Las mujeres siempre estamos locas, sobre todo las ex.


Por Sandra Araya.

Ilustraciones: Carmen Lu Páez.

Edición 454 – marzo 2020.

En este artículo, que transita libremente entre el ensayo literario y la reflexión personal, se habla sobre la locura, la locura de ciertos personajes femeninos, ficticios y reales, que se han enfrentado alguna vez a la posibilidad de haber perdido la razón. Pero, ¿es la razón algo que se pierde o algo que se quita?

Pensemos en una situación en extremo incómoda: dos mujeres que estuvieron en tiempos distintos con el mismo hombre se encuentran sentadas, una junto a la otra, en el asiento trasero de un automóvil. A una se le da más la mordacidad y se ha bebido unas tres o cuatro cervezas, e intenta hacer conversación con la otra, sorteando, por supuesto, cualquier alusión al sujeto que ahora es ex de las dos. Pero por alguna cuestión de trabajo, por algún intercambio de pareceres, la chica mordaz demuestra su punto en una situación, mientras que la otra, más callada, discreta hasta la sospecha, asiente, le da la razón: era un relato laboral en el que no podía tratarse a su contraparte como equivocada. La chica mordaz —así la llamaremos de ahora en adelante para proteger su identidad, aunque le importe un comino la definición genérica de la dignidad— aprovecha entonces el momento, la validación de la otra y cierra su discurso con una pregunta: “Porque, después de todo, no estoy tan loca como te han dicho, ¿cierto?”. La otra sonríe con algo de tristeza, en un asentimiento sutil.

Este es solo un ejemplo. Un ejemplo entre muchos porque, ¿a qué mujer no le han dicho hoy en día que está loca? Sobre todo cuando es la mujer que ha quedado atrás en una relación, la ex. La exesposa, la exnovia, la examante, la examada (¿existe siquiera eso?). Hablamos de la que fue desechada porque está loca o que quedó loca a raíz de esa ruptura. “Loca loca loca”, como diría el coro de una canción de Chico Trujillo. La loca que viene después de la mujer. O la mujer elevada a la potencia de la locura.

Decir que una mujer está loca es lo más antiguo del mundo. Y esa construcción se ha ido afincando de tal forma que llegó un momento —y no sé si se ha ido— en que la locura o sus derivaciones estaba indefectiblemente ligada al carácter femenino. La histeria no puede demostrarse sin la imagen de una mujer, según los padres del psicoanálisis, y la palabra que da nombre a la enfermedad está directamente relacionada con nuestro órgano “conflictivo”, el útero. Pero, ¿estamos todas realmente locas y no lo sabíamos? Si lo dicen la literatura y los doctores de la mente, debe ser verdad. ¿O no?

Remontémonos, por ejemplo, a los albores de nuestra civilización occidental, a los mitos griegos, en los que aparecen unas cuantas mujeres que de pronto quedan fuera de sí. Pero antes de invocarlas con sus cabellos desmelenados y sus alaridos, habría que precisar que había un tipo de locura —en la antigua Grecia había muchas formas de nombrar a los padecimientos de la mente— que llevaba nombre de mujer: lyssa. Esta, asociada a la rabia, al furor que podía acometer a los guerreros, era una deidad temida, aunque quizá no la que se asentaba en el pecho de las mujeres trágicas. A estas, como Ío o Casandra, les sucede algo distinto, las posee un furor incontrolable. A Ío, que por deseo de Zeus se fue al campo a esperar que el dios la poseyera, la picó un mosquito, enviado por la celosa Hera, que la enloqueció y provocó que huyera a tierras extranjeras; y creo que no es necesario explicar a estas alturas de la soirée —como dirían las locas más viejas de mi familia— qué significa en nuestras sociedades que una mujer ande vagabundeando por los caminos de la vida. En cuanto a Casandra, la profetisa, se la creía loca porque engañó, de cierta forma, al dios Apolo: este le concedió el don de la adivinación si accedía a sus favores, pero como esta asintiera y luego se arrepintiera, cuando ya estaba otorgado el don, Apolo agregó un detalle: aunque ella pudiese ver el futuro, y así lo contara, nadie le creería. Casandra vio su propia muerte y la del rey Agamenón, pero nadie escuchó sus gritos de mal augurio: ¿quién iba a escuchar a una esclava loca? La locura encubre la venganza en estos dos casos, el de una diosa celosa, el de una esposa engañada. Porque, dicen por ahí, hay que cuidarse de las mujeres picadas, ¿no? Menos mal que no contaban los femicidios en la antigua Grecia, si no, la mitología sería algo distinta. La venganza de la vida, digámoslo así, no fue la muerte, sino haber hecho a estas mujeres presas de la locura, o por lo menos darles la apariencia de dementes.

¿Qué es la locura? ¿Alguien podría definirla realmente? ¿Podría alguien, aun más, asociarla indefectiblemente a un género, al femenino? La tradición literaria nos dice y nos ha machacado con la condición de locas de las mujeres. Y hay locas memorables, cómo no. De hecho, una de esas locas inolvidables fue la que inspiró este artículo, además, claro, de la chica mordaz a la que mencionábamos en un principio. Además, esta loca a la que queremos recordar se salió de una novela y empezó a transitar por otra, así de potente fue su incursión, así de luminosa.

En 1847 se publicó Jane Eyre, novela de Charlote Brontë, hoy en día considerada una de las novelas clásicas del romanticismo inglés. La historia la conocemos todos, o por lo menos quienes gustamos de esas historias que terminan en un final “feliz”: una joven huérfana, Jane, quien ha sufrido una infancia de privaciones y de maltratos, es contratada como institutriz de unos niños, sobrinos de un noble misterioso y algo huraño, el señor Rochester. Entre ambos personajes surge un entendimiento, surge el amor, luego de que el hombre se encuentre con una mujer humilde pero también orgullosa, honesta, de genio vivo, sin ganas de someterse a ninguna voluntad. Ella, a su vez, ve en él un espíritu noble debajo de la melancolía, pero ¿provocada por qué? Rochester le pide a Jane que se case con él, luego de varios encuentros y desencuentros típicamente románticos, pero el día del casamiento aparece un personaje que se identifica como el abogado de Mason, hermano de la esposa de Rochester, quien aún no ha muerto, sino que está encerrada en una de las torres del caserón, sometida —dice el hombre— para que su esposo se quede con su fortuna. Rochester no niega que su esposa siga viva, su presencia es como la de un fantasma, la de un demonio que le corta incluso el entendimiento. Según él, la mujer está encerrada porque enloqueció y ha puesto en riesgo su vida y la de él mismo. Jane se va lejos pero no puede olvidar al hombre que ama. Tiempo después regresa y se encuentra con el caserón quemado, la familia en ruinas, y Rochester ciego a raíz del incendio, un flagelo provocado por su primera esposa: la loca, la loca encerrada, que murió en el fuego.

Poco más se sabe de esta mujer. Es la reclusa. La que siempre fue loca. La que ojalá no hubiese existido. Pero que ahí está. Rochester dice que su matrimonio fue arreglado y que la mujer siempre fue una desequilibrada. ¿Cómo no creerle? Es el hombre correcto, que se ha hecho cargo de sus sobrinos huérfanos, que ha conquistado con su personalidad a la heroína de la historia. Seguro que la primera esposa estaba loca y nada más hay que decir al respecto. Pero la verdad es que sí hubo algo más que aportar a esta historia. Lo dijo la escritora Jean Rhys, de Dominica, autora anglocaribeña que creció y escribió entre dos mundos: el idioma de Inglaterra y la sensualidad del Caribe. En ese crisol Rhys dio vida al personaje de Antoinette, quien sería la joven que años después desposaría al señor Rochester, una joven con una historia, no solo la loca del castillo.

Ancho mar de los sargazos (1966) nos lleva a los orígenes de Antoinette, la tragedia familiar que parece gestarse desde siempre en un territorio donde conviven dos culturas, los franceses y otros europeos, dominantes, frente a los nativos negros que, a pesar de ser sirvientes, poseen conocimientos ligados a la tierra y que pueden hacer mucho daño. El Caribe en el que vive la pequeña Antoinette es violento, ella misma viene de una familia cruel, esclavista, y luego su madre, viuda, debe luchar por sus hijos en medio de la vegetación y la indiferencia, hasta que vuelve a casarse, pero la historia no puede tener un final feliz porque un grupo de hombres sublevados incendian la casa de la familia y en ese trance el pequeño hermano de Antoinette muere. La madre, de por sí maltratada por la vida, se vuelve loca. Y la locura va acabando con la belleza de la mujer. La degrada. La hace aborrecible para los hombres, para el resto. Así, es dejada en una casa, al cuidado de una sirvienta negra, y no reconoce siquiera a su hija, que se arrastra a sus pies buscando alguna caricia. Frente a la actitud de rechazo de su madre, Antoinette no regresa, pero defiende su memoria. ¿Quién puede decir qué dolores son los que desatan la locura?

Antoinette se casa con un joven extranjero, cuyo nombre no se menciona, y la relación entre ambos es extraña, entre lejana y sensual. Ella se entrega, si no con el candor de una europea enamorada, con una naturalidad que al hombre le resulta sospechosa: es una mujer bellísima pero inentendible para él: ¿podrá amarla algún día? Le llegan, además, rumores de la salud mental de su esposa. ¿La sensualidad es sinónimo de locura? ¿Se lleva la locura en la sangre? ¿Podría esa locura ser incluso peligrosa?

¿Es —cabe preguntarse en este punto— la escritura una especie de demencia, un signo de la locura que acomete a las mujeres? Sandra M. Gilbert y Susan Guber, estudiosas norteamericanas, reflexionaron también sobre la escritura desdoblada de las mujeres, sobre todo de las del siglo XIX, quienes incluso tuvieron que usar seudónimos para poder publicar sus obras y para que fueran acogidas, aunque fuese detrás de esas máscaras. Reflexionaron sobre todo acerca de la personalidad de Charlote Brontë, quien creó personajes masculinos, en un mundo literario masculino y que, sin embargo, mostraba una faceta nueva, una escritura “en trance” para bosquejar a sus personajes femeninos.

Jane Eyre, como personaje, muestra ese trance perpetuo y, diré más, es, para mí, la contraparte, la otra cara de la moneda que se enfrenta, de espaldas e íntimamente, con Berta, la esposa loca de Rochester. Desde niña, y a pesar de su condición de huérfana, no se dejó amilanar ni humillar jamás: se la trataba de rebelde, un animalito maligno al que había que contener. Y así enfrentó lo que encontraría en la casa de Rochester: un fantasma flotando por los pasillos, riendo a carcajadas; una risa que se reconocía por su impudicia y demencia; una risa que precedía a los conatos de incendio que terminarán en la gran tragedia de la casa. Porque Berta, quien fuera alguna vez Antoinette, intentó varias veces prender fuego al castillo. La última vez lo logró, pereció abrasada y así la loca de la casa finalmente se liberó.

Durante años he tratado de descubrir por qué me impresionó tanto ese relato, el de la loca encerrada en una torre y que luego, como manifestación de su manía, incendió el castillo. Quizá me llegó tanto porque en la época en que leí Jane Eyre vivía yo en Viña del Mar y pasaba todos los días por una casa que habían construido a usanza de un castillo que no mostraba vidrios en las ventanas, sino que los vanos de estas estaban oscurecidos por manchas de un fuego lejano. Me contaron que una chica joven que había vivido ahí había prendido fuego a su casa. Había muerto gente. Ella, la única sobreviviente, quedó encerrada en un hospital siquiátrico. Era imposible entonces no relacionar la ficción con la realidad, lo que, por cierto, dicen que es uno de los primeros síntomas de la locura.

Esto podría quedar en una anécdota más o menos literaria, si no me hubiera enterado el año pasado, gracias a un artículo de prensa, que uno de mis escritores favoritos del siglo XIX, Charles Dickens, había intentado encerrar a su esposa en un hospital siquiátrico, dada la mala relación que tenían, y a pesar de que ella había demostrado sanidad mental. Fue el doctor que la examinó, amigo de Dickens, quien dictaminó que la mujer no estaba loca y que no podía ser recluida, como pedía su esposo. La amistad entre los dos hombres desde entonces se enfrió y luego de algunos años el escritor le dirigió al médico varios insultos. ¿Sería porque no quiso encerrar a una mujer sana?

Esta misma situación se muestra, de forma ficcional, en una novela que para muchos es bastante light, pero que para mí muestra una larga y dolorosa descripción de quienes han sido encerrados en un hospital donde las heridas no son visibles, sino que solo las siente y las percibe quien las padece. En 1979 apareció Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena, y ahí la protagonista, Alice Gould, una mujer encantadora, ingresa a un hospital, aparentemente para investigar un crimen, aunque luego se descubra una trama mucho más compleja y, al final, dolorosa. ¿Una novela menor? Es posible. Pero, ¿qué es la locura sino lo que ha sido visto como lo menor, la discapacidad peligrosa del propio espíritu?

Habría que pensarlo. Y, sobre todo, habría que reflexionar de dónde viene esa creencia de que toda mujer que ha quedado atrás está sencillamente loca, solo porque no hubo argumentos para desarmarla. Física o mentalmente. Si es que existe esa dicotomía.

Y al final de toda esta perorata, de la carga y herencia histórica en la que las mujeres, sobre todo las ex, son locas, de que ella misma ha sido tildada de loca, psicópata, de que “está de atar”, la chica mordaz dirá, mirando hacia ningún lado pero mirando a todos a la vez, entre serena y torva: “Loca, pero no pendeja”.

Jane Eyre

Cortos, largometrajes, miniseries, adaptaciones para la televisión. Los medios audiovisuales siempre han tenido fascinación por la historia de la escritora inglesa Charlotte Brontë. Desde que fue publicada, en 1847, la novela Jane Eyre tuvo un éxito inmediato. Hoy día es considerada como precursora de la literatura feminista por las actitudes y razonamientos de su protagonista y todo un clásico de las letras inglesas.


Mia Wasikowska y Michael Fassbender en una de las últimas versiones de Jane Eyre, 2011.


El personaje tristemente conocido como loca del ático aparece casi como arquetipo en numerosas novelas de la época victoriana y posteriores. Quizás la más célebre de todas las locas sea Bertha Mason, la mujer que vive encerrada en el desván de la mansión de Edward Rochester, a la que más adelante llegará como institutriz la heroína romántica Jane Eyre. A lo largo de la literatura encontramos a muchísimas locas encerradas entre los muros de su propia locura. Tanto es así que las investigadoras Sandra Gilbert y Susan Gubar identificaron el personaje y desarrollaron sobre este el ensayo feminista Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary Imagination. En este ensayo explican a la loca del ático como ejercicio catártico de todas estas autoras, que utilizaban a la loca para poder ilustrar rasgos de locura, pasión desatada, furia animal, frustraciones cotidianas o falta de sentido vital, sin ser tachadas ellas mismas de histéricas. Mediante el uso de las locas, las escritoras podían dar rienda suelta a las más salvajes fantasías de liberación que la mujer victoriana no podía permitirse. Las locas del ático también son un reflejo de cómo la sociedad entendía la salud mental de las mujeres. Era habitual en aquel período que la histeria fuera el diagnóstico para cualquier tipo de malestar femenino: esto incluía jaquecas, insomnio, desfallecimientos o pérdida del apetito, pero también otra serie de “dolencias” tan poco concretas como irritabilidad o “tendencia a causar problemas”. ¿Cuántas locas del ático habrá habido a lo largo de la historia? Posiblemente miles de ellas. ¿Cuántas de ellas estarían locas de verdad? ¿Y cuántas otras serían sencillamente mujeres rebeldes, insumisas, incomprendidas, subversivas y desobedientes a las que, en un afán por controlarlas, a la sociedad solo se le ocurrió encerrarlas en cuatro paredes? Seguro que muchísimas más.

Fuente: www.buzzfeed.com


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