Las flores del Mal

Por Huilo Ruales

 

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– 1 –

Estoy en un avión de dos pisos, arrumado entre más de 500 personas. Aunque a momentos siento que estoy en una atosigada sala de espera de un hospital de guerra colgado en el cielo. Las azafatas parecen ángeles recogiendo plumas o enfermeras atendiendo moribundos. A mi diestra tengo una mujer española que, si no fuera por su nariz de Cyrano, se la confundiría con Isabel Pantoja, la de los años ochenta, la flamante viuda de torero muerto en la arena, tragedia que la volvió radiante y quebró su voz de manera deliciosa. Junto a ella, en el lado de la escotilla, está un conocido locutor quiteño. Tiene la voz vacuna que en su oficio —hablo de mi país— suele ser el solo requisito para conducir hasta la vida espiritual de los radioescuchas. Apenas el avión se adormita en las mullidas nubes, empieza el galanteo a la dama española a partir de bromas de viejo verde y autoelogios descarados. ¿Y usted, cómo así viaja a París?, me espeta de forma sorpresiva, más bien como si con esa pregunta estuviera espantando un mosco de un manotazo. Nunca, bajo ninguna circunstancia, permito que durante un viaje aéreo intercontinental alguien trate de instaurar conmigo un diálogo. No se diga aquel espécimen avasallador. Así es que cierro los ojos y me dedico a resoplar en tono de moribundo. Por ventura, se desata un sinfín de exageradas turbulencias que hacen chirriar el ensamblaje del gigantesco avión, con lo cual el locutor, de manera bochornosa, termina encogido de cuerpo y de voz hasta llegar al Charles de Gaulle.

– 2 –

Después de una sobredosis de manicomio patrio, nada más saludable que la paz francesa. Una paz con verdor, aire relativamente impoluto, cotidianidad apacible, café con terraza para la tertulia vespertina, aunque fuera con uno mismo, mediass escritos y audiovisuales destinados al crecimiento mental, espiritual y cultural, bibliotecas de barrio como si fueran propias y otras vastas y sagradas como templos, librerías pródigas y humanas, arte a raudales, delicias empezando por su majestad el vino, bocacalles que encaminan directamente a la paz que es dejar de ser el uno para ser el otro, el sin memoria y sin mapa. En ningún sitio la tristeza se parece tanto a un cisne solitario en un lago vespertino. En suma, todo perfecto para domeñar un personaje nervioso y disoluto que requiere, urgente, zambullirse en el trabajo solitario de la escritura.

– 3 –

Este otoñal mes de noviembre sabe a taciturna primavera. La ciudad diurna y sobre todo nocturna respira vida y sacia su sed en eventos culturales, gastronomía del mundo, bares legendarios, salas de concierto, plazas históricas. París es París y en su cumbre epifánica se hallaba el viernes 13 de noviembre, hasta un minuto antes de las nueve de la noche. Media hora más tarde Francia, sumida en unánime estupor, conocía el saldo de un atentado múltiple reivindicado por el Estado Islámico: 150 muertos y 300 heridos, en su mayoría asiduos al ámbito del periodismo, la música y la cultura. París transcurrió la noche en vela y, al amanecer, como en la sórdida época de Vichy, el aire estaba cargado de ceniza.

– 4 –

Diciembre ha llegado con su frío habitual y París, enguantado y con bufanda, prosigue la vida. El aire ha recuperado su delicioso aroma a humeantes castañas. Las terrazas se llenan de clientes, al igual que las librerías y las boutiques. Quizá el miedo se ha atenuado menos en los mayores, en quienes se ha despertado en forma pasajera el gran miedo de la guerra. En los jóvenes hay más bien tristeza y el extraño vacío que suele producir la mutilación de ciertas inocencias. La falta de límites de lo abyecto en la historia humana solamente la han aprendido en textos y ficciones, pero esta vez les viene de ocurrir en carne viva. Algo así como si un niño descubriese en el ático un monstruoso secreto de familia.

Por el momento conviene escuchar con los ojos cerrados y la ventana abierta el Aleluya de Jeff Buckley. Esta canción debería ser el himno de los niños que llegan para salvar el mundo.


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