La excuelita

Por Huilo Ruales

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1

Dos canchas de básquet y una de índor, más los contornos para carreras, los baños y el kiosco de las golosinas, ocupaban el patio de cemento. Allí se formaba los lunes el alumnado completo para cantar el himno mientras el Robafocos izaba la bandera y para escuchar las recomendaciones del hermano director. Con seis grados de escuela con sus paralelos más el kínder llenaban el enorme patio, no se diga en las fiestas patronales, en las navidades, en el día del maestro que el plantel parecía multiplicarse. Por lo general, en esas ocasiones festivas los corredores que circundaban el patio y la baranda del segundo piso casi reventaban con tanto padre y madre de familia, y por los altoparlantes que había en cada esquina de la escuela se oía música marcial o coros de niños cantando en otro idioma.

Pero ese día era martes o jueves y el recreo de las diez, que era el más largo, venía de terminar y los alumnos secándose el sudor con sus camisas o con las manos integraban sus rangos respectivos antes de encaminarse hacia las aulas. Fue entonces cuando sonó el pito del sargento Chávez, profesor de educación física y casi el policía de la escuela. Enseguida se oyó por los altoparlantes la voz aguda del hermano Emilio, ordenando que el alumnado se forme en el patio.

 

2

Con cinturón de cuero ancho y por el lado de la hebilla lo azotaron. Primero, se encargó su propio padre y, segundo, el sargento Chávez. El Portilla, solo en el planeta, con la cara aplastada en una mejilla sobre la banca en que le tenían estirado y atado, y con su ojo de loco, estupefacto, miraba como una alucinación el alumnado entero sumido en el pasmo. Ni siquiera se parpadeaba y dentro de la garganta todos teníamos una bola negra. Cada azote cortaba como cuchillo el silencio. Chas, en el culo del Loco, chas. El sargento ponía tanta fuerza que en cada chasquido se le iba una queja como de tenista en competencia, chas, y la queja, chas, y la queja. En ese entonces yo era de los más pequeños así es que estaba delante, a diez pasos del pupitre donde castigaban al Loco. Por eso yo le podía ver la cara y su ojo hiperabierto por el que fluía espanto y rabia. Con cada correazo la boca se le abría y el ceño se le fruncía, pero no soltaba un solo gemido. Sería por eso que casi echando espuma de rabia y de esfuerzo, y chorreando sudor, el sargento, seguía azotándolo. Solamente se paró cuando las vetas en la piel empezaron a sangrar y el hermano director con un gesto de la mano ordenó el fin del castigo. El sargento obedeció pero al parecer no estaba contento y, por eso, se acercó al hermano Efrén para darle el cinturón a fin de que él, en tanto injuriado, también lo azotara. Pero el hermano Efrén —pálido, viejísimo como nunca y moviendo el cuello como los pollos— rechazó la invitación.

 

3

El asunto había empezado porque el hermano Efrén era bueno, dadivoso y le encantaba que se aprendiera a tocar el acordeón. Te daba galletas y manzanas para suavizarte y después te colocaba el acordeón que era enorme como una ventana y te llegaba a las rodillas y pesaba como un baúl lleno de piedras. Claro que el hermano Efrén te ayudaba a colocártelo, a desplegarlo, a cerrarlo. Las manos le hervían cuando las colocaba encima de tus manos para enseñarte a tocar las teclas. Todo iba bien hasta ahí, hasta cuando sentías su aliento a gato muerto en la oreja. Mi, esto es mi, esto es fa, esto re, re, re, decía con voz temblorosa, presionando tus dedos en las teclas y frotándose detrás tuyo. Con esa metodología creó la estudiantina de acordeonistas y violinistas y bandolinistas y guitarristas, que tanto éxito cosecharía no solamente en el colegio sino en todos los colegios de los hermanos cristianos del país entero. Incontables años había durado el auge de los niños músicos y hubiese durado más si el Portilla no difundía en papelitos y a los cuatro vientos las travesuras del hermano Efrén. Pocos días después de la cueriza, empezó la denuncia de padres y madres de los integrantes de la estudiantina, en contra del hermano Efrén, quien, pocos días más tarde había amanecido en su cuarto colgado de una viga.
En cuanto al Portilla, se hundiría para siempre jamás amén.


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