Chagall: ¡Vuela, amor mío, vuela!

Por: María Fernanda Ampuero

Fotos:  Cortesía Museo Real de Bellas Artes, Bruselas.

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1. No.

Ya no.

Ya no estás enamorada cuando, caminando por las calles de Bruselas, ves en un cartel la imagen de un hombre sonriente, con los pies a punto de elevarse del suelo, tocando la palma de la mano de una mujer que vuela y lo mira, serena, desde arriba y todo es verde y rosado y blanco y transmite esa energía limpia que hace flotar a las parejas felices que no se sienten ridículas, qué se van a sentir ridículas, y eso es algo que tú hace tiempo no experimentas.

Sabes que ese hombre que mira con ojos algo desorbitados por la alegría es Marc Chagall, el loco que ama; que la señora voladora es Bella, su mujer, y que muy pronto verás 200 de sus obras donde la felicidad de quererse —el desafío a la gravedad— es la protagonista. Porque eso es lo que sabes: que él es el pintor del amor.

Entonces, mientras caminas por Bruselas, ciudad tan bonita, tú ya no amas, pero, ay, sí que amaste y vibras al ver el cartel de la exposición que se lleva a cabo en el Museo Real de Bellas Artes de Bélgica. Eso es la emoción. Tus pies se separan un poquito, muy poquitito del suelo y sonríes: así te pintaría Chagall.

 

2. Podría no ser importante decir el nombre del pueblecito donde nació, en 1887, Marc Chagall (o Moishe Segal o Movsha Jatskélevich Shagálov), pero lo es: Vitebsk, Bielorrusia, es un símbolo poderosísimo de su obra, es decir, la infancia, lo perdido, los tiempos mejores, la nostalgia, el ensueño: como, por ejemplo, en La aldea y yo, 1911.

También está en sus escritos. En Mi vida, Chagall habla de su primer amor, su pueblo: “No digo nada del cielo, de las estrellas de mi infancia.

Son mis estrellas, mis dulces estrellas; me acompañan al colegio y me esperan en la calle hasta que vuelva. Pobres, perdonadme. ¡Os he dejado solas a una altura tan vertiginosa!

¡Mi ciudad triste y alegre!”

Podríamos, también, pasar por encima del hecho de que Movsha, el niño que contemplaba su ciudad, fuera judío, pero no podemos porque este hombre que pintaba a su amada y a él mismo surcando los cielos junto a ramos de flores gigantescos y seres mágicos, coloridos, y caballos y chanchos siendo felices y escenas circenses y un mundo donde a todos nos apetecería vivir para siempre, estaba en Francia cuando los nazis la ocuparon en la Segunda Guerra Mundial y tuvo que exiliarse en Estados Unidos en 1941 para que no se lo llevaran a un campo de concentración, a las cámaras de gas, a todo eso que sabemos que es de un gris tan profundo, tan desprovisto de vida, que no tiene nada, nada, nada que ver con nuestro Chagall.

 

3. Pero no nos adelantemos. Aún estamos frente a un incendiariamente vivo joven de veinte años que se ha mudado a San Petersburgo a estudiar en la Escuela de Arte, donde se presenta así:

—Me llamo Marc, tengo espíritu sensible y nada de dinero, pero dicen que tengo talento.

Lo tiene. Destaca, aprende y sorprende. Pinta Desnudo rojo levantado (1909) y todos se maravillan. Su nombre se dice en las reuniones, los apelativos que pasan de voz en voz como de liana en liana son “brillante”, “salvaje”, así que lo acoge el reputado maestro Leon Vaxst, de quien aprende composición, y empieza a ser verdaderamente él y a soñar con París.

Es joven, ya conocen su nombre en Rusia y, además, dios mío, ¿quién no querría ir a Montparnasse? Todo el mundo está ahí y todo el mundo está haciendo algo increíble: ruptura, vanguardia, futurismo, modernidad, ultraísmo, surrealismo, cubismo, dadaísmo.

Allá va nuestro Chagall, se instala en La Colmena y se hace amigo de artistas como Blaise Cendrars, Guillaume Apollinaire, Fernand Leger, Robert Delanuay, Ossip Zadkine, y pinta algunos de sus primeros clásicos, como El poeta Mazin, (1912), un cuadro de sutiles metáforas sobre el alcoholismo y al alma atormentada del artista: una botella, una taza en la que no hay café, un color morado muy parecido al del vino que va extendiéndose, derramándose por el cuadro incluso al libro que el poeta lee —o no lee—, una sensación de movimiento, ¿de mareo? Lo mismo pasa con El cuarto amarillo, donde Chagall empieza magistralmente a borrar las fronteras de realidad e imaginación —o delírium trémens— añadiendo a la habitación una vaca, una mesa que se tambalea, una mujer con la cabeza al revés, pero con una sonrisa, con el brazo como sosteniéndosela, una puerta abierta a una ciudad color vino.

¿Es que alguien ha pintado mejor lo que es estar bebido?

 

4. En 1914 Chagall regresa a Vitebsk, después de tres años de delirio artístico porque quiere casarse con su prometida, Bella Rosenfeld, a quien había conocido en 1909. Te conmueves, sí, porque ya no amas, pero amaste, al pensar que ninguna de las preciosas parisinas pudo quedarse con el corazón del pintor, la fidelidad a ese amor único.

En el verano de 1915, Marc y Bella se casan y la luna de miel inspira un cuadro cuya reproducción tuviste que comprar y poner en la pared porque cómo no si es la felicidad convertida en paz convertida en belleza.

El poeta reclinado es el cuadro que pintó en una casita de campo donde pasó con Bella el viaje de novios. El cielo es lila, hay pinos, un caballo y un chancho en enorme tranquilidad. Todo parece estar donde tiene que estar, incluso el hombre, un hombre que se ha quedado dormido con los brazos sobre el pecho. Todos los colores resultan armoniosos. El hombre está solo, pero no está solo. El amor rodea todo, está en el cielo, en los pinos, en los animales, en el campo sobre el que se ha dormido.

Sientes unas ganas inmensas de sentirte así, aunque sea una vez más en tu vida.

Junto a este cuadro, está Cumpleaños, que es, ¿qué decir?, la ligereza de cuando todo en tu vida palpita cuando el amor fluye por tus venas en lugar de sangre o de bilis o de antidepresivos o inercia o de cualquier otra cosa.

“Abría la ventana y junto con Bella entraban en mi cuadro azul de cielo, amor y flores. Vestida toda de blanco o de negro aparece desde hace ya tiempo en mis cuadros, como guía de mi arte”, recordará ya viejo.

Él flota, desafía la gravedad, se contorsiona en el aire para besarla mientras ella va a poner unas flores en un jarrón. La habitación es alegre, roja, con telas estampadas —las emociones, en Chagall, también tapizan.

Él viste de verde y vuela.

¿Tú hace cuánto que no te vistes de verde y vuelas?

 

5. Digamos que todo va bien con los Chagall. En 1916 nace Ida, la hija, que se vuelve, junto con Bella, su amada modelo. La fama crece. Además, Marc se vuelve activo políticamente y participa en la Revolución rusa de 1917, luego se mudan a Moscú y finalmente, harto de la burocracia, a Francia en 1923.

Es en este año cuando la nostalgia por su pueblo se apodera de él y Vitebsk empieza a aparecer, pequeñito, disfrazado, enorme, simbólico, en varios de sus cuadros. No solo eso, el artista se empieza a ver a sí mismo como la figura mítica de El judío errante, ese personaje del imaginario que, según el mito, negó un poco de agua a Jesús sediento, por lo que Dios lo condenó a errar hasta la segunda venida de Cristo. Es, dicen, una metáfora de la diáspora judía.

Chagall pinta a un hombre que carga una bolsa, sus pertenencias, y que camina como alejándose de un pueblo —con su iglesia ortodoxa, o sea, Vitebsk— que está detrás. Un hombre exiliado que es él mismo. Aparece por ahí, flotando, una pequeña cabra que posiblemente simbolice su gente, su familia, su tradición, y que será un motivo repetido en su obra.

Chagall se vuelve un hombre que añora, y añorar, lo sabemos todos, también es amar.

De aquí en adelante, la tradición judía será importantísima en la obra del artista: el gallo —el que se sacrifica por toda la comunidad—, el rabino resguardando la Torá, la lámpara que ilumina el camino, el color verde que simboliza la esperanza. Todo esto antes de que pase lo que pasó.

O sea, el horror.

 

6. Es macabro: a este enamorado de la vida, buscador de paz y de belleza, a este amante volador, le tocó vivir la Segunda Guerra Mundial. Seguramente aterrorizado, herido, gris, trabaja Pareja al anochecer, un cuadro que tardará mucho en terminar y que representa la pérdida del color, de la alegría, incluso del amor. Los amantes, ahora máscaras, miran al espectador con miedo, su mundo ha sido destruido. Un gallo sostiene a una niñita —¿muerta, moribunda?— en brazos, la gente huye en trineos grises, una farola con piernas también se va. El guante negro y La caída del ángel también representan ese clima apocalíptico, de fin del mundo.

Con la ocupación nazi en Francia, la situación para los judíos se volvió intolerable, se escuchaban cosas, cosas espantosas, así que el periodista estadounidense Varian Fry, famoso por haber ayudado a escapar de Europa a unos cuatro mil miembros de la Resistencia y judíos como Hanna Arendt, André Breton, Marcel Duchamp, Max Ernst, entre otros, se ocupó de que Marc Chagall y su familia salieran con vida de Francia. En 1941 llegaron a Estados Unidos, el exilio, la imposibilidad de volver.

Y el dolor, que mata más que la muerte. En 1944 muere Bella de un virus.

Aquí haces un silencio. Un silencio muy largo, espeso, ciego, que es el silencio que hay en el Museo Real de Bellas Artes de Bélgica cuando el público, que ha pasado de una sala a otra, escucha la dulce voz de la audioguía decir que Bella ha muerto. Que han escapado de los nazis, sí, pero Bella ha muerto.

La esvástica, el terror, la angustia, el disparo, la caída, el grito, todo eso alcanza a Marc Chagall a diez mil kilómetros de distancia del nazismo, en una casita ideal cerca del lago Cranberry, Nueva York, ahí donde los bosques nevados le recordaban Vitebsk. Bella enferma y muere en 36 horas sin que nadie pudiera hacer nada por ella.

Chagall no puede seguir viviendo ahí, Judío Errante, retorna con su hija Ida a la ciudad de Nueva York devastado, como muerto por dentro. Son años de soledad y tristeza. Su obra cambia, y a ti, espectador, te va cambiando también. Los animales que eran mansos y compañeros, la cabra que tocaba el violín, todos ellos se vuelven amenazantes, desproporcionados. Chagall lo ha perdido todo, está descabezado, ya no vuela. Bella aparece una y otra vez como un fantasma inasible, lejanísimo.

Delante de Amantes en la hoguera (1951) con todo ese mundo al revés, el ave gigante, la cabra roja con sonrisa maligna y con los amantes atados sin poder tocarse ni besarse y esa balsa en la que huye la gente, solo puedes sentir que todo se ha acabado. Antes has visto amantes voladores, flores, el tapiz de un verde imposible de la tierra, el cielo color lila, y ahora, en cambio, ves algo bastante parecido al infierno.

De una sala a otra, de una vida a otra, de un día a otro.

Marc Chagall sin Bella.

Ese mismo hombre del que dijo Picasso: “Cuando Chagall pinta, no se sabe si mientras tanto duerme o sueña. Debe tener un ángel en algún lugar de su cabeza”.

El ángel ahora es un demonio.

 

7. Las salas de la retrospectiva de Chagall, supones, son las metáforas de las etapas de la vida de todo el mundo. De repente, serenidad. En 1952, el artista se casa con Vava Brodsky. Aunque Bella sigue siendo su musa, su ángel de la guarda, el ser que flota literalmente sobre su ciudad, Vava le devuelve la paz.

Por entonces, Chagall dice: “Odio que mueran las flores, por eso, las pinto sobre el lienzo”.

Y vaya si las pinta, ramos gigantescos, otra vez colores y luz, como en Pareja sobre Saint Paul. El triunfo de la vida sobre la muerte.

El último cuadro de la exposición, El arcoíris, es una especie de resumen, de collage de una existencia, la de Chagall: el árbol de la vida, París, los amantes, la luna, el caballo sonriente, su pueblo, una mujer que vuela sobre todo eso, el rojo, el amarillo, el púrpura, el hombre que se toca el corazón y, por fin, pese a todo, sonríe.

El hombre que se toca el corazón parece responder a lo que le dijo su amigo André Malraux: “Deseo que esto le haga soñar”.

Yo también deseo que esto les haga soñar.


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