Mis lugares favoritos (o salvarse de una misma).

Por Ana Cristina Franco.

Ilustración Luis Eduardo Toapanta.

Firma-Ana-C-FrancoAntes de suicidarse, Sylvia Plath dejó una nota en la puerta de su vecino en la que le pedía que, en caso de leerla, llamara a su psi­quiatra. Primero dejó una carta de auxilio y luego cubrió con cinta adhesiva y trapos los huecos de la cocina, como si fuera una asesi­na que, a escondidas de ella misma, se tendía una trampa. El vecino llegó tarde. Y, esa vez, Sylvia no se pudo salvar de sí misma. Había sido uno de los años más fríos de Londres y los hijos de Plath habían pasado constantemente enfermos. La casa, el encierro, la ropa, los pla­tos, la cocina, el horno: el mismo lugar que puede ser alimento y calor se puede convertir en una cárcel.

La niñera que había contratado llegó al otro día de su muerte. Si llegaba un día antes, otro hubiera sido el canto. Porque yo creo que la gente que se mata no se mata por una gran he­rida, o sí, pero esa gran herida puede salir cual­quier día escondida en el hastío de la vida diaria. Porque yo creo que la gente que se mata no se quiere matar. Por eso deja pistas de ayuda. Quizá si el vecino leía la nota. Pero no lo hizo.

Cuando me enteré de esta historia pensé que el suicidio era algo que bien podría pasar­le a cualquiera, casi por accidente. ¿Cuántas veces hemos estado a punto de ser engaña­dos por nosotros mismos?, ¿cuántas veces nos hemos tendido una trampa de la que des­pués ya no podemos escapar?, ¿qué tenemos que hacer para salvarnos de nosotros mismos, de nuestra propia sombra? Un mal paso y el abismo se abre, la soledad, el miedo, el horror. Caemos en un pozo. Porque existen en la vida lugares ásperos. Lugares como desiertos. Lu­gares secos en los que siempre es de noche. Y nunca hay agua.

Pero hay, por suerte, otros lugares. Como, por ejemplo, las manos de mi abuela. Mi abuela Mami Yoya tenía las manos calientes siempre calientes. Recuerdo bien sus uñas largas, sus anillos, sus arrugas. Recuerdo también la cruz y el Cristo colgado sobre la pared, justo encima de su cama. Recuerdo su velador de madera, su Biblia, su rosario, sus gafas grandes y modernas, su cama de ma­dera con el espaldar decorado de churos. Su cubrecama de colores. Y ese olor, entre ma­dera y amor. Mi abuela abría sus cobijas, yo entraba en un lugar en el que nada malo po­día pasar. Todo estaba bien: quizá así se debe sentir estar en el útero materno. Por ahí dicen que todos queremos volver al útero. Que eso es la vida: querer regresar al útero. La voz de mi madre equivale a la cama de mi abuela. A ratos, aunque sea para putearme, es un salva­vidas. Su voz también es una cuna. El sonido de sus tacones al llegar a casa. El sonido del auto que llegaba significaba eso: paz.

Ese pequeño momento en la madruga­da cuando los pájaros empiezan a cantar, el cielo cambia de color, se pone violeta, azul, se anuncia el día. Y nosotros, los tres, estamos en la cama abrazados. Estos lugares mentales de­berían ser una cuna a la que siempre se pueda volver. Ahora que lo pienso, quizá ese sea el sentido de la meditación: encontrar un lugar dentro de una misma que pueda ser un útero.

Pero también los platos sucios, el reloj, el pijama, los cafecitos, la casa, la ropa sucia, la ropa limpia, la sopita, la agüita de remedio, la televisión prendida, los libros a medio leer, las tazas al lado de la compu con café regado, con ideas regadas, con sueños regados, la luz diáfana de mañana de domingo, todo eso, se puede convertir en una baba de dragón, en un monstruo gigante que te persigue, te ame­naza, te come. Por eso espero ganarme la ba­talla. Por eso, si se apagan las luces y vienen los fantasmas, espero poder salvarme de mí misma.


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