Carta del director

Doctor en populismo llama Pablo Cuvi al sociólogo Carlos de la Torre Espinosa en la entrevista que realiza en este número a este intelectual que se caracteriza por su lúcida interpretación de la historia, siempre directo y firme en sus apreciaciones. De la Torre, académico ecuatoriano que actualmente dirige el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Florida en Gainesville, fue profesor de la Flacso y columnista. Es autor, entre otros, del libro La seducción velasquista, obra fundamental para desentrañar el tránsito de Velasco Ibarra a el Gran Ausente. A lo largo del diálogo pasa revista a la política ecuatoriana y arriba a una máxima que le surge luego de analizar la etapa del correísmo: “No hay nada más patético que los intelectuales metidos en política”. Profundiza en la situación del mundo actual y exhibe las razones por las cuales ciertos líderes, en esta primera etapa del siglo XXI, van borrando la tenue línea que separa el populismo del fascismo.

Si el siglo XXI llegó a bordo de la corrupción y el caos, el siglo XX arribó sobre las rieles de ese ferrocarril que trajo profundas transformaciones a la sociedad pero que, a pesar de ello, no logró que Quito despertara de su somnolencia, hasta el punto de ser calificada como “la capital mundial del aburrimiento”. En ese ambiente —nos cuenta Fernando Hidalgo— surgió un grupo de poetas que buscó sacudir a la sociedad aletargada, retándola mediante su apego a “lo exótico, lo equívoco y morboso, lo falso y lo anormal”, hasta que algunos de ellos dieron el paso que los llevó del éter y la morfina al suicidio. La posta de esa “generación decapitada” la tomaron los jóvenes de una clase media emergente, que pasaron a formar el enjambre de los chullas quiteños. Ellos hicieron del humor, de la burla y el desparpajo un arma de protesta contra el tedio para imponer nuevas reglas sociales, nuevas costumbres, e instaurar cantinas y lupanares aptos para la tertulia y la diversión.

Si en el siglo pasado los chullas dieron un nuevo rostro a la sociedad, la covid-19 también lo ha hecho en el presente, según testifica Gabriela Paz y Miño en su artículo “Coronavirus, ¿qué contarán los niños?”. De la pandemia saldrán muchos niños que vivieron una experiencia que bien puede ser calificada de aterradora, por el enseñoramiento del miedo, la angustia y el dolor. El encierro no solo les creó incertidumbres y les planteó preguntas que no encuentran respuesta, sino también —en muchos casos— sembró en su espíritu amargura, laceró su ánimo con experiencias de violencia doméstica y abuso, que se traducen en depresión, inestabilidad, ansiedad, huellas que, pasada la crisis, la sociedad tendrá que remediar.

para vencer la adversidad —cualquier adversidad— existe una pócima mágica: la valentía. Así nos lo demuestra Abril Altamirano en su crónica “Sam”. En efecto, Samanta Caicedo tenía un destino promisorio como pintora, fotógrafa, teatrera, guionista y actriz de cine (fue protagonista de películas que dejaron huella), hasta que un accidente cerebrovascular dejó paralizado la mitad de su cuerpo. Aunque parecía que iba a estar confinada a una silla de ruedas durante el resto de su vida, su tenacidad, su valentía, le permitieron volver a caminar. Hoy puede hablar, aunque sin fluidez, y ha recuperado su pasión por la pintura.
Tiene ganas de vivir, de crear, de enamorarse. Y así, amigo lector, dejamos en sus manos este número envuelto en el velo de lo incierto pero, al mismo tiempo, con cierto evanescente aroma de esperanza.

MundoDiners
Julio 2020