El amor apesta (pero no lo bastante)

Por Ana Cristina Franco

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Chavela Vargas dijo que el amor es un invento de una noche de borrachera. Sería lindo pensar así, pero no, eso en las buenas épocas, hoy el amor ni siquiera es un delirio de alcohol: el amor es un fenómeno mediático. Los niños son bombardeados con imágenes de parejas felices que siempre acaban en matrimonio y, cuando crecen, buscan a su “media naranja” (porque nos hacen creer que todos somos media naranja y no naranja entera), y se casan y tienen hijos que también serán presa de San Valentín. Hollywood y musicales de Disney: maldito círculo vicioso. Sabemos que el matrimonio es el núcleo del capitalismo. La sociedad de consumo se sostiene a base de “La Familia”. La razón es simple: de a dos, la vida comercial es más lucrativa. No hay promociones de viaje para uno; la comida se pudre en la refrigeradora cuando guardamos extrañas raciones para uno. La vida adulta, es decir, la vida de consumo, es una especie de fiesta de graduación (de esas que salen en las películas gringas, en las que toman “ponche”), a la que solo puedes ir si tienes pareja. Parecería que el objetivo de la vida, después de comer, es casarse. Todos se casan: los aniñados, los viejos, los jóvenes, los hippies, los punks, los metaleros, ¡los gays!, ¡los gays se casan! La homosexualidad es una acción/opción naturalmente subversiva y hermosa, precisamente natural porque desafía a la familia y al capitalismo. El matrimonio justifica la cópula y la cópula justifica la reproducción. La homosexualidad es lo contrario: proclama el placer por placer y la relación ser humano/ser humano sin un fin utilitario. Amor puro. Por eso la sociedad está en contra, porque no concibe que dos seres humanos se amen sin un fin comercial. Por eso, aunque corra el riesgo de ser golpeada por el movimiento GLBT, creo que es un error luchar por el matrimonio y entrar al sistema. Digo nomás. Me dirán que no es tan fácil, que se trata de igualdad de derechos, pero yo creo que pueden igualarse de otra manera: no deberían aprobar el matrimonio gay, sino prohibir el hetero. Como dirían el doctor Albuja o la doctora Polo, hoy en día nadie da un centavo por la palabra amor. Es decir, todos se casan, pero el amor de verdad, el que mató al joven Werther, el que inventó Chavela en noches de alcohol, el que hizo vender el alma al diablo a Fausto y desgarró a Dorian Gray, es un mito, un “defecto romántico”. En la era del desecho, creer en algo así sería cursi, emo, demodé. Sin embargo, todos tienen novio y novia, y agarran a su pareja como si fuera una comadre, del brazo, trenzándolo como si se fuera a escapar. Además, les encanta salir en parejas, compitiendo en silencio por saber qué pareja es la más exitosa; cuál es el macho alfa, cuál la “mujer ideal”, quién recoge mejor los platos, calienta primero el agua o levanta con más agilidad la mesa. Lo sé porque lo he vivido. Porque tampoco soy tan dura. Yo también he salido de la mano sin querer dar la mano y hasta me han llevado (y he llevado) a reuniones familiares en calidad de florero para ver si combino con las cortinas de mi futura suegra. Y no he combinado. Y ahora lo agradezco. Porque no quisiera poner en Facebook: “Gordo, te amo, eres lo mejor que me pasó en la vida”, y adjuntar una foto del señor (que, en efecto, engordó un montón apenas se bajó del altar) al lado de un contundente plato de comida que yo misma he aprendido a preparar en YouTube. No gracias. Todavía no cumplo 30 años y no quiero para mí tanta hipocresía. Decía Zizek que el ateo de hoy reza en secreto. Y es verdad. Aunque creo firmemente que el matrimonio es nocivo para la salud de todos los involucrados, confieso que he fantaseado con un vestido blanco, con una luna de miel en crucero por las Bahamas y con un hogar casi perfecto. A veces hasta me han dado ganas de hacerle firmar a algún chico para que asegure que no me dejará. Pensándolo bien, eso de querer casarse más que patético es triste. El intento de sellar un pacto de amor para siempre es inocente. Como decían los Ilegales (citados ya dos veces en este texto): “Para siempre es demasiado tiempo”. Y en el fondo todos sabemos que, así como la muerte llega para quedarse, el amor cualquier día se va para no volver. Sin previo aviso. Sin razón. Sin lógica. Y eso es lo que no queremos aceptar. Eso es lo que nos aterra.


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