicación SpeakLiz, una poderosa herramienta de inteligencia artificial que beneficia a las personas con discapacidad auditiva, y otra llamada Vision, para personas con discapacidad visual. Los tres son ecuatorianos, jóvenes, y recibieron el reconocimiento de la revista tecnológica del MIT, de entre más de dos mil candidatos.

Saber eso es una alegría que explota. Pero Iván Ulchur relata en su artículo que hay algo más que está explotando en Quito: la stand-up comedy, para la cual no se necesita más que un micrófono y un escenario. Y, podría añadirse, alguien que se pare al frente y lance con humor —o sin él— un texto que haga reír o provoque rabia, reflexión, o le precipite a la fosa del ridículo. Lo cierto es que este nuevo género no solo cuenta con algunos locales, sino con monologuistas que van ganando una audiencia creciente. A unos les parece un modo de expresión válido por lo espontáneo y fresco. A otros, repudiable por su crudeza, su vulgaridad, su carencia de preparación dramática, su falta de poética y hasta su racismo. Pero, habiendo sido calificado como “el reguetón del teatro”, está vivo.

Que este número, amigo lector, le sirva de amigable compañía en los largos días de incertidumbre y aislamiento que estamos viviendo.

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